sábado, 20 de junio de 2020

¿Andrés de Tapia no vio a la Coatlicue?


La Coatlicue es quizás la escultura del arte universal que menos se entiende a primera vista, toda vez que esa primera vista también revela que tiene muchos secretos ceñidos a su cuerpo pétreo. Algunos se han revelado ya pero muchos otros, quizás la mayoría, podrían permanecer ocultos para siempre. Tenemos, no obstante, el privilegio de investigar, de observarla y sacar conclusiones, siempre y cuando aceptemos que aquello que podamos aportar sobre ella, tendrá congruencia para algunos y para otros podría significar muy poco o nada.
Casi todo sobre ella son conjeturas, las cuales entre más amplias y más complejas sean no quiere decir que se apeguen por completo a la realidad. Los estudios no es que no sean interesantes, algunos incluso están llenos de rigor académico, pero hay que aceptar que entre la Coatlicue y nosotros existe una cosmovisión perdida, situación que la vuelve indescifrable del todo.
El documento más antiguo que quizás hace mención de ella, es la relación del conquistador Andrés de Tapia, texto que sitúa su figura, ataviada de joyas cual deidad fue, en la cúspide del Templo Mayor. Yo no encuentro en la mencionada relación la certeza o incluso la seguridad que otras personas, apoyadas por una amplia investigación, le atribuyen. Aun así, De Tapia nos legó un importantísimo texto que, analizado en conjunto con otras crónicas de los demás conquistadores, nos sirve para visualizar aspectos característicos de las esculturas del Templo Mayor, donde, ciertamente, también cabe la Coatlicue.
Desaparecida en los turbulentos tiempos de la conquista, fue hallada a finales del período colonial, donde aun cuando descubrieron la importancia oculta en su mística figura llena de símbolos casi indescifrables, los novohispanos no tenían deseos de verla, razón por la cual la devolvieron a la tierra, reconociéndole tan sólo el derecho de permanecer de una sola pieza pero no el de asustar a nadie.
El México independiente no significó para la escultura una reivindicación, a penas y le valió el desentierro. Los prejuicios y las modas que un país inseguro quería copiar de Europa, le valieron décadas y más décadas de ostracismo estético, no obstante que los estudiosos, sabedores de su importancia y a veces incluso de su belleza, sí se ocupaban de ella tratando de arrancarle sus secretos. Ese olvido del pueblo y la atención de quienes voltean a verla por motivos meramente académicos, a pesar de la revolución estética y cultural que se dio como resultado de la revolución armada de principios del siglo pasado, siguen acotando mayormente su importancia simbólica, artística e histórica.  
Así pues, escribir sobre la Coatlicue es una labor nada sencilla. Es una escultura que sí bien tiene mucho qué decirnos, comprenderla del todo resulta una tarea muy compleja. Sobre ella se vale equivocarse, se vale rectificar y se vale debatir. Dada su infinita complejidad, una escultura como la Coatlicue merece leyenda y merece mito, y merece también diversas interpretaciones tanto simbólicas como estéticas. Acertadas o no, a fin de cuentas le hacen honor a su importancia.

Libro de Adam J. Oderoll, el texto anterior es el prologo de la obra, a la venta en Amazon

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