lunes, 31 de diciembre de 2012

El rey viejo – Fernando Benítez


Muchas veces me había encontrado con esta novela en librerías sin que me decidiera a leerla. Desconfío casi por antonomasia de cualquier libro que veo en todas partes. Por fin hace poco decidí llevarme a casa El rey viejo y me puse inmediatamente a leer. Me sorprendí mucho porque es sin duda una obra maestra, una de las mejores novelas mexicanas de cuantas se escribieron en el siglo pasado.
Aunque es una novela revolucionaria no fue escrita en los años posteriores al conflicto; su autor, Fernando Benítez, la publicó en 1959, cuando la revolución era ya más un mito desfigurado que un doloroso presente.
La novela relata los últimos días de vida del presidente Venustiano Carranza. Inicia poco antes de que él decide trasladarse a Veracruz al darse cuenta de que la mayor parte de ejército lo ha traicionado y se ha pasado al bando de los sonorenses.
El narrador es un personaje educado y culto que goza de la amistad de Carranza y que ocupa un puesto dentro de su gabinete. Desde su perspectiva el lector aprecia la difícil situación que vivía el gobierno carrancista, la fortaleza del presidente y de algunos militares que permanecieron fieles a él, como el general Francisco Murguía, hombre bravo entre los bravos y de una sola lealtad.
Parte de la novela transcurre en los trenes que llevaban al gobierno constitucional rumbo a Veracruz, trenes perseguidos por la traición que de ninguna manera podían llegar a su destino. Después el narrador nos lleva a la sierra de Puebla, en un difícil trayecto camino a Tlaxcalantongo, hacia el previsible final que los sonorenses habían planeado para Carranza y del que no podía escapar.
El mayor mérito dentro de la novela radica en la perfecta forma en cómo el autor retrató la lucha de la voluntad de Carranza contra el caudillismo. Aquella traición de los sonorenses no se debió a diferencias ideológicas sino de intereses. Los militares sólo podían estar contentos en la guerra o en el poder. Una vez terminada la guerra, con Villa como único enemigo escondido en la sierra de Chihuahua, era imposible que un descomunal ejército ocioso decidiera sencillamente desaparecer y dar paso al México civil. Tanto heroísmo por parte de los militares era sólo un sueño de Carranza, ellos querían su recompensa por haber luchado en la revolución y no aceptarían que se les arrebatara la presidencia.
Carranza, como Cicerón, quería a los militares fuera del poder porque no ignoraba lo peligrosos que podían ser, y como a Cicerón también lo mandaron matar, porque cuando los militares han decidido adueñarse del poder es imposible detenerlos si no hay otros militares que se les opongan. 

Le otra reseña: Maximiliano íntimo

viernes, 14 de diciembre de 2012

Pedro Lascuráin, el presidente impoluto


En la historia de México hemos tenido presidente verdaderamente detestables. Y más en tiempos de revolución. Algunos no sólo se apropiaron junto con su familia, allegados, amantes, compinches y demás, de los fondos públicos, también dejaron la economía del país en el más puro esqueleto.
Hemos tenido, desgraciadamente, de todo, de todo lo malo, en cuanto a presidentes se refiere. Empezando por el noble Vicente Guerrero, que no sabía casi leer y menos gobernar; pasando al desequilibrado comediante y corrupto Santa Anna, quien tampoco sabía gobernar pero su amor por el protagonismo lo hacía fingir que sí sabía. Experto era este hombre en vaciar las arcas de la nación. Luego en tiempos de guerra devolvía un poco de lo robado para fortalecer al ejército, porque patriota, ese loco insufrible, sí era.
También tuvimos al rustico Juan Álvarez, militar medio cobardón pero cacique en su región que se apropió unos meses de la presidencia sin saber exactamente en qué consistían sus funciones. Y cómo olvidar a los presidentes triunfadores de la revolución, los peores que hubo en ese entonces en el continente. Obregón y Calles no sólo fueron un par de fanáticos dispuestos a todo lo malo, también fueron los fundadores de un régimen más intransigente que ellos que aplastó la economía ya de por sí aplastada, muy aplastada, por la revolución.
Y para cerrar el siglo pasado, México tuvo la malísima suerte de tener tres pésimos presidentes uno tras otro. Es cierto que un mal presidente puede ser soportado. Hasta en Estados Unidos lo hacen, pero siempre y cuando tras él llegue otro que contrarreste sus fracasos. Pero si detrás de uno malo llega uno pésimo y tras éste otro peor, las consecuencias tienen que ser por lógica devastadoras.
México padeció a Echeverria, a López Portillo y a De la Madrid uno tras otro. Fueron dieciocho largos años en los que el mexicano tuvo que aprender a vivir fingiendo que comía. Tuvo que ser Salinas, el Innombrable acusado todo tipo de corrupciones y actos inhumanos y antipatriotas, el que le dio un nuevo empuje a la devastadísima economía nacional.
Y en fin, hemos tenido presidentes de todo tipo. Malos, muy malos, y torpes, muy torpes, desde matones consumados hasta comunistas más comunistas que Stalin. Pero México también tiene el antecedente de haber sido gobernado por un presidente impoluto. Se fue tan limpio que ni en Estados Unidos han tenido otro igual. No devastó la economía, no se llenó los bolsillos, no hizo inversiones idiotas, no deterioró las relaciones con el exterior, no abusó de su poder, incluso aunque le tocó gobernar en una época turbulenta no cometió crímenes de Estado. En resumen, este presidente no le hizo ningún daño a su país.
Su período presidencial, es cierto, fue breve. Quizás por eso no metió la pata ni se endiosó con el poder. Pero es el único presidente de México al que los historiadores no podrían acusar de haber sido corrupto durante su administración, que ya es mérito. Se llamó Pedro Lascuráin, y gobernó cuarenta y cinco largos… minutos.

