sábado, 6 de octubre de 2012

Noticias del Imperio – Fernando del Paso


Cuando todo el mundo dice que un libro es muy bueno a veces uno termina por creérselo, hasta que lo lee… Fue hace algunos años cuando decidí dedicarle mis horas libres a la obra cumbre de Fernando del Paso, Noticias del Imperio. Aun con lo mucho que me gusta estudiar el Segundo Imperio, no la terminé. Llegó un momento en que no pude soportar más y mejor cerré el libro para ocuparme de otros. No tenía ni pizca de ganas de terminarlo. Y hasta la fecha sigo en esa disposición.
Pero no porque no me gustó voy a comparar la obra de Del Paso con la de Francisco Martín Moreno, por poner un ejemplo. Detrás de Noticias del Imperio se ve un trabajo muy profesional y serio. Queda claro que el autor realizó una muy extensa investigación que seguramente le llevó años. El hecho de que a mí su novelota me parezca sencillamente infumable es sólo cuestión de gustos, porque el trabajo está bien hecho.
Del Paso se valió de varias técnicas narrativas para hablarnos del Imperio, desde una desquiciada Carlota monologando con sus recuerdos, hasta Juárez regañando a uno de sus subordinados por no hablar bien el español, pasando por una cómica correspondencia entre dos hermanos franceses, uno en México como parte de la expedición y el otro en Francia, cuidándole la novia al primero.
Creo que si Del Paso en lugar de una novela hubiera escrito un ensayo, éste habría sido brillante. Pero al soltarles la lengua a los personajes más destacados del Segundo Imperio me parece que metió la pata más de una vez, y me extraña que todos los que ven la novela como poco más que una sustancia alucinógena no hayan hecho alguna mención al respecto.
No me parece un desacierto comparar Noticias del Imperio con la Historia de la nación chichimeca, de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, escrita a principios del siglo XVII, porque ambos libros sin infinitamente aburridos, pero ofrecen información importante y no puede uno menos que tomarlos aunque sea con un poco de seriedad, y también armarse de paciencia para leerlos completos, aunque eso último no he podido lograrlo con la novela de Del Paso.

viernes, 5 de octubre de 2012

Carlota de México – Susanne Igler


Sin duda, y a pesar de que no fueros mexicanos por nacimiento, Maximiliano y Carlota son de los personajes más atractivos de la historia de México. Biografías sobre ellos, juntos y por separado, novelas históricas y  ensayos sobre el Imperio, se publican con frecuencia. Es un tema al parecer inagotable que satisface tanto a historiadores como a lectores.
La última biografía que leí sobre Carlota es de Susanne Igler, una autora de nacionalidad alemana que se ha especializado en el Segundo Imperio. El libro merece la pena, aunque nos ofrece a la Carlota de siempre, la que conocemos por libros que se escribieron poco tiempo después de que abandonó México.
Carlota era un ejemplo admirable de lo mejor de la aristocracia. Se sentía no sólo destinada a gobernar, sino también obligada a hacerlo. Ella, desde su punto de vista, tenía que gobernar un pueblo, un pueblo al que incluso no la ligara nada, porque no importaba que nada la ligara, su justificación no era la voluntad de ese pueblo, únicamente el simple hecho de que ella era la hija de un rey.
Pertenecía a la raza a la que Dios le había dado no el privilegio de gobernar, sino la responsabilidad de hacerlo. Carlota creía ciegamente en esa máxima que ya en su tiempo se estaba convirtiendo en un anacronismo. Pero las ideas revolucionarias de los pensadores de entonces para ella no tenían la menor importancia. Era la hija de un rey que gobernaba, y muy bien, un país en el que no había nacido, ¿qué mejor prueba podía tener del destino que la aguardaba?
Ya como emperatriz de México, Carlota fue un ejemplo de disciplina, de vocación para gobernar y también de buenas intenciones. No fueron pocos los que desearon que ella hubiera sido el hombre dentro de la pareja imperial. Y aún son muchos los que piensan que de haber sido así, el Imperio habría sobrevivido.
Aparte de la mujer inteligente, enormemente culta, disciplinada en extremo y políglota, Igler también nos recuerda que Carlota era una mujer que necesitaba ser amada y cumplir su papel de emperatriz dándole príncipes a su Imperio, tarea que no logró y por la cual se sintió muy desdichada.
Si Maximiliano se enamoró de México por cómo el país fue con él, Carlota lo hizo porque sentía que era su obligación; si hubiera llegado a gobernar Colombia habría igualmente amado a su país, no por sentimentalismo, sino porque ése era su deber de aristócrata, la misión que Dios le había encomendado y sobre la cual tendría que rendirle cuentas.
No me ha decepcionado la biografía que de la emperatriz escribió Susanne Igler. Hay desde luego libros mucho más completos sobre Carlota, pero sin duda éste merece estar en la biblioteca de cualquier amante de la historia de México.

