
En el caso
de la revolución más triste de la historia de México, por sus víctimas y por
todas sus consecuencias que aún pagan los mexicanos de hoy a la hora de la
comida, el relato que es ideal para comprender sus horrores es La fiesta de las balas, del chihuahuense
Martín Luis Guzmán.
El protagonista
único de este escalofriante relato es nada menos que Rodolfo Fierro, el mismísimo
Carnicero, un hombre al que el
fanatismo ha querido convertir en héroe aun cuando se sabe que lo que más
disfrutaba hacer era matar por gusto, matar a quien fuera, matar para sembrar
el miedo a su persona, matar y matar. Y lo hizo. Vaya que lo hizo. Y nadie lo
castigó nunca.
En La fiesta de las balas, después de una
batalla, Villa, que era tan malo como Fierro pero se las daba de bueno haciendo
que el otro fuera el ejecutor, le ordenó a su matón particular despachar al
otro mundo a trescientos prisioneros. Fierro, Fierrito, de cariño como lo llamaba Villa -¡vamos que entre matones también hay sentimientos!-, ideó
una estrategia para probar su buena puntería, su rapidez, y al mismo tiempo
cumplir con puntualidad y eficiencia las órdenes de su jefe.

El relato, como ya dije, es aterrador. Es ficción, claro, pero retrata muy bien a Fierro y a la revolución en general. Ese conflicto que muchos confunden por liberador costó la vida a demasiados inocentes sólo por el capricho y la retorcida ideología de algunos. Es larga la tarea de estudiarlo. Pero para comprenderlo algún pequeño texto ayuda mucho, y para ello yo recomiendo La fiesta de las balas, un relato que espanta, que conmueve, pero que está bien escrito.
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