Lee otra reseña: El triste porvenir de los países latinoamericanos 

martes, 20 de noviembre de 2012

Pancho Villa, rayo y azote – Rafael F. Muñoz


Este libro está dividido en dos partes. La primera contiene las memorias de Francisco Villa, dictadas por él a su médico de cabecera. Llegan hasta el fracaso militar del revolucionario, que ocurrió de manera apresurada después del desastre de Celaya.
La segunda parte contiene textos escritos por Rafael F. Muñoz sobre las andanzas de Villa una vez que su División del Norte fue reducida a unos cuantos centenares de forajidos a los que llamaba cariñosamente sus dorados.
Las memorias de villa son un documento muy valioso para poder saber, hoy,  a casi noventa años de su muerte, lo fundamentos de su ideología, la misma que lo llevó -lo pese a quien le pese y aunque su nombre esté escrito con letras de oro en el Muro de Honor de la Cámara de Diputados- a ser un despiadado asesino.
Villa, según da a entender, fue un hombre que creía que por haber nacido pobre podía hacer de todo y que ninguno de sus actos sería un delito. De joven, cuando fue encarcelado en Durango, después de haberle metido un tiro a una persona y de haber asaltado a punta de pistola a otra, creyó que su condena era injusta. Habría sido interesante saber, desde el punto de vista de Villa, qué tenía que hacer un hombre para merecer ir a la cárcel.
El mito tan mentado de la deshonra de su hermana él mismo lo desmiente. El famoso hacendado al que casi mató nunca la tocó. Fue su pretendiente y Villa, creyendo que por ser rico sólo quería burlarse de ella, consideró justo meterle un tiro que de milagro no lo mandó al otro mundo.
Algo que revela la poca imaginación de Villa es la manera tan sencilla en que narró sus batallas. Apenas cuenta detalles muy generales el hombre que se supone las planeó y las ejecutó de manera magistral. Eso quizás sea justificable si tomamos en cuenta que Villa, hombre semianalfabeto, no poseía los elementos necesarios para enriquecer una narración, y al momento de dictar sobre sus batallas fue incapaz de hacerlo detalladamente. Es cuando menos extraño que si fue incapaz de narrarlas haya podido ejecutarlas.
Se cuidó muy bien de contar algo sobre sus crímenes, que fueron muchos. Tan sólo fue capaz de decir que un santo no era. Cierto. Y al ser derrotado por Obregón tuvo la modestia de admitir su vanidad y de decir que simplemente se había creído general y que tal cosa se debió en parte a los homenajes que le hizo el propio ejército de los Estados Unidos.
Pasando a la parte del libro escrita por Rafael F. Muñoz, es muy agradable su lectura, como no podía ser de otra forma tratándose de un autor tan capaz. Muñoz nos cuenta las hazañas de Villa cuando pasó de general a bandolero. Fue un verdadero terrorismo lo que ejerció en el estado de Chihuahua, asesinando a inocentes que no cometían más crimen que cruzarse en su camino.
Perdido su prestigio, buscado como un delincuente por todos lados y sabedor de que jamás habría de volver a ser un hombre respetable y un general admirado, Villa se dedicó simple y sencillamente a saquear, extorsionar y matar, exhibiendo en cada acto una crueldad que hacía a muchos pensar si era realmente ese tirano el que antes fuera un general tan respetado.
Fue un criminal. De eso no hay duda alguna. Asesinó a mujeres, niños y hombres inocentes que jamás lo habían ofendido mínimamente. Incluso sus más grandes defensores no ocultan sus crímenes, pero lo defienden diciendo que era una revolución y que en toda revolución hay crímenes. ¡Vaya forma de defenderlo! Es raro, muy raro, que ese hombre sea considerado un héroe no sólo por sus admiradores que no saben nada de su biografía, sino también, de manera oficial, por el mismo Estado mexicano.

