viernes, 23 de enero de 2015

Clemencia – Ignacio Manuel Altamirano

Clemencia es una novela del siglo XIX que podríamos catalogar como la cúspide del romanticismo mexicano, toda vez que aceptemos primero que éste existió. Es, junto con Navidad en las montañas, la obra más conocida de Ignacio Manuel Altamirano, el escritor por excelencia de la Reforma y el Imperio.
Los hechos se sitúan en la ciudad de Guadalajara, poco antes de que sea invadida por los franceses. Allí se acuartela el ejército mexicano, todavía lamiéndose las heridas provocadas por la toma de Puebla, justo en el prefacio del Segundo Imperio.
En tales circunstancias, está muy arraigado en algunos tanto el patriotismo como la traición, de manera tan indistinta y confusa como para que el traidor se sienta patriota y el patriota traidor. Trasladándonos a la época, recordemos que no existía un gobierno consolidado, que años y años de revoluciones no habían construido una identidad nacional por la cual inclinarse sin albergar dudas.
Muchos mexicanos realmente veían el apoyo a los franceses y, más aún, a Maximiliano como la forma correcta de construir un México pacífico y próspero. En la reciente novela Juárez en el Convento de las Capuchinas, la reunión secreta con Maximiliano, el emperador le reprocha al presidente el hecho de que algunos mexicanos hayan sido obligados por los juaristas a pelear por la causa de la república, siendo llevados al campo de batalla incluso encadenados.
Así las cosas, algunos militares se sienten seducidos por el bando francés, como es el caso de Enrique Flores, un guapo comandante, alegre y carismático e irresistible para las mujeres, y que no ve la hora de cambiarse al bando del enemigo. Pero por otro lado tenemos a Fernando Valle, un hombre poco atractivo, serio y hermético, desagradable por su forma de ser incluso para sus camaradas de armas, pero indudablemente patriota y bravo, veterano de la batalla de Puebla.
Flores y Valle se enamoran de la hermosa Clemencia, y ésta, superficial aunque se cree muy analítica, sólo usa a Valle para animar los celos de Flores, de quien se siente perdidamente enamorada por su carisma y galanura. A la hermosa joven le dolerá mucho, en esta romántica historia, darse cuenta de qué tan cobarde es realmente Flores y cuán barato vende su honor, y la clase de hombre sacrificado y valiente que es Valle, capaz, como un caballero de la época, de ir al paredón porque sea feliz la mujer a la que ama, sin que apenas ésta le dedique una sincera sonrisa.

jueves, 22 de enero de 2015

Arqueología – Enrique Vela

Hace unos días compré este libro pensando que era un ensayo detallado  sobre el estudio de las ruinas y monumentos prehispánicos a lo largo de los siglos en México. Lamentablemente no fue lo que esperaba, porque se limita a ser un álbum fotográfico.
Me sedujeron la portada y la sinopsis, mas no pude echarle una ojeada al contenido porque tenía el típico forro de hule. El libro propone ser un breve ensayo del estudio arqueológico en México desde la llegad de los españoles, pero apenas llega a ser una demasiado breve introducción.
Si por algo puedo decir que mereció la pena la compra, es porque contiene muchas fotografías de sitios y monumentos históricos que creo aún no están disponibles en Google.  Algunas son demasiado interesantes. La historia de la arqueología mexicana es de una riqueza invaluable, y desde que se hizo acompañar de la fotografía, han quedado para la posteridad imágenes sencillamente extraordinarias.