jueves, 4 de octubre de 2012

Memorias – princesa Inés de Salm-Salm


La autora

Algunas veces, siendo adolescente, al leer libros de historia de México me causaban mucha curiosidad unos párrafos donde se hablaba de una princesa norteamericana que se había hincado ante Juárez para convencerlo de que perdonara a Maximiliano. Y es que asociar un titulo íntegramente monárquico como el de princesa a la república por antonomasia, como son los Estados Unidos, no deja de ser curioso.
Después encontré  la explicación a todo aquello. La princesa nació con el nombre de Agnes Leclerc Joy, en 1844, como ciudadana norteamericana y sin tener nada de sangre noble en sus venas. El titulo de princesa le vino muchos años después por su matrimonio. Durante la guerra civil en los Estados Unidos, emigró a ese país un príncipe alemán sin fortuna y con deudas llamado Felix zu Salm-Salm. Se enamoró de Agnes y se casaron en agosto de 1862. Al terminar la guerra civil Felix ya había alcanzado el rango de general de brigada sirviendo en el ejército del Norte. Pero sin actividad en los campos de batalla sabía que su carrera allí se estancaría y era un hombre muy ambicioso, siempre en busca de aventuras.
Felix emigró a México y ofreció sus servicios a Maximiliano, quizás pensando que entre alemanes habría buen entendimiento. El emperador lo ignoró por algún tiempo, le resultaba antipático, pero cuando se vio en la necesidad de atrincherarse en Querétaro para salvar ya no su imperio sino la vida, Salm-Salm se convirtió en uno de sus hombres de confianza, debido, no en menor parte, a su gran valor, del que a nadie le quedó duda.
Cuando la ciudad cayó en manos del general Mariano Escobedo, Salm-Salm fue hecho prisionero junto con Maximiliano, entonces su mujer, Agnes, conocida en México por su nombre traducido al español, Inés, cobró gran relevancia por su lucha desesperada para salvar al emperador y a su esposo. Inés anduvo de un lado a otro entrevistándose con personajes importantes de la época, militares y políticos;  fue recibida varias veces en San Luis Potosí por el presidente Juárez y también ideó un plan de fuga para favorecer a Maximiliano que no pudo llevarse a cabo. Todas estas acciones le acarrearon gran fama en México, buena y mala. La buena se debió a sus esfuerzos por salvar la vida de Maximiliano y la mala a que sus acciones pusieron incluso en duda su fidelidad a su esposo, ya que al parecer se desnudó frente a un coronel republicano para que la apoyara en sus planes.
Gracias a que Felix había sido general de brigada en el ejército del Norte, y a que Juárez les debía más de un favor a los yanquis, no lo fusiló y a los pocos meses de la muerte del emperador lo dejó en libertad. El matrimonio finalmente no sacó ninguna ventaja económica de su estancia en México, la misma que debido a su precariedad les interesaba mucho. Ya en Europa pensaron detenidamente sobre cuál sería la mejor manera de lucrar con aquella aventura. No había de otra más que escribir sus memorias. Un libro escrito por alguien que había estado junto al emperador en sus últimos días era para los ociosos cortesanos europeos una lectura imprescindible. Las memorias de Felix y Agnes venían a ser algo similar a una continuación de Harry Potter en estos tiempos, guardando las distancias, claro.
Para multiplicar las regalías, cada uno escribió sus memorias, y, como habían pensado, los libros fueron bien recibidos y se vendieron mejor que el pan caliente. Pero no pudieron disfrutar mucho de esos beneficios, porque Felix, militar y alemán antes que todo, se enroló en el ejército prusiano que combatiría contra Francia y en una batalla perdió la vida, dejando a su joven y hermosa esposa completamente sola. Ella moriría muchos años después, en 1912, cuando México, el país donde había pasado su gran aventura, estaba sumergido en una nueva y más sangrienta guerra civil.

El libro

Apenas dos años después del fusilamiento de Maximiliano, las memorias de Agnes fueron traducidas del alemán al español y publicadas en México con el titulo de Apuntes del diario de la princesa Inés de Salm-Salm. El libro en realidad no es un diario, son sus memorias desde que empezó su aventura en tierras mexicanas hasta que se marchó rumbo a Europa.
Agnes habla de sí misma con una amanzana indomable, inmune al sueño y al cansancio. Sin que nadie se lo pidiera, su primera aventura fue tratar de lograr un acuerdo entre los austriacos que defendían la ciudad de México a las órdenes de Leonardo Márquez y el general sitiador Porfirio Díaz. Después sus aventuras se trasladaron a Querétaro y a San Luis Potosí, viajando de una ciudad a otra varias veces para poder salvar la vida de Maximiliano y de su esposo.
Detalla su plan para la huida de Maximiliano y asegura que se habría realizado de manera exitosa si los representantes extranjeros hubieran puesto a su disposición dinero líquido para sobornar a los desconfiados oficiales juaristas. Sobre los representantes de Bélgica y Austria dejó caer graves acusaciones que arruinaron para siempre la carrera diplomática del austriaco, el barón Lago. Sólo un ministro recibió sus elogios, el representante de Prusia, Anton von Magnus, pero Agnes siempre se cuidó de colocar sus esfuerzos por encima de todos los demás interesados en salvar a Maximiliano, con la esperanza de ser bien vista por el emperador de Austria, Francisco José I.
Sin embargo, las memorias de Agnes se contradicen con las de otros personajes de la época y algunos historiadores cuestionan sus buenas intenciones. Si bien es cierto que se arriesgó mucho para salvar al emperador, sabía claramente que por ser mujer Juárez no se iba a atrever a fusilarla y quizás ni a encerrarla ya que era norteamericana y él debía al vecino país del norte no pocos favores.
Aunque en 1869, cuando se publicó en español el libro de Agnes, los editores en el prologo aseguraron que era un documento imparcial y que merecía credibilidad, con el tiempo se ha descubierto que la advenediza princesa mintió todo lo que pudo para poder entrar como una heroína en las cortes europeas. Aun así nada le quita que era una mujer con carácter y muy decidida, que no titubeaba al momento de tomar una resolución y que hizo cosas que evidentemente pocas se hubieran atrevido a hacer.
El libro de Agnes, aun si no merece toda la credibilidad que ella hubiera querido, tiene pasajes muy interesantes sobre lo que ocurría aquellos días en México, previos al fusilamiento de Maximiliano; la princesa detalla muy bien el comportamiento de los militares, de los de menor rango y de los dos más encumbrados generales juaristas, Porfirio Díaz y Mariano Escobedo. También detalla la forma de actuar de los políticos, de los representantes de las potencias europeas ante el extinto Imperio, de los ministro republicanos y del propio Juárez. La princesa escribió que cuando se echó a los pies presidenciales para implorar clemencia para el emperador, Juárez tenía los ojos mojados. Es difícil imaginar así a un hombre que parecía, por dentro y por fuera, de piedra. Quizás Agnes mintió para probar que un poco logró conmover al presidente, pero, en resumen, su libro vale la pena y es muy recomendable para todos los que se interesen en el Segundo Imperio y sobre todo en los últimos días de vida de Maximiliano. 