Lee otra reseña: Martín Garatuza

domingo, 18 de noviembre de 2012

Presidentes mexicanos del siglo XIX


Los presidentes de la actualidad viven rodados de lujos, gastando lo que no es de ellos en cosas absurdas e inútiles, realizando viajes protocolarios muchas veces innecesarios y desde luego muy costosos, pasan mucho tiempo frente a las cámaras de televisión, hablando como iluminados, tienen garantizados por sólidas instituciones sus seis años en el poder y gozan de una seguridad similar a la de una princesa egipcia en tiempos de los faraones.
Muy diferente era la vida de sus predecesores del siglo XIX, cuando México comenzaba a dar sus primeros pasos como país independiente. En aquella época la situación del los presidentes solía ser muy difícil. Nunca había dinero siquiera para lo más indispensable, no llegaban al poder por la vía del voto sino del cartelazo, y por tanto vivían temerosos de que otro cuartelazo los alejara de la silla presidencial.
Los gobiernos a veces eran muy efímeros, de apenas semanas o meses, y luego ocurría que no había un presidente sino dos, y cada uno con ganas de atrapar al otro para ponerlo de espaldas a un muro de piedra con un pelotón de fusilamiento enfrente. También hubo casos en que de nada le servía a alguien ser presidente porque los estados de la republica se negaban a reconocerlo como tal.
Los de hoy suelen tener preparación universitaria, hablan inglés -algunos-, son hombres cultos -también algunos-, pero en el siglo XIX hubo presidentes con formación cultural bastante escasa, como el general Vicente Guerrero, hombre sumamente noble y sumamente patriota, pero que leía con dificultades y se trababa mucho cuando lo carrereaban. Aunque en ese turbulento siglo dos claras excepciones fueron Juárez y Maximiliano -en calidad de emperador el último-, los dos gobernantes más sabios y poliglotas que ha tenido México en su historia. Lástima que aun teniendo la misma ideología les tocó gobernar al mismo tiempo y uno terminó fusilando al otro.
Pero en el siglo XIX todos sabían que por gobernar a México había grandes posibilidades de morir. Los presidentes a menudo se veían recorriendo el país en largas jornadas a caballo y pasando unas hambres de león, ya fuera para vencer a su oponente o para escapar de él. Cuatro jefes de Estado mexicanos fueron pasados por las armas en poco más de cuarenta años. El primero fue Agustín de Iturbide, el libertador, y su fusilamiento marcó el inicio de México con el pie izquierdo en su período de libertad.
Después de Iturbide fue fusilado el otro libertador, Guerrero. Fue emperador uno y presidente el otro y fueron fusilados con una diferencia de siete años como consecuencia en gran medida de la ambición y los cuartelazos del general Santa Anna. Juárez, que en todo fue más eficiente que Santa Anna, también fusiló a un emperador y a un presidente, pero el mismo día y a la misma hora, y también, claro, en el mismo lugar.
Las biografías de los presidentes mexicanos del siglo XIX nos enseñan lo difícil que fue consolidar el cargo de presidente tal y como se encuentra hoy. Hoy México es un ejemplo para Latinoamérica. Si de algo estamos seguros es de que el presidente no se va a reelegir, de que el ejército no lo va a derrocar, de que a menos que muera, o cometa serios errores, sus funciones durarán seis años justos. Parece poco, pero viendo a otros países podemos ver que eso es mucho y le sirve a México para tener un poco de estabilidad, tan necesaria para que un país pueda intentar dejar su pobreza en el pasado.