lunes, 12 de enero de 2015

La descriminalización del emperador Maximiliano

En México en los últimos años a nuestras autoridades les ha dado por intentar descriminalizar casi todo. Al paso que vamos, y al no poderlos evitar, llegará una época en que querrán que los homicidios ya no sean delito, lo cual no deja de ser preocupante. Pero a la par de nuestras autoridades, algo que no es, como en este caso, una estupidez si no un fenómeno cultural, a la sociedad mexicana le ha dado por descriminalizar a los personales históricos.
Esto, dependiendo de cómo sea visto, resulta algo positivo, porque evidencia que nos estamos sacudiendo ese fanatismo nacionalista en mal momento engendrado por una historia oficial que el pueblo se tragó en tiempos pasados por su nunca abandonado amor al analfabetismo.
Últimamente, al husmear en la red, me he dado cuenta de que los mexicanos han empezado a descriminalizar a Maximiliano, algo extraño a la vez que interesante. Extraño porque habría sido lógico que el primero en librar el juicio de la historia fuera Porfirio Díaz, mexicano por nacimiento y el artífice de la consolidación de México como una nación autentica.
E interesante porque el hecho de que muchos mexicanos vean con buenos ojos a un extranjero que llegó amparado por un ejército invasor, indica la desaparición de prejuicios que en otros lugares del mundo no son más que el germen de un nacionalismo fanático que muchas veces desencadena innumerables tragedias.
Maximiliano oficialmente en México fue lo que fue y que nunca se ha ocultado: un gobernante impuesto por un ejército invasor. Pero no se puede dejar a un lado que era un hombre carismático, noble y muy sentimental, que si bien fue el intermediario entre muchos patriotas mexicanos y el pelotón no tenía madera de asesino.
Sus leyes, algunas muy sabias, fueron después adoptadas hasta por los juaristas. Fue precursor de la injerencia del Estado en muchos aspectos, sensibles para la sociedad más desprotegida, que habían sido ignorados por otros gobiernos con el pretexto de las constantes revoluciones.
Y esas facetas suyas, que tampoco estuvieron ocultas nunca, son las que hoy provocan que muchos mexicanos le intenten hacer justicia. A fin de cuentas, ese carisma que lo caracterizó en vida ha logrado  despertar afectos a siglo y medio de su muerte. En la novela Juárezen en el Convento de las Capuchinas, el propio Don Benito se siente por momentos seducido a la vez que conmovido por esa cortesía y esa nobleza de Maximiliano, que le dejan claro al presidente que tiene enfrente a un hombre ambicioso, pero nunca a un hombre malo.

sábado, 10 de enero de 2015

El precio del poder: gobernantes de México que fueron asesinados

México bien podría ser considerado un país de ingratos, porque mientras que Estados Unidos colmó de glorias a sus libertadores, aquí fueron fusilados. Los dos generales victoriosos que entraron a la ciudad de México pregonando que el país era una patria independiente y libre, Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero, fueron pasados por las armas. Ambas ejecuciones de mandatarios mexicanos y a la vez libertadores por parte del propio Estado, metieron en un dilema al PRI al momento de reescribir la historia. No se podía glorificar sin rayar en la hipocresía a dos hombres que México mismo había fusilado. Así que todas las glorias fueron recorridas hacia atrás, hacia Morelos e Hidalgo, porque a éstos, aunque no consumaron la liberación del país, los mató España, no México. Ellos podían ser considerados mártires y no víctimas de sus propios compatriotas, como Guerrero e Iturbide. 
Años después, tras muchos presidentes que salvaron la vida de milagro, fueron fusilados Miramón y Maximiliano, este último, como Iturbide, también en calidad de emperador. El propio Santa Anna estuvo a punto de poner el pecho al fuego de los fusiles, y si no fue así se debió a que sus jueces, al considerarlo poco peligroso en su calidad de octogenario, le perdonaron la vida, acto que desató la ira de Juárez.
Al consumarse el Porfiriato, años después de la caída del segundo imperio, ya parecía que México se había convertido en un país civilizado, donde se respetaba la figura del presidente. Nada más lejos de la realidad. Cierto que Díaz fue respetado, que logró darle solidez al cargo, pero todo eso acabó con su defenestración.
La revolución mexicana se cargó la vida del presidente Madero y su vicepresidente Pino Suárez. Pero allí no se aplacó la fiera. Carranza, el vengador de Madero, igualmente fue asesinado sin miramientos. Y, por último, Álvaro Obregón, el triunfador absoluto de toda la matanza que despobló al país, también pagó su amor por el poder con el cuerpo lleno de balas.
Ahora a nuestros presidentes les da por gastar mucho y meter de sobra la pata. Ya no le temen al pueblo porque hace casi 90 años que no le cobra a un gobernante sus errores con la vida. Quizás porque el pueblo está adormilado, a nuestros nada admirables políticos se les ha olvidado que no por dormido deja de ser una fiera indomable cuando le colman la paciencia.

lunes, 5 de enero de 2015

El Segundo Imperio, ¿un proyecto inviable?