Lee otra reseña: El príncipe de la soledad

lunes, 1 de octubre de 2012

Benito Juárez, el que fusiló a Maximiliano


El Juárez inconmovible que se negó a indultar al emperador Maximiliano pareciera ser que es el único al que sus admiradores conocen. El acto ha sido teñido de tan fanático nacionalismo que para muchos importa solamente eso, el acto, cuando el pelotón disparó, no la aplicación de la ley, no la restauración de una república legalmente constituida, no el regreso al poder de un presidente elegido por los votantes, no, nada de eso, para muchos lo importante es el fusilamiento en sí, sin tomar en cuenta los motivos, lo cual no deja de ser una barbaridad.
Juárez fue un personaje con muchos aspectos moralmente positivos. Eso que se dice de él que odiaba a la iglesia católica como institución religiosa es mentira. Su guerra fue contra la corrupción de los ministros de la iglesia, no contra la Biblia o el Evangelio.
El Juárez completo que muchos se niegan a conocer fue un niño indio huérfano que tuvo la suerte de encontrarse un tutor noble, que era, de hecho, un cura. Ese Juárez se esmeró toda su vida por cultivarse. Fue un magistral abogado, sus conocimientos eran enciclopédicos, dominaba varios idiomas aparte de su lengua madre, el zapoteca, y su segunda lengua que llegó a dominar a la perfección, el español.
Como gobernante creía en el libre comercio, en la función que le correspondía al Estado para facilitarlo. Detestaba la militarización, aun cuando se vio obligado a implantarla, era respetuoso de sus críticos, y, por encima de todo, Juárez creía en la plena aplicación de la justicia a los delincuentes sin importar, como lo dejó bien probado, su condición social.
Como cualquier hombre adelantado intelectualmente a su época, veía con claridad las necesidades de su país y se obsesionó hasta los extremos por cambiarlo. Por eso llegó a ser autoritario, por eso siempre buscó la manera de acomodar las leyes que promulgaba a sus deseos, pero aun así Juárez fue un presidente en el que se podía confiar. Su escrupulosidad con el dinero público llegó a ser admirable, tanto que jamás otro presidente mexicano lo ha imitado. Por ejemplo: su sueldo como presidente fue de poco más del 2% de lo que ganaba Maximiliano. Eso sí que jamás lo mencionan los políticos que dicen tener afinidades ideológicas con él.
Cando Francia invadió México, el entonces archiduque Maximiliano sabía claramente que el país tenía un gobierno legítimamente constituido por voluntad del pueblo. Y sabiendo eso abandonó su patria para viajar a México. Juárez supo siempre que Maximiliano no ignoraba la realidad. Por eso decidió no perdonarlo, porque él siempre aplicó la ley. No fue un asesinato como el de la emperatriz Sissi, el de Luis XVI o el del zar Nicolás II, fue sencillamente la aplicación de las leyes.
El presidente Juárez, que era de origen humilde y de piel muy morena, no mató a Maximiliano por un odio racial o clasista, aunque eso quieren creer sus seguidores que se niegan a conocerlo, de hecho él no ordenó su fusilamiento, simplemente ordenó que se aplicara la ley, lo que derivó en un juicio y una condena a muerte, y se negó a dar marcha atrás cuando el tribunal militar dio el terrible fallo. Juárez, ese indio lleno de cultura, fue mucho más que el hombre que no perdonó a Maximiliano. Sería bueno que dejaran de considerarlo un buen presidente solamente por eso.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Las aventuras del mariscal Achille Bazaine en México


