domingo, 21 de mayo de 2017

José María Gutiérrez de Estrada, el diplomático de Dios

Mucho se ha escrito sobre el Imperio de Maximiliano en México, se le han dedicado ensayos y novelas desde el mismo epilogo de Querétaro. Apenas un año después del triple fusilamiento, Juan Antonio Mateos publicó su novela El Cerro de las Campanas, Memorias de un guerrillero, y hace apenas un par de semanas Adam J. Oderoll sacó a la luz Carlota y Maximiliano, la dinastía de los Habsburgo en México, una historia alternativa en la que el imperio logró sobrevivir a Juárez y en la que actualmente México continúa gobernado por los descendientes de la pareja que llegó de Europa. El imperio ha sido, y ya lo he dicho infinidad de veces, una fuente de literatura inagotable. La personalidad de Maximiliano, sus aspiraciones y sus verdaderas intenciones, se reedita cada generación de escritores, alegando siempre que todavía hay algo que contar.
Pero de entre tantos libros que se han escrito sobre el Segundo Imperio, la mayoría de los cuales he tratado de conseguir, no he hallado uno sólo sobre el padre ideológico, el hombre que fue crucial para que ese período de la historia de México existiera: José María Gutiérrez de Estrada.
El susodicho nació en el actual Campeche, antes parte de Yucatán, junto con el siglo diecinueve, en 1800. Quizás por nacer a acaballo entre dos siglos, siempre se le ha considerado un hombre anacrónico, con una mentalidad política desfasada de su tiempo, e incluso en el aspecto religioso se le ha tachado de medieval.
Siendo muy joven vio la independencia de México y aunque llegó a ocupar cargos importantes en el nuevo gobierno, los descalabros y la inestabilidad lo hicieron conversarse de que su patria sólo podría subsistir bajo el gobierno de una monarquía católica, encabezada por un príncipe europeo. Tras llegar a esa conclusión, que plasmó en una carta que lo llevó al exilio, echó candado a sus convicciones y las defendió toda su vida. Fue un fiel colaborador de Santa Anna, en tanto que amigo personal, pero no fue de los que se convencieron de que el general comediante fuera en realidad una opción de gobierno para México.
Ya exiliado en Europa, se la pasó de reino en reino buscando un buen príncipe católico que quisiera cruzar el Atlántico y encabezar una monarquía pegada a la frontera de los Estados Unidos. Gracias a su fortuna persona, que le permitía vivir sin trabajar, Gutiérrez hizo una amplia labor en la Europa postnapoleónica con la sola intención de  lograr que su patria tuviera una monarquía aceptada y apoyada por las del viejo continente.  Se entrevistó con personajes importantes, entre ellos el canciller de Austria, Clemente de Metternich, para conseguir consolidar sus propósitos.
Fue el destino quien después de mucho esfuerzo dedicado a su causa quizás más personal que patriótica, le acomodó las cosas para ver cumplido su sueño. Otro mexicano exiliado, José Manuel Hidalgo, Pepe para sus amigos y sin ningún parentesco con el cura de Dolores, logró convertirse en un gran amigo de la condesa de Montijo, María Manuela Kirkpatrick, y de su hija, la hermosa Eugenia. Estas dos se traían entre manos darle vuelta a Europa para conseguir el mejor marido posible para Eugenia. Y lo consiguieron. El pichón resultó ser el emperador de Francia, Napoleón III. Cuando su amiga se convirtió en emperatriz, Pepe Hidalgo, se las arregló para meterse en la corte y proponerles el proyecto de un imperio en México. Fue él quien logró traer a Maximiliano, pero indudablemente Hidalgo sólo cristalizó una idea a la que Gutiérrez de Estrada le había dedicado tiempo y esfuerzo durante décadas.
Algunos aseguran que sin Hidalgo, Gutiérrez no habría logrado absolutamente nada. Y tienen toda la razón. Hidalgo era un tipo joven y bastante guapo, galanura que al parecer disfrutaba presumir, en tanto que Gutiérrez era un viejo que desagradaba por su catolicismo anacrónico. Pero gracias a su esfuerzo de décadas para lograr la monarquía mexicana, tanto sus allegados como el propio Maximiliano lo consideraron el padre del Segundo Imperio, tratamiento por el cual, según parece, Hidalgo llegó a sentirse celoso.
Con el colapso de Querétaro, Gutiérrez no duró mucho.  Podría decirse que se fue a la tumba junto con su emperador. Hidalgo, que en ese entonces era joven, logró sobrevivir en el exilio, sufriendo a la distancia el desprecio de sus compatriotas y probando, el otrora embajador de Maximiliano ante Napoleón III, todos los sabores de la pobreza.
Los historiadores mexicanos se inclinaron por olvidarnos. Podríamos decir que el olvido fue su castigo. He buscado en infinidad de librerías, bazares e Internet, algunas biografías sobre ellos, libros dedicados exclusivamente a sus vidas, no meras menciones de medio capítulo, pero no he tenido éxito. Quizás, sencillamente, porque no las hay. 

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