Muchos desde incluso antes de que Maximiliano aceptara el trono de México ya aseguraban que el proyecto era inviable, que las consecuencias serían catastróficas y que el príncipe que se aventurara en algo tan temerario correría serios peligros. Una vez consumado el epilogo del Cerro de las Campanas, esas voces cobraron la mayor de las credibilidades, porque sencillamente habían tenido la razón, pero ¿es cierto que el proyecto era inviable?
La realidad es que sí hubo posibilidades de consolidación pese a que, indudablemente, el fracaso era lo más lógico. Quienes aseguraban que Maximiliano saldría muy mal parado de la empresa, fundaban sus dichos partiendo del que hecho de que en los Estados Unidos el Norte Ganaría la guerra y Lincoln no le daría jamás su reconocimiento a una monarquía en su frontera sur. E inclusive se sentiría tentado a enviar a su poderoso a ejército a México para echar del continente a los franceses.
Esa posibilidad también la contempló también Napoleón III, por ello aprovechó para invadir México cuando el sur, comandado por el temerario general Lee, estaba ganando la guerra en Estados Unidos. Otros simplemente argumentaba que México era un país adicto a las revoluciones y que por ello el príncipe austriaco bien podía ser víctima de un cuartelazo o, peor aún, de un atentado.
Por el lado del patriotismo, también la supervivencia del imperio fue puesta en duda argumentando que los mexicanos jamás aceptarían a un gobernante invasor que llegaba al país amparado por las bayonetas francesas, y que el pueblo prefería la república tanto como le era desconocida la monarquía.
La realidad es que una vez puesto me marcha el imperio, éste se vio tan viable que si se derrumbó fue precisamente debido a que el Norte ganó la guerra en los Estados Unidos. Gracias a esto, Juárez recibió armas mortíferas y muy potentes que hicieron más poderoso a su otrora débil ejército, aparte de que Napoleón fue presionado por el vecino país del norte para que retirara sus otras o de lo contrario tendría que enfrentar una guerra en desventaja.
Esto dejó a Maximiliano sin el apoyo de las tropas extrajeras y con un enemigo bien armado que pronto empezó a apoderarse del país, lo que al poco tiempo provocó la irremediable caída del imperio.
Pero si el Sur hubiera ganado la guerra, es muy probable que hoy México tuviera un emperador, aunque fuera tan de adorno como los reyes en Europa, si es que no lo hubiera derribado la revolución, de haber existido también ésta, claro.
Porque para ningún historiador es un secreto que Maximiliano fue realmente querido por el pueblo. Si bue la población odiaba a los franceses, ante ese emperador gentil y cálido, con una voz tan agradable, todos se sentían seducidos. Además, tenía un verdadero programa político que contemplaba corregir la mayor parte de lo que estaba mal en México. Si el Norte hubiera perdido, Juárez no habría recibido ninguna clase de apoyo militar y Napoleón sin duda alguna hubiera prolongado su apoyo, lo que sin duda habría propiciado la derrota republicana tarde o temprano.
Indudablemente, el imperio fue viable, se pudo consolidad y de haber sido así, seguramente hoy México no sería lo que es. No se puede descartar el hecho de que muy probablemente, sería mucho más próspero y poderoso de lo que lamentablemente es.

viernes, 2 de enero de 2015

Memorias del Jardinero de Maximiliano

Este libro no lo voy a reseñar porque de hecho no lo he leído. Al parecer fue editado apenas hace poco más de un año, pero, cosa rara, no lo hallo en ninguna librería. Se supone que si esa edición se agotó muy rápido, la editorial habría sacado la segunda lo más pronto posible para aprovechar el auge de las ventas, pero nada.
Me considero un buen cazador de libros sobre el segundo imperio, pero éste sencillamente se me escurre. Si alguno de mis pocos lectores sabe en qué librería lo venden, agradecería indicarlo en un mensaje.