Lee otra reseña: El Cerro de las Campanas 

jueves, 15 de noviembre de 2012

Hidalgo y Morelos, Villa y Zapata



En charlas informales carentes de cultura, cuando se habla de la Independencia de México inmediatamente salen a relucir dos hombres que se supone lucharon mucho y unidos para lograrla: Hidalgo y Morelos; y cuando se habla de la Revolución salen otros dos a los que muchos imaginan juntos -porque se fotografiaron juntos-: Villa y Zapata. Pero la verdad es que estos dos pares de hombres tuvieron tanto contacto entre sí como Juárez y Maximiliano.
Hidalgo y Morelos ya en la guerra de independencia sólo se vieron una vez.  No pelearon hombro con hombro ni se enviaron refuerzos uno al otro para ayudarse en las batallas. Su relación fue completamente inexistente. Cada uno por su lado buscó la libertad y halló el fracaso. Compartían el anhelo independentista, pero tenían muy distintos objetivos. Eran curas, pero eran diferentes. Hidalgo era un teólogo intelectual; Morelos en sus Sentimientos de la Nación dejó ver sus buenas intenciones y la cortedad de su intelecto.
En el ramo militar fue donde Morelos sí superó a Hidalgo. Era un buen estratega, pero no tanto como muchos llenos de fervor patriótico han querido hacer creer. Esa vieja leyenda de que Napoleón lo admiraba es falsa. Sospecho que surgió a raíz de una película. No hay que creer todo lo que nos dice el cine. Napoleón jamás supo que existía Morelos. Otra de sus virtudes fue su magnanimidad para con los prisioneros, la misma que no compartía Hidalgo.
Morelos también fue un hombre modesto, quería ser sólo siervo de la nación. Hidalgo quiso ser y fue generalísimo, rango militar que ridiculizó en sus campañas. Algo que sí tuvieron en común, aparte de ser curas, fue el hecho de que creían que el celibato prohibía casarse, pero que no prohibía tener una sexualidad muy activa. Una de las faltas de Morelos a su condición de sacerdote de la iglesia católica, llegó a ser un militar de confianza de Santa Anna y hasta mariscal de adorno en el imperio de Maximiliano. Se llamó Juan Nepomuceno Almonte, no llevó el apellido Morelos porque… porque su padre era cura y se suponía que no debía tener hijos.
Pasando a Villa y Zapata, tampoco tuvieron mucho que ver. Villa participó en muchas batallas. Ganó menos de la que se cree. No era en realidad un militar, su ignorancia lo incapacitaba para conocer las más elementales reglas de las maniobras militares. Lo que sí tuvo fue vocación de bandido. Y eso fue disfrazado de revolucionario hasta que el general Felipe Ángeles llegó a disciplinar  a sus salvajes huestes. De allí se formó un cuerpo de ejército que muchos han confundido con una sola división -pero que en realidad fueron tres-, letal con la caballería y más con la artillería, pero deficiente con la infantería. Cuando Ángeles lo abandonó, Villa volvió a ser lo que había sido, un bandido, pero mucho más sanguinario.
Zapata no fue militar. Eso de general siempre le quedó grande. Pero sí fue un buen hombre que perseguía una causa justa. Libró muchas menos batallas que Villa y cometió muchísimos menos crímenes. Se vieron sólo una vez en la ciudad de México, simpatizaron, pero sus respectivos soldados querían comerse unos a otros. Después cada quien volvió a sus zonas de influencia. Tuvieron contacto cuando a ambos les cayó encima la desgracia, pero no se prestaron ayuda, ni uno ni otro tenía posibilidades de hacerlo.
Y aunque los que reescribieron la revolución los quisieron elevar como los dos más grandes caudillos con muchas afinidades ideológicas, en poco se parecieron, a lo mucho en sus escasas nociones de socialismo que Zapata practicó y Villa usó para vivir sin trabajar, asesinando y dándoselas de mártir. Zapata, todo lo indica, era un hombre que puede ser calificado como honesto; y Villa, todo lo asegura, era un delincuente.