En Francia el mariscal Bazaine es considerado un traidor por haberse rendido sin pelear ante los prusianos, lo que adelantó la derrota de los galos ante el temible ejército alemán. En México esa última etapa de su vida poco importa a los historiadores, porque aquí hizo suficiente para que se tenga de él una imagen muy diferente de la que tiene sus compatriotas.
Bazaine llegó a México como subordinado del general Forey, antes de la segunda batalla de Puebla. Su primera acción importante fue vencer al general mexicano Ignacio Comonfort cuando intentaba llevar provisiones a los sitiados. Eso le sirvió para que desde Francia Napoleón III lo viera con buenos ojos.
Cuando por la larga lengua del hijo bastardo de José María Morelos, Juan Nepomuceno Almonte, y del embajador francés Saligny, el recientemente creado mariscal Forey cayó en desgracia, el emperador de Francia eligió a Bazaine para que ocupara su lugar. Fue el encargado de recibir al emperador Maximiliano y de ponerlo al tanto de la situación real del país.
Las relaciones entre Bazaine y Maximiliano casi siempre fueron malas, a pesar de que fueron compadres. Bazaine se negó rotundamente a dejar de ser el hombre más importante de México, no permitió que Maximiliano creara un ejército que podría no estar bajo su mando y eso ocasionó que el Habsburgo jamás tuviera con que defender su Imperio.
Pero más interesante que sus proezas militares, que después de Puebla se limitaron a gastar una fortuna de la época en derrotar a un reducido ejército de Porfirio Díaz en Oaxaca, fue, para los mexicanos de entonces, su enamoramiento de una jovencita que podía ser su nieta.
El mariscal no era soltero. Era viudo. Su esposa, una ex prostituta a la que había reivindicado no de la mejor manera, le puso tamaños cuernos aprovechando que estaba batiéndose como león en México. Ante la perspectiva de que Bazaine pudiera enterarse, su mujer optó por la opción del suicidio.
Bazaine entró en un terrible período de depresión. El propio Napoleón prohibió que en un principio se le avisara sobre sus cuernos. Para levantarle el ánimo, lo hizo mariscal de Francia. Al poco tiempo el ya mariscal se enamoró perdidamente de una jovencita mexicana a la que le llevaba una considerable cantidad de años. Se llamaba Josefa de la Peña y Azcárate, pero de cariño la llamaban Pepita. Aunque pertenecía a la clase alta, su familia estaba empobrecida, así que no le quedaba más opción que buscarse un marido bien situado, como por ejemplo un mariscal de Francia, sin importar ¡cuantos años tuviera éste!
No poca gracia le encontraron los mexicanos vecinos de Pepita al hecho de que Bazaine se paseaba por la calle acompañado de toda su oficialidad esperando verla asomada por la ventana. El carácter le mejoró mucho y poco faltó para que fuera a correr dando saltos por las jardines cuando le concedieron la mano de su amada.
Cuando se celebró la boda, Maximiliano, para poder ganarse por fin al mariscal, le regaló el palacio de Buenavista, deferencia que, después se vería, no sirvió de nada. Bazaine continuó con sus modos de combatir la guerrilla juarista que no daban más que escasos frutos.
Lo que sí hizo bien fue cumplir con sus deberes de esposo, aunque con su peso y su edad ya no le resultaba sencillo. Sus subordinados notaban el exceso de sueño que traía todas las mañanas y su propensión a buscar pretextos para regresarse a su casa. 
Tuvo cuatro hijos con Pepita. Dos nacieron en México y a tres les buscó excelentes padrinos. El primogénito fue ahijado nada menos que de Maximiliano y Carlota. La única hija del matrimonio se llamó Eugenia, como su madrina, la emperatriz de Francia. El último de sus hijos, el que ya no alcanzó a nacer en México, llevó el nombre de Alfonso en honor a su padrino, el rey de España Alfonso XII.
Al quedar marginada la familia en Francia por la traición de Bazaine en la guerra contra Prusia, Pepita emigró a México. Su hijo Alfonso llegó a formar parte del ejército mexicano en el Porfiriato. Pero fue dado de baja por querer defender la actuación de su padre durante el Imperio.
Pepita, vestida de heroína al sacar a su esposo como una amazona de una cárcel en Francia, volvió a su patria totalmente empobrecida, pero con la manía de querer hablar siempre en francés. Murió en la más absoluta miseria, después de haber sido en México, por un corto período de tiempo, más influyente que la mismísima emperatriz Carlota.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