jueves, 1 de enero de 2015

Episodios nacionales. Corte de Maximiliano. Orizaba - Victoriano Salado Álvarez

Esta novela histórica-cómica, que las hay, fue publicada por Victoriano Salado Álvarez en el crepúsculo del Porfiriato. El autor, un diplomático e historiador mexicano, usó el estilo de Pérez Galdós  en sus episodios nacionales y nos regala una obra si no extraordinaria sí apreciable, con algunos fallos históricos justificables por las lagunas que había aún entonces sobre el segundo imperio.
El argumento trata sobre una condesa mexicana, metida quién sabe cómo en la corte de Maximiliano desde que éste pasaba en Miramar sus días previos a su viaje a México. Nuestra condesa es sarcástica, cultura, nada tonta y sí muy guapa, y también carece de fondos, situación que de hecho compartía con la mayoría de los miembros del sequito del emperador.
La condesa llega a México con Maximiliano, es testigo de la estrafalaria y ridícula recepción que le hacen los conservadores, a la vez que se deja enamorar por un delincuente que también se ha infiltrado en la corte.
Las circunstancias hacen que la guapa condesa termine, de buenas a primeras, en Michoacán, participe en la famosa batalla de Tacámbaro y del lado de los belgas, donde murió el hijo del ministro de guerra de Bélgica, caiga prisionera, sea testigo de los fusilamientos que tanto enfurecieron a los generales republicanos y al propio Juárez, a decir, los de Nicolás Romero y los generales Arteaga y Salazar, quienes murieron juntos y juntos nos los encontramos en nombres de calles y avenidas.
La condesa también viaja a Europa con Carlota, contempla su locura y regresa a México para ver cómo Maximiliano se debate en Orizaba entre partir a Europa llevándose la vida y dejando el honor o quedarse a conservar el honor y perder la vida.
Por momentos el libro se me hizo un poco tedioso y aburrido, no obstante, vale la pena. Algo a su favor es que la edición de Porrúa, la que yo tengo, cuenta con algunas ilustraciones nada desdeñables, cosa rara en ese tipo de ediciones baratas.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Juárez en el Convento de las Capuchinas, la reunión secreta con Maximiliano

El segundo imperio mexicano es sin duda el período de nuestra historia que mejor funciona como fuente de literatura. Podría decirse que se debe al hecho de que hubo en México soldados de varias nacionalidades, a que fue un conflicto que llamó mucho la atención de Europa y a que incluso los intelectuales más brillantes de entonces estuvieron al tanto y varios le dieron su apoyo públicamente a Juárez, y en realidad eso es cierto, pero más importancia que todo lo anterior la tiene el hecho de que el conflicto acabó con el fusilamiento de un miembro de la realeza europea, vástago de una importante familia imperial. Eso, principalmente, fue lo que hizo del segundo imperio una fuente inagotable de literatura para mexicanos y extranjeros.
Ese suceso sigue dando frutos literarios en libros impresentables y pesimamente mal documentados, como el primer capítulo del primero de los Arrebatos carnales de Francisco Martín Moreno, y en obras de calidad respetable que aún hoy en día, a casi siglo y medio de que concluyera el suceso, siguen sorprendiendo.
La novela histórica Juárez en el Convento de las Capuchinas, la reunión secreta con Maximiliano, es un breve pero interesante libro que sorprende por su brillantez y por la calidad de la filosofía que nos regala. ¿Cuál filosofía? La de Juárez y, por supuesto, también la de Maximiliano.
En esta novela, aquella entrevista que con tanta insistencia Maximiliano le pidió a Juárez finalmente se realiza. El presidente victorioso visita a su prisionero apenas unas horas antes de que lo fusilen, la noche del 18 de junio de 1867. Y, como podríamos esperarlo, ambos hombres se enfrentan, pero educadamente, como los dos caballeros que eran. Cada uno defiende sus actos y cuestiona los del otro con argumentos sólidos, cada uno hace titubear al otro por momentos y… bueno, creo que lo mejor es leer esta novela breve pero extraordinaria.

