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miércoles, 10 de octubre de 2012

Un viaje a México en 1864 – Paula Kolonitz


La autora
De la condesa Paula Kolonitz en México se sabe poco. En su libro titulado Un viaje a México en 1864 contó lo menos que podía de su vida. Apenas el lector puede apreciar que era una aristócrata austriaca, con refinados gustos artísticos, crítica implacable de todo lo que no era de su agrado y que tenía una disciplina, aunque femenina, típicamente alemana. Viajó a México por razones estrictamente protocolarias, como dama de compañía de Carlota, y regresó a Europa tras permanecer alrededor de medio año en el país.
En el quinto volumen de la enciclopedia México a través de los siglos, José M. Vigil aseguró que la condesa llegó a México sin un solo centavo y que subsistió, como tantos otros, a costillas del Imperio. También por el diario del príncipe Carl Khevenhüller sabemos que años después se casó con el jefe de gabinete de Maximiliano, el belga Félix Eloin. Probablemente el flechazo se dio en México, o cuando se conocieron en la travesía por el Mediterráneo y el Atlántico, pero la Kolonitz no hizo ninguna mención al respecto en su libro.
Otros detalles como su fecha exacta de nacimiento y defunción se desconocen en México, también si tuvo hijos con Eloin o si publicó otros libros aparte del que hoy nos ocupa. Básicamente lo único que tenemos de ella es su libro de viajes, que viene a ser, para los estudiosos del Segundo Imperio, también lo único que de ella se necesita.

El libro

Quizás la precariedad económica de la Kolonitz que menciona Vigil era cierta, y quizás también por eso publicó rápidamente su libro, aprovechando el interés que en los europeos despertaba la aventura mexicana del joven Habsburgo. El libro se publicó en Austria en 1867 y se tradujo al italiano apenas un año después. Es de este idioma y no del original en alemán del que fue traducida al español la versión que se puede conseguir en México.
Con las reservas que merece una traducción de otra de traducción, se aprecia que la Kolonitz no era una buena escritora, aunque estaba acostumbrada a hacerlo por su origen aristocrático. Lo interesante de su prosa es la acidez con que critica todo, o casi todo, lo que ve durante el viaje.
La narración inicia el día 14 de abril de 1864, fecha en que la pareja imperial y su sequito compuesto por más de ochenta personas partieron rumbo a México desde el palacio de Miramar. La primera parada que hicieron los viajeros fue para visitar al Papa en Roma, en donde el mexicano Gutiérrez de Estrada, padre ideológico del Imperio y afincado en la Ciudad Eterna, casi se muere de la emoción cuando el Pontífice llegó a su casa para devolverle una visita a Maximiliano.
Durante el viaje la condesa dejó ver en ella algo muy típico en los europeos de su tiempo y que no era en absoluto cuestionado: su racismo. Pero sus comentarios racistas no parecen influenciados estrictamente por el color de la piel, sino por la creencia europea de que toda cultura de piel oscura era por fuerza una cultura subdesarrollada, indisciplinada, moralmente degradada, necesitada de hombres blancos para que la gobernaran.
A la Kolonitz le gustó México, sobre todo por sus bellezas naturales. Los mexicanos no le desagradaron del todo, aunque fue muy crítica con su poca disponibilidad para administrar adecuadamente el tiempo, algo que para ella, siendo de una cultura alemana, tenía una enorme importancia.
Las artes coloniales casi en su totalidad no fueron de su agrado. Los edificios y esculturas que vio le parecieron desproporcionados y por lo tanto carentes de estética. Era una mujer muy drástica en sus juicios, no se cuidó de buscar las expresiones más adecuadas para decir que algo no le gustaba.
Pues a grandes rasgos, éste es el libro de viajes de la condesa Paula Kolonitz, de su viaje a México. No es muy extenso, es bueno sin ser brillante, es, eso sí, demasiado interesante y, en suma, un libro que vale la pena leer.