La segunda batalla de Puebla


Después del 5 de mayo de 1862, tras perder los franceses la batalla al intentar tomar Puebla, Napoleón III y Juárez cambiaron a sus comandantes. Napoleón comprendió que el conde de Lorencez no podría llegar muy lejos y envió para sustituirlo al experimentado general Frédéric Forey. Juárez confiaba más en su fiel general Zaragoza que en su mano derecha, pero tras morir éste inesperadamente por una angina de pecho lo sustituyó por un general menos capaz y su rival en las pasadas elecciones presidenciales.
El nuevo comandante del ejército mexicano era Jesús González Ortega, un general que en realidad no era tal. Había estudiado abogacía, pero las circunstancias de la época, con su país lleno de revoluciones, lo obligaron a tomar las armas. Un autentico anticlericalista y antimonarquista es lo que indudablemente sí era. En la ciudad de San Luis Potosí un año antes había mandado derribar hasta la última piedra de un templo que tenía una corona de rey en el capulín. No era precisamente juarista y las afinidades ideológicas entre ambos no eran muchas, pero ante las circunstancias tan críticas en ese momento se llevaban bien, tanto que Juárez le había dado el mando del ejército que habría de defender al país de la invasión extranjera.
El mencionado ejército no era muy numeroso, pero sí el más grande que se había reunido para una sola batalla en el México independiente: 21,000 hombres. Los franceses eran más, Napoleón ya no quería otra humillación y mandó a México considerables refuerzos. Sus tropas se componían de 28,000 efectivos. A éstos había que sumarles el ejército que los mexicanos monarquistas y aliados de los franceses habían dispuesto para luchar contra sus compatriotas, que consistía en una cantidad nada despreciable de 7,000 soldados.
La batalla comenzó el 20 de marzo de 1863, con combates verdaderamente crueles y prolongados, algunos duraban toda la noche, dentro de la ciudad y a bayoneta. Puebla pronto fue un sembradero de cuerpos insepultos de ambos bandos. Forey y González Ortega solían hacer treguas para intercambiar prisioneros, los mismos que pronto volvían a combatir y a dejar el pellejo en los muchos cambos de batalla que había en la ciudad.
La situación para los mexicanos pronto tomó tintes drásticos, las municiones y la comida disminuían con mucha rapidez. Los ciudadanos de Puebla, al no poder salir porque los franceses lo impedían a cañonazos, se estaban muriendo de hambre. La intención de Forey era precisamente rendir a González Ortega por la presión que causaban los civiles con sus muchas carencias.
Sin embargo, el general mexicano continuó resistiendo y mostrándose apático ante las suplicas de las familias poblanas, que ya querían, antes que cualquier otra cosa, comer. La situación para estos desdichados cambió cuando a los mexicanos se les terminaron las municiones. González Ortega comprendió que ya no podría seguir peleando. Mandó destruir hasta el último fusil que hubiera podido ser útil a los franceses y se rindió. Habían pasado dos meses desde el inicio de la batalla. De los 21,000 soldados mexicanos quedaban 9,000 rostros hambrientos y demacrados. Cuando Forey vio a los oficiales de más alto rango se quedó sorprendido. Eran todos muy jóvenes, además de sastres, seminaristas, abogados y muy pocos militares en realidad.
Ésa fue la segunda batalla de Puebla, de la que nadie habla porque se perdió. Pero se perdió porque el ejército mexicano era más reducido que el invasor, no había armamento suficiente y la preparación de los oficiales, de los que tomaban las decisiones importantes, era casi inexistente. Lo que hubo ahí fueron valientes, muchos que abandonaron su oficio para ir a defender a su país, y ellos sí merecen ser recordados.

sábado, 15 de septiembre de 2012

La Batalla de Puebla, ¿proeza exagerada?


Me refiero a la primera, la del 5 de mayo de 1862, porque en Puebla hubo dos. La primera duró menos de un día, la segunda duró dos meses, los mexicanos dieron muchas más pruebas de valor y se derramó mucha más sangre. Pero como al final se perdió, casi nadie  quiere mencionarla.
En la primera, la que celebran hasta en la Casa Blanca, los ejércitos fueron mucho más reducidos que en la segunda. En números cerrados, el general Ignacio Zaragoza tenía a su mando 5.000 hombres. Muchos no habían desempeñado nunca el oficio de soldado, otros tantos no hablaban español y muchos otros andaban descalzos y con el estomago si no a medio llenar vacío.  
El armamento que tenían era muy precario e insuficiente. Los artilleros no tenían un arma maniobrable, así que si su cañón era inutilizado ya sólo podían morir como valientes o correr como cobardes sin la posibilidad de defenderse. La única ventaja que tenía Zaragoza era que estaba protegido en los fuertes de Loreto y Guadalupe, y la aprovechó muy bien.
Del lado francés, el conde de Lorencez tenía 6.500 hombres, todos soldados de oficio y veteranos de la reciente guerra contra Austria. Su armamento también era de primera calidad y tenían todo el que les hacía falta. El problema de ellos era su comandante, Lorencez, un hombre profundamente vanidoso que no creía que los mexicanos pudieran plantearle un problema serio.
Nada más empezó la batalla quedó en evidencia algo que todos vieron menos Lorencez: que Zaragoza tenía un ejército débil, pero no tanto, y que de tonto no tenía un pelo. Para su fortuna, Lorencez demostró tenerlos todos. Durante el transcurso de la batalla ordenó ataques que si no fueron absolutos fracasos se debió al valor de sus soldados, desafió negligentemente a la caballería mexicana, que le dio no pocos sustos, y, el colmo de la idiotez: puso su mejor artillería a disparar, sí, pero a una distancia a la que no podía alcanzar a su enemigo. Hasta Napoleón III lo supo y no lo podía creer. 
Lo mejor que hizo Lorencez fue entender que había perdido a tiempo, y eso lo obligó a retirarse, pero en orden. Porfirio Díaz quiso seguirlo con la caballería, pero Zaragoza se lo impidió. Era un general inteligente y sabía que cuando un ejército se retira ordenadamente puede defenderse. Santa Anna, muchos años atrás, por no saber eso perdió una pierna.
Las bajas francesas fueron, en números redondos, de 500 hombres, pero no todos muertos. Aun así los franceses comprendieron que no podían subestimar a su enemigo e incluso que todo el ejército expedicionario corría peligro si Napoleón no enviaba pronto refuerzos y cambiaba de comandante.
Muchos historiadores opinan que si bien Zaragoza tuvo gran merito, no podía perder esa batalla. No era  posible que  6.500 hombres fueran capaces de llegar hasta la mismísima capital y poner su bandera encima de Palacio Nacional. Todo invita a pensar que Zaragoza, valiente y buen militar, hizo bien su trabajo, pero no una proeza irrealizable.
Lamentablemente al joven general -tenía 33 años- se lo cargó una angina de pecho poco después de vencer a los franceses. Hizo mucha falta un año después, en la Segunda Batalla de Puebla, pero ésa es una historia que merece entrada aparte.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Oro, caballo y hombre – Rafael F. Muñoz