Se puede adquirir en Amazon en formato electrónico

sábado, 20 de diciembre de 2014

Juan Nepomuceno Almonte, oficialmente traidor

El gobierno republicano que se consolidó en México después del fusilamiento de Maximiliano, frágil con Juárez, más aún con Lerdo de Tejada y fuerte con Díaz, dejó para la historia una lista de traidores que, por la diosificación de Juárez hecha por el PRI, sigue vigente. No obstante, algunos de esos traidores gozan de ciertas simpatías, ya sea porque muchos mexicanos entienden que los juaristas no tenían del todo la razón o porque los “traidores” estaban precedidos de actos que los describen como hombres valientes y llenos de honor.
Miramón, ese militar alto, estoico, famoso por su bravura y su genio durante la batalla, es quizás el traidor al que los mexicanos más admiran. Mejía, el indio de raza pura que aun siendo general se batía junto a sus soldados, es también merecedor de cierta popularidad entre los mexicanos.
Pero hay otros que definitivamente no se han salvado del fuego de la historia, como Leonardo Márquez, un despiadado que fusilaba sin miramientos a sus enemigos y que, para desgracia de Juárez y los suyos, logró escapar cuando se derrumbó el imperio y jamás pudieron echarle la mano encima para fusilarlo.
Pero el traidor de traidores, al que tanto odio le tuvieron que incluso le llegó casi por completo el olvido, es Juan Nepomuceno Almonte, un personaje muy ausente en muchos de los libros de historia de México que, sin embargo, tuvo un papel crucial en la coronación de Maximiliano.
Almonte nació de una levantada de sotana del cura José María Morelos y Pavón. No se apellidaba Morelos naturalmente porque su padre había sido cura. Le dieron, al parecer, el apellido Almonte porque nació en el monte, aunque otras fuentes refieren que ése era el apellido de su madre, hija de un importante hacendado.
Su padre, durante la guerra de Independencia, lo mandó a un sitio más seguro, los Estados Unidos. Allí aprendió inglés y se hizo de algunas amistades. Ya cuando México era un país independiente, fue varias veces su representante ante el vecino del norte, pero también, en su grado de general, acompañó a Santa Anna a la guerra de Texas, donde trató de evitar los fusilamientos del Álamo y fue después capturado en San Jacinto. Algunos historiadores lo señalan como el traductor entre el derrotado Santa Anna y el victorioso Samuel Houston.
Apagada la estrella de Santa Anna, Almonte, que pese a sus rasgos indios era un elegante y educado caballero, aparte de poliglota, marchó a Francia, se hizo partidario de la monarquía y puso sin un rechinar de dientes sus servicios a las órdenes de Napoleón III. Llegó junto a los franceses que enfrentaron al ejército mexicano en Puebla, lo que lo hizo ver ante todo México como un traidor sin escrúpulos.
Cuando los franceses se apoderaron de la capital, él formó parte del triunvirato que gobernó hasta la llegada de Maximiliano. Éste, nada más llegar, lo hizo mariscal, aunque no confió en él demasiado por su fama de embustero.
Cuando Napoleón decidió retirar sus tropas, Almonte fue enviado como embajador del imperio mexicano a Francia, con la intención de lograr que Napoleón no quitara su apoyo a Maximiliano. Fracasó en su misión, pero como tenía claro que Juárez pronto triunfaría y pasaría por las armas a todos los que consideraba traidores, decidió quedarse en Francia para salvar el pellejo.
Murió casi dos años después del triple fusilamiento en el Cerro de las Campanas y, al poco tiempo, empezó a comérselo el olvido. En México lo poco que se sabe de él, a grandes rasgos, es que fue, más que muchos de los mexicanos implicados en la invasión francesa, un traidor.

domingo, 23 de marzo de 2014

La idea de nuestro patrimonio histórico y cultural – Pablo Escalante Gonzalbo

La idea de nuestro patrimonio histórico y cultural es una recopilación de textos -unos más interesantes que otros y otros mejor escritos que otros, todo sea dicho- de académicos especializados en el patrimonio tangible e intangible de los mexicanos. Desde las pirámides hasta la Virgen de Guadalupe, pasando por haciendas, templos, conventos, el fanatizado petróleo, el patriarcal maíz y, por supuesto, las más famosas esculturas prehispánicas: la Piedra del Sol, el monumental Tlaloc y la intimidadora Coatlicue, todo es analizado en esta obra en su relación con el pueblo, el de antes y el de ahora.
La composición del libro está coordinada por Pablo Escalante, quien también colabora en los textos de manera bastante acertada. Una autora que ya ubicaba por su interesante guía para estudiar El Segundo Imperio, Erika Pani, es otra de las colaboradoras del libro. A los demás francamente no los conocía, pero se puede ver que se trata de académicos con una trayectoria si no envidiable sí admirable, y aunque algunos no tengan una prosa que me haya hecho disfrutar, lo cierto es que sí desbordan conocimiento, además de que varios blindan sus textos con una estupenda y sólida bibliografía.
Algo que quizás no haga falta mencionar es que en esta obra no se detalla el contexto histórico de cada bien tangible e intangible, sino que simplemente se nos ofrece una por demás interesante introducción acompañada de un análisis del edificio, escultura, deidad o liquido en cuestión en su calidad de símbolo.
Porque eso es lo que son todos esos bienes mexicanos: símbolos, tan importantes como la bandera, el escudo y el himno -hechos por el Estado estos tres-, y forman parte del componente cultural que tiñe de orgullo a toda una nación, desde Tijuana hasta Mérida, lugares de donde no salió el monolito para esculpir a Tlaloc, pero a donde ha llegado ese pegamento que nos une a todos, a veces por decreto del Estado y otras a su pesar.
Al leer este libro no pude dejar de recapacitar sobre algo muy importante: México es uno de esos pocos países privilegiados que bajo la tierra guardan un patrimonio invaluable -que no hicimos nosotros, pero que está allí para otros-, tan extraordinario que quizás sólo pueden tratarlo de igual a igual Grecia y Egipto.