domingo, 7 de octubre de 2012

Ignacio Montes de Oca y Obregón, un poeta olvidado


Hay varias formas de que un escritor quede en el olvido. Que su obra no valga la pena es una de ellas. Que no haya recibido difusión en su tiempo es otra. Y que los partidos políticos, los gobiernos y las tendencias ideológicas de los poderosos se empeñen en borrarlo también es una. Los gobiernos suelen ser los peores enemigos de la literatura. Es cierto que la difunden, pero sólo la que ellos quieren y de quien ellos quieren.
Ignacio Montes de Oca y Obregón fue uno de los mejores poetas mexicanos del siglo XIX, pero también fue obispo, suficiente para que su obra poética fuera despreciada primero y olvidada  después, tanto que hoy sólo le se recuerda como a un teólogo ultraconservador, enemigo de la reforma y de la revolución, pero el hecho de que fue poeta, y de los buenos, nadie lo menciona.
Nació en Guanajuato, en 1840, como miembro de una acaudalada familia. Desde muy joven descubrió su vocación sacerdotal, entró incluso a un seminario en México, pero se decepcionó rápidamente de sus compañeros y del nivel académico de la institución. Estudió finalmente en Roma, donde conoció al papa Pío Nono. El Pontífice vio pronto su elevada inteligencia y aun siendo muy joven depositó en él su confianza.
El joven cura Montes de Oca estuvo presente en el palacio de Miramar el día que Maximiliano aceptó el tronó de México. Fue con el emperador a Roma y  allí éste quiso presentarlo al Papa, pero se llevó una gran sorpresa al descubrir que Pío Nono lo conocía y lo trataba con cierta familiaridad. En México fue capellán particular de Maximiliano por algún tiempo, el poco que hizo falta para que se fracturara la relación del Imperio con la Iglesia.
Con la caída del Segundo Imperio, la suerte de Montes de Oca no fue adversa, aunque quedó muy conmovido con el fusilamiento del emperador. Pero Pío Nono sabía que tenía en él a uno de los teólogos más brillantes de Latinoamérica y eso le aseguraba un buen futuro. En 1871, antes de cumplir 31 años, fue hecho obispo de Tamaulipas, en 1879 de Linares y en 1885 de San Luis Potosí, donde permanecería por muchos años.
Fue de los obispos que llegaron a un buen acuerdo con Porfirio Díaz. Las relaciones de la Iglesia con el Estado en ese período fueron bastante buenas. Nunca antes habían sido mejores. Díaz hizo como que no sabía qué decía respecto a la Iglesia la constitución de 1857 y los obispos en compensación jamás le alborotaron a sus rebaños. Pero llegó la revolución plagada de comunistas que no tenían buenas intenciones para con el clero y Montes de Oca se opuso a ella. Poco después tuvo que escapar del país para salvar la vida. Murió en Nueva York, en 1921, tras haber esperado años para que la revolución le permitiera volver a su país.
El régimen que se consolidó después del conflicto adoptó a la reforma y a Juárez como sus precursores, sin que los unieran las más mínimas afinidades ideológicas. Pero así Montes de Oca pasó a ser enemigo del Estado por partida doble y uno de los escritores malditos que tenían que ser olvidados para que triunfara la revolución. Y ese objetivo se cumplió. Muchos han oído hablar del obispo, pero casi nadie del poeta.
Ese obispo de aspecto severo y arrogante, al que nunca traicionó con su comportamiento en el ejercicio de sus funciones, vertió de manera notable sus críticas y su ideología en su obra poética. El fusilamiento de Maximiliano tuvo una gran repercusión en su obra. Consideró un acto brutal por parte de los mexicanos matar al príncipe que Dios les había mandado. Él creía entonces que los mexicanos no podían gobernarse a sí mismos, tanto que en uno de sus poemas se puede leer: ¡Desventurada raza mexicana! Mandar no sabe, obedecer no quiere…
Pero también fue un gran crítico del emperador. No le gustó nada la forma en que trató a la Iglesia, como se puede leer en otro de sus poemas: Y con sangriento velo sus errores cubrió el emperador Maximiliano.
Montes de Oca era un hombre sumamente inteligente, políglota y lleno de cultura, pero un teólogo de su tiempo, indispuesto para ceder nada de las facultades de la Iglesia Católica y para que el Estado les diera a otras religiones la posibilidad de existir. Esa postura casi medieval que tenía se refleja en su obra poética, pero no por eso la suya deja de ser una poesía brillante, que merece ser leída y valorada sin traumatismos ideológicos.

Lee otra reseña: El príncipe de la soledad