Ayer subí una reseña del magnifico aunque escalofriante relato La fiesta de las balas, que es una excelente obra para comprender lo que es y lo que no es una revolución, proceso donde las vidas valen lo que los caudillos quieren que valgan guiados por su estado de ánimo.
Oro, caballo y hombre es otro relato que tiene como protagonista a Rodolfo Fierro, precisamente en los minutos previos a su muerte en una laguna cerca de Casas Grandes, Chihuahua, el 13 de octubre de 1915. El autor es Rafael F. Muñoz y aun con lo mucho que me gusta su biografía de Santa Anna (de la que ya hablé aquí), debo decir que este relato hace aguas si no por los cuatro lados cuando menos por tres.
Muñoz consiguió retratar con fidelidad el carácter que le suponemos a Fierro. Y sospecho que su relato generó la leyenda que dice que el hombre se ahogó después de que a su caballo se lo tragaron las arenas movedizas, porque los historiadores se inclinan por creer que lo mató el caballo al caerle encima, aunque esta versión, la oficial, poco se escucha. He llegado a pensar que era tanto el odio que había sembrado Fierro a su alrededor que sus enemigos quería imaginarlo luchando con la desesperación del futuro ahogado, un final mucho más propio para él que el simple hecho de morir instantáneamente aplastado por un caballo.
En el relato, Fierro, burlón nato del miedo y de peligros aparentemente menores, no hizo caso de los consejos de sus acompañantes al empeñarse en cruzar la laguna cuando había un lugar más seguro por donde ir. Cuando vio que  tenía sobradas posibilidades de irse al fondo de la laguna, pidió a sus compañeros, después de maldecirlos por querer darle consejos, que le salvaran la vida, prometiendo en compensación el oro que llevaba encima.
Los villistas, que siempre habían temido al Carnicero por su tendencia a matar sin motivos y sin discriminar a nadie, y también porque era el niño consentido del Centauro, le lanzaban sus reatas con muy pocos deseos de que cayeran al alcance de sus manos. Todos lamentaron la pérdida del caballo y del oro, pero nadie dijo una palabra sobre la suerte de Fierro.
El relato, sin ser malo, no se puede comparar con el que mencioné ayer. Se ve que Muñoz era un escritor con más talento en obras de largo alcance, como dejó bien demostrado con El dictador resplandeciente y ¡Vámonos con Pancho Villa!, ensayo el primero y novela la segunda que ya son clásicos de la literatura mexicana del siglo pasado.

jueves, 13 de septiembre de 2012

La fiesta de las balas – Martín Luis Guzmán


Para comprender un conflicto armado que dura muchos años, es necesario estudiarlo muy detenidamente, estudiar los motivos que lo originaron, a los protagonistas y los motivos de éstos, que no siempre son los mismos del conflicto. Pero para darnos una idea del horror y la crueldad tan propios de las revoluciones y de las guerras, a veces un relato que sólo nos brinde un fragmento de aquello es suficiente, no importa que ese relato sea por completo ficción, siempre y cuando éste bien trazado.
En el caso de la revolución más triste de la historia de México, por sus víctimas y por todas sus consecuencias que aún pagan los mexicanos de hoy a la hora de la comida, el relato que es ideal para comprender sus horrores es La fiesta de las balas, del chihuahuense Martín Luis Guzmán.
El protagonista único de este escalofriante relato es nada menos que Rodolfo Fierro, el mismísimo Carnicero, un hombre al que el fanatismo ha querido convertir en héroe aun cuando se sabe que lo que más disfrutaba hacer era matar por gusto, matar a quien fuera, matar para sembrar el miedo a su persona, matar y matar. Y lo hizo. Vaya que lo hizo. Y nadie lo castigó nunca.
En La fiesta de las balas, después de una batalla, Villa, que era tan malo como Fierro pero se las daba de bueno haciendo que el otro fuera el ejecutor, le ordenó a su matón particular despachar al otro mundo a trescientos prisioneros. Fierro, Fierrito, de cariño como lo llamaba Villa -¡vamos que entre matones también hay sentimientos!-, ideó una estrategia para probar su buena puntería, su rapidez, y al mismo tiempo cumplir con puntualidad y eficiencia las órdenes de su jefe.
La cruel maniobra consistió en echar a correr a los desdichados uno a uno mientras Fierro, como único tirador y con un asistente que le cargaba las pistolas, hacía blanco en ellos por la espalda mientras trataban de librar una cerca que les salvaría la vida.
El relato, como ya dije, es aterrador. Es ficción, claro, pero retrata muy bien a Fierro y a la revolución en general. Ese conflicto que muchos confunden por liberador costó la vida a demasiados inocentes sólo por el capricho y la retorcida ideología de algunos. Es larga la tarea de estudiarlo. Pero para comprenderlo algún pequeño texto ayuda mucho, y para ello yo recomiendo La fiesta de las balas, un relato que espanta, que conmueve, pero que está bien escrito.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