martes, 11 de marzo de 2014

México a través de los siglos –Vicente Riva Palacio

La enciclopedia México a través de los siglos no es simplemente un compendio más de historia de México, como tantos que se han escrito. Esta serie de cinco libros merece una mención especial, por su contexto, su imponente monumentalidad y, naturalmente, por su extraordinario contenido. Aunque he puesto en el titulo de la entrada el nombre del general Riva Palacio, eso no significa que él haya sido el autor de toda la obra, pero sí fue el coordinador e impulsor principal del proyecto, autor del segundo volumen sobre el virreinato, tema en el que era un experto.
Los libros salieron a la venta en el año de 1884, causando un gran revuelo porque se trataba, aun siendo lo que eran, libros, de un proyecto gigantesco impulsado por el gobierno, que evidentemente exigió a los autores una concentración extraordinaria, una investigación detallada y también les absorbió todo su tiempo. Algunos señalan que fue una estrategia de Porfirio Díaz para mantener muy ocupado a Riva Palacio y así lograr que no se le ocurriera interesarse por la presidencia.
Fue hace algunos años cuando me compré la enciclopedia, y recuerdo que inmediatamente me puse a leer el quinto volumen, el de la reforma y el imperio, escrito por el historiador José M. Vigil. Desde el principio me di cuenta de lo interesante de la monumental obra, sencillamente me quedé impresionado por la importancia, calidad y cantidad del contenido. Documentos que en otras fuentes había hallado sólo a medias, cuando mucho, en la enciclopedia aparecen íntegros, ya que al ser un libro monumental, están incluidos sin ninguna mutilación. De tal manera que podemos hallar cartas, decretos, discursos, artículos y un sin fin de textos de crucial importancia para formarse una opinión sólida y sustentada sobre lo que ocurrió en aquellos turbulentos tiempos. La prosa del autor, que merece mención aparte, es agradable, crítica pero guardando la distancia de la imparcialidad. Evidentemente Vigil era juarista, aunque fue respetuoso con los adversarios de la republica y hasta trató de hallar razones morales para justificar humanamente a los contendientes de ambos bandos.
Después me puse a leer tercer volumen, que comprende la guerra de independencia y que fue escrito por Julio Zárate. Aquí me hallé una prosa más acida, más crítica con los opositores a la versión oficial y bañada por una no muy discreta aura anticatólica sorprendente. Seguí hacía abajo para leer el período colonial, con la agradable prosa del general Riva Palacio, un tema que, aunque siempre he sido muy aficionado a la historia de México, me era muy poco conocido. El siguiente volumen que tomé fue el cuarto, que comprende las andanzas de Santa Anna entre la presidencia, sus fincas en Veracruz y sus fracasos, que fueron los de México. Este libro fue iniciado por Juan de Dios Arias, pero su muerte hizo que lo concluyera Enrique de Olavarría y Ferrari.
Y hace unos días me dio por empezar el primer volumen, el que debí haber empezado hace años por orden cronológico pero que dejé en el olvido porque era mucha mi hambre de conocimiento sobre el Segundo Imperio. Éste, el primero, lo escribió el historiador y arqueólogo Alfredo Chavero, y trata sobre el México antiguo y culmina en la conquista, una etapa de la historia que el PRI se empeñó en vincular demasiado a lo que somos cuando en realidad tenemos tantos lazos con ella como los musulmanes egipcios con las pirámides, porque, los mexicanos de hoy somos una sociedad de la Biblia -aunque la mayoría no la lean-, hablamos una lengua surgida del latín y no tenemos ningún vinculo cultural con nuestras bellas ruinas. Incluso dudo que muchos nativos mexicanos lo tengan. Aunque eso no significa que no sean un extraordinario patrimonio que como pueblo civilizado debemos de preservar y estudiar, por más que, insisto, culturalmente nada nos una a ellas.
Y, volviendo al libro, es muy bueno, tanto como los otros cuatro. La enciclopedia México a través de los siglos es verdaderamente el resultado admirable de un proyecto monumental. Los aficionados a la historia mexicana que no la conocen sin duda se sorprenderán mucho con su contenido, que es tan extenso como interesante, y difícil de hallar en otros libros.