El Cerro de las Campanas: memorias de un guerrillero – Juan Antonio Mateos


Cualquiera que lea el titulo y el subtitulo de esta novela pensaría que se trata, sí, de las memorias de un guerrillero que participó de principio a fin en la guerra que causó la segunda intervención de Francia en México y que también estuvo presente, quizás hasta como miembro de un pelotón, la mañana del 19 de junio de 1867 en el Cerro de las Campanas.
Pero no es así. La novela fue publicada en 1868 y como puede verse ya entonces se aplicaban los conocimientos de marketing al titulo de los libros. Muy seguramente el escritor Juan Antonio Mateos pensó que poniéndole como titulo a su novela el nombre del lugar donde habían sido fusilados Maximiliano y sus dos generales más bravos los lectores acudirían a comprarla apresuradamente. También se aprecia que en el subtitulo mintió un poco. Él en hechos de armas participó tanto como cualquier mexicano pacífico de la época. Su experiencia como guerrillero era, por tanto, inexistente.
Fue en realidad escritor y político. Llegó incluso a ser funcionario público durante y para el gobierno de Maximiliano. Aunque después por criticarlo fue enviado a prisión. Publicó esta novela al año del desplome del Imperio, por lo que es de suponerse que se puso a escribir a marchas forzadas para capitalizar los acontecimientos recientes de la mejor manera.
Sobre la novela se pueden decir cosas buenas y malas. Quizás una de las buenas es que es demasiado extensa, cuando los superventas de la época solían ser novelas cortas como Clemencia, La Navidad en las montañas o Martín Garatuza. Mateos emprendió una empresa muy colosal en comparación con otros escritores mexicanos, al estilo ruso. Y en una novela larga existen más posibilidades de cometer errores, que los hay en ésta.
La historia está situada dentro del Imperio. Inicia cuando los mexicanos esperan la llegada de los franceses a la capital. Hay tres historias de amor sobre las que gira el argumento a lo largo de la novela. La principal la integran una joven  de clase alta que pertenece a una cómica familia y un militar republicano que se ve en la necesidad de abandonar a su amada para ir a luchas contra los franceses. La segunda está formada por una hermosa mexicana de carácter muy atractivo y un soldado francés que no tiene las mejores intenciones. Y el protagonista de la última es el propio Maximiliano, quien disfrazado de simple soldado austriaco seduce a una joven de condición humilde, hermana de un guerrillero juarista que no perdona una ofensa.
Lo mejor de la novela sin duda es la comicidad verdaderamente amena, aun para estos tiempos, que nos ofrece de principio a fin. Mateos nos regala un extraordinario testimonio del carácter del mexicano de la época, desde los afrancesados hasta los más humildes guerrilleros. Algunas partes de la obra son extraordinarias, donde el autor logró brillar con plenitud. Pero también cometió grandes errores, recurrió a ingenuidades difíciles de creer, además de otros fallos casi inaceptables, siendo él un cronista de época, como ignorar el nombre del hermano mayor de Maximiliano, a quien llama José II, o poner a la princesa Inés de Salm-Salm hablando español fluidamente, cuando en realidad ella apenas y conocía unas palabras.
Pero dejando a un lado los errores, creo que de las novelas mexicanas del siglo XIX, ésta es la que nos ofrece un mejor retrato del mexicano de esos tiempos, en todas sus facetas, por eso y por su extraordinaria comicidad vale la pena leerla.

Lee otra reseña: Con Maximiliano en México

lunes, 10 de septiembre de 2012

El último príncipe del Imperio Mexicano


Exceso de trabajo y una gripe que se ha negado a marcharse pese a que de todo he tomado me han impedido escribir una reseña o algo que considere de interés en los últimos días. Ni siquiera he tenido ánimo para iniciar una nueva lectura y me he limitado a repasar mis libros favoritos.
Básicamente esta estrada es para hablar de uno de los libros que acabo de adquirir, mas no lo he leído aún. Se trata de El último príncipe del Imperio Mexicano, de la norteamericana C. M. Mayo. Fue escrito originalmente en inglés, y aunque su autora lleva, según la breve monografía  que figura en la solapa, más de dos décadas viviendo en México y es de suponer que habla el español mejor que yo, no hizo la traducción ella, sino Agustín Cadena.
De la existencia del libro me enteré hace ya algún tiempo y algo de interés tenía en leerlo. Pero con la enorme columna de libros pendientes que tengo ni siquiera había procurado hacerme de él. Sólo que me lo encontré en una librería recientemente y decidí sumarlo ya de manera más formal a mi lista de “libros que voy a leer en un futuro no muy lejano”.
¿De qué trata? Es algo así como una biografía novelada de la infancia de Agustín de Iturbide y Green, nieto del infortunado monarca que fue pasado por las armas después de haber probado por poco tiempo las mieles de la sangre real en sus venas. Precisamente después del fusilamiento de Agustín I, la familia se mudó al vecino país del norte, donde subsistió por años con la pensión que el gobierno de México pagaba religiosamente.
Allá uno de los hijos del Emperador, Ángel, se casó con una bella yanqui de nombre Alicia. Juntos procrearon a un niño que llevó el nombre de su imperial abuelo. Cuando Maximiliano llegó a México quería conformar una verdadera aristocracia en el país. Echó mano de los descendientes de su predecesor coronado tomando en custodia a sus dos nietos pequeños: Salvador, ya entrado en la adolescencia, y Agustín, que apenas daba sus primeros pasos.
Salvador fue enviado a Francia para convertirse en todo un militar de carrera mientras que Agustín se quedó en México junto a sus padres adoptivos y al cuidado de una tía suya. Mucho se ha dicho que Maximiliano quería que uno de esos dos niños, si se consolidaba el Imperio, fuera su sucesor, pero tal versión es bastante cuestionable. En realidad todo parece suponer que Maximiliano, al no tener hijos, tenía pensado que su heredero fue un Habsburgo, hijo de su hermano menor Carlos Luis. A los nietos de Iturbide los quería únicamente como los precursores de una aristocracia mexicana que él pretendía crear. El hecho de que les haya dado el titulo de príncipe a los dos no quiere decir en realidad gran cosa. En su país de origen, Austria, el titulo de príncipe era muy común en la nobleza, apenas por encima del de conde.
En fin que los Iturbide aceptaron gustosos darle a los niños a Maximiliano. Pero la madre del pequeño Agustín pronto se arrepintió y le imploró al Emperador que se lo devolviera. Sobre todo cuando el Imperio amenazaba con colapsar. Al obtener una respuesta negativa, y al ser ella norteamericana, pidió apoyo al gobierno de su país y de esa manera el niño causó todo un problema diplomático que le dio dolores de cabeza hasta a Napoleón III.
Cuando Maximiliano vio que su Imperio ya no tenía salvación, en una época en que no sabía si escapaba del país ingobernable o se quedaba a morir con el honor puesto, decidió que el niño le fuera devuelto a su angustiada madre, quien le rogaba en una carta tras otra que se apiadara de su dolor y le regresara a su hijo.
De esa historia y de ese niño, Agustín de Iturbide y Green,  trata este  libro. Por malas experiencias no me fío mucho de las novelas históricas incrustadas en los períodos más interesantes de la historia de México. Así que espero que ésta no termine decepcionándome y poder escribir después de leerla una reseña positiva recomendándola a los amantes del Segundo Imperio. Ya está bien, por principio de cuentas, que una escritora se haya ocupada de ese trocito de historia que otros apenas  mencionan en algunos párrafos de sus libros. 

viernes, 7 de septiembre de 2012

Tras las huellas de un desconocido. Nuevos datos y aspectos de Maximiliano de Habsburgo – Konrad Ratz


De los libros sobre el emperador Maximiliano que se han publicado en los últimos años, quizás el más valioso sea éste, obra del austriaco Konrad Ratz, un verdadero experto en la figura del infortunado monarca. No quiero decir que es un libro impecable ni bellamente escrito, creo que los editores pudieron hacer más por la presentación, porque se ve que la parte que a Ratz le correspondía la hizo muy bien.
No es una biografía, pero sí un ensayo que revela detalles, como el titulo lo indica, desconocidos de Maximiliano. También aclara algunas hipótesis infundadas y sin ningún sustento histórico que otros historiadores mal informados daban por ciertas. Al revisar la bibliografía y analizar detenidamente el texto no puedo menos que darle gran credibilidad a este historiador que lleva tres décadas metido en el tema.
Algunos de los mitos que se caen gracias a la muy profesional investigación de Ratz son la supuesta y falsa teoría de que Maximiliano pagó su castillo de Miramar con la dote de Carlota, a la que en realidad nunca pudo echarle una mano encima. También con gran facilidad Ratz derriba el mito muy arraigado y que muchos creían incuestionable que decía que Maximiliano era masón.
La supuesta teoría jamás probada y sin el menor sustento bibliográfico del salvadoreño Rolando Deneke, que dice que Juárez perdonó a Maximiliano, también, de manera sencilla y sin requerir de muchas páginas, Ratz la derriba con verdaderas pruebas históricas, que seguramente su trabajo le ha costado obtener.
Ratz introduce monografías de algunos de los personajes que tuvieron un papel importante en el Imperio y que no habían sido analizados detenidamente antes. Entre los estudiados por el historiador destacan el padre Fischer, un hombre polémico que llegó a tener una enorme influencia sobre el Emperador. También gracias a Ratz conocemos detalles biográficos del médico Samuel Basch, quien pasó junto a Maximiliano sus últimos días,  Miguel López, el coronel mexicano que entregó a su señor, entre otros tantos personajes que en algo influyeron sobre el carácter y la suerte de Maximiliano y que habían sido ignorados por otros historiadores.
Al final Ratz le agrega todavía más valor a su libro ofreciéndonos una muy bien detallada monografía del historiador austriaco Egon Caesar Conte Corti, autor del libro Maximilianoy Carlota, del que ya hablé aquí en otra entrada.
Indudablemente éste es un gran libro, con un enorme soporte bibliográfico para despejar dudas, e imprescindible para cualquier estudioso de Maximiliano y el Segundo Imperio.