martes, 4 de febrero de 2014

Las parodias mexicanas del primer y segundo Imperio

En Francia tienen gran relevancia histórica los períodos conocidos como el primer y el segundo Imperio. El primero estuvo a cargo de Napoleón Bonaparte, duró una década y significó un importante cambio en el mundo. Napoleón no sólo fue un guerrero incansable, también un reformador del Estado conocido hasta entonces, impulsor de la cultura y de las artes, sobre todo de la arquitectura; su imperio impuso modas que saltaron de las fronteras francesas hacia el resto de Europa. Se modificaron las familias reales, las relaciones entre la nobleza, los tipos de matrimonios, las formas de gobierno, los estilos de vida en general y, por supuesto, las maniobras militares.
El Segundo Imperio francés estuvo a cargo de Napoleón III, sobrino de Bonaparte, o por lo menos eso quisieron hacerle creer a su hermano sin éxito. Duró casi dos décadas y otra vez Francia fue revolucionada drásticamente; los estilos artísticos, las modas, el urbanismo, las leyes, todo evolucionó a veces para bien y otras para mal. Aunque Napoleón III no era ni la mitad de brillante que el primero, se esmeró para lograr que su imperio dejara huella, y eso sí que lo consiguió. Fue uno de los grandes líderes de la segunda mitad del siglo XIX, pese a que al final de su carrera política fue amedrentado, ridiculizado, humillado militarmente y hasta prisionero de guerra.
Sea como fuere, los imperios en Francia son dos períodos no sólo de gran importancia histórica para el país, sino también para el mundo entero. Si no hubieran existido, el mundo no sería como es hoy. Entre tanto, en México igualmente podemos hablar de nuestros imperios y, como los franceses, también tuvimos dos. Aunque de alcances mucho más modestos.
El primero no duró ni un año, no revolucionó nada ni dejó vestigios artísticos que provoquen a los historiadores escribir “estilo primer imperio”. Estuvo a cargo de Agustín de Iturbide, un militar mexicano que supo acomodarse en el bando correcto al final de la guerra de independencia, pero que luego no fue tan hábil para impedir que lo derrocaran y tras volver de un breve exilio lo mandaran fusilar.
El segundo estuvo fundado con mayores ambiciones y encabezado por un príncipe de verdad, Maximiliano de Habsburgo. El proyecto tenía bases teóricas muy sólidas. Maximiliano y su esposa Carlota tenían dos mentes bien dotadas, más la de ella, e hicieron planes verdaderamente titánicos que prometían reformar a México, desde el estilo de vida, la cultura, la raza, la educación, la política, los poderes del Estado, la arquitectura, el urbanismo, la pintura, la escultura, el ejército, la iglesia, las relaciones diplomáticas y un sin fin etcéteras.
El problema fue que el imperio fue muy efímero y estuvo en constante guerra. Aunque pese a todo logró dejar su huella, mucho más honda que el de Iturbide. Duró tres años y legó al país un importante patrimonio intangible en historia y literatura y otro poco tangible debido a que Maximiliano era adicto a gastar en las artes plásticas el dinero que necesitaba para ganar la guerra. En lo que se pareció más al primero fue en el final del monarca, también el príncipe Haburgo enfrentó con honor a un pelotón de fusilamiento.
Los imperios mexicanos fueron, en realidad, breves, modestos, buenos intentos, dirán algunos. Pero, como los franceses, también tuvimos dos.