Lee otra reseña: Juárez y su México

sábado, 10 de noviembre de 2012

Ignacio Zaragoza – Alfonso Hurtado


El general Zaragoza en muchos aspectos fue un militar atípico en el México del siglo XIX: no tenía ambiciones políticas, era modesto sobre sus capacidades como militar, tenía la prudencia por virtud, no ambicionaba ascensos sin méritos y tampoco exhibía crueldad. Tan prudente fue en su vida privada que mucho se ignora de él en ese sentido. Y como muestra está la biografía que le escribió Alfonso Hurtada, de la que toca hablar hoy.
En este libro, con una prosa en extremo sencilla y quizás anacrónica, conocemos los importantes sucesos de la historia de México en los cuales el general Zaragoza se distinguió como un buen hijo de su patria. Sin embargo, más parece un ensayo sobre la guerra de reforma y el principio de la intervención francesa que una biografía del general. Apenas hay un acercamiento a él que no alcanza a ser biografía.
Hurtado nos cuenta algo sobre sus orígenes tejanos, su vocación por la carrera de las armas y su ingreso al bando liberal para echar a Santa Anna, por última vez en su larga carrera, de la presidencia de México. Zaragoza era un hombre convencido de sus convicciones ideológicas y estaba al tanto de algunas de sus carencias por no haber podido terminar su formación militar -las cuales le ayudó a superar el general francés conde de Lorencez-.
En en el conflicto armado que se desató por causa de la reforma la capacidad de Zaragoza se vio del todo opacada por el genio de Miguel Miramón, un general que parecía haber inventado la guerra. Pero el tejano no era precisamente un hombre de pasiones. Era prudente -virtud que no ha sido aliada de muchos militares mexicanos- y ésa era su gran ventaja. La sangrienta guerra de reforma lo formó.  No pocas veces estuvo a punto de perder la vida y conoció el amargo sabor de la derrota. Por eso cuando llegaron los franceses, Zaragoza ya era un buen militar, con experiencia y astucia.
De esos aspectos y algunos otros no poco importantes sobre la vida de Zaragoza trata este libro. Pero falta información sobre él, información más cercana al hombre, porque eso es lo que contiene una biografía. Quizás el general supo cuidar su vida privada, ya que la prudencia de un hombre empieza por allí.
Revisando la bibliografía de la que se valió Hurtado, he visto que apenas uno de los libros es una biografía de Zaragoza, la que escribió su contemporáneo y amigo Manuel Z. Gómez. No se puede escribir una biografía de un personaje valiéndose apenas de otra, pero si no hay más tampoco existe otra opción. 

miércoles, 7 de noviembre de 2012

¿De dónde salió Pancho Villa?


Me refiero al nombre, porque el hombre, naturalmente, salió de su madre, pero lo cierto es que el famoso revolucionario se llamaba, legalmente, Doroteo Arango Arámbula, no tenía nada ni de Pancho ni de Villa. Y las razones del cambio de nombre no están del todo claras y son aún discutidas.
La teoría que conocen hasta aquellos seguidores de Villa que nunca han leído una biografía de él porque es leyenda popular, es que durante su etapa como delincuente -antes de la Revolución, porque después fue delincuente y general- estuvo en una banda liderada por un personaje llamado Pancho Villa, y éste, herido de muerte en una refriega, le heredó el mando a Doroteo, quien pasó a llamarse en honor a su jefe muerto como él, Pancho Villa.
Otra teoría dice que por cuestiones de amoríos clandestinos e hijos no reconocidos, el apellido que le correspondía a Doroteo era el de Villa, y que sabiéndolo ya de adulto decidió hacer la necesaria corrección para llamarse como era debido. Aunque suena un poco extraño que un hombre que aprendió a leer ya muy grandecito tuviera la precaución de preocuparse por esas cosas.
Pero hay una teoría más que dejó el propio Villa en sus breves memorias, aunque los historiadores al parecer no han hecho mucho caso de ésta. Villa sí acepta haber formado parte de una banda de forajidos, pero liderada por un hombre llamado Ignacio Parra, al que Villa no vio morir, sino que se separó de él por petición de su madre, aún llevando su nombre autentico.
Sin embargo, el joven bandido Doroteo ya era muy perseguido en su natal Durango, y cuando se mudó a Chihuahua con la intención de trabajar honradamente decidió, para despistar a las autoridades, cambiarse el nombre y llamarse Pancho (Francisco) Villa. Eso dice él en sus memorias, mas no explica de dónde salió el nombre, y ésa sigue siendo la incógnita.

jueves, 25 de octubre de 2012

El Estado megalómano – Jean-François Revel


Tal vez muchos vean El Estado megalómano como un libro acotado por fronteras físicas y culturales, debido a que se trata de una crítica al Partido Socialista Francés y al principio de la gestión de François Mitterrand como presidente de los galos. Pero quien piense eso está incurriendo en un error, El Estado megalómano es una de las mejores críticas de cuantas se escribieron el siglo pasado al casi siempre manifiesto deseo del Estado, de cualquier país, por acapararlo todo.
Nada más hace falta leer las primeras páginas del libro para comprender que Revel fue uno de los intelectuales más brillantes de su tiempo y quizás el mejor y más sincero defensor de la libertar. Sus explicaciones son sencillas, sus analogías muy apropiadas y sus paralelismos más que aceptables. Otro aspecto que enriquece el libro es el humor negro del autor, que aunque instruye al lector sobre un tema verdaderamente importante -e ignorado en 1982, al publicarse El Estado megalómano, cuando aún existía la URSS-, no deja de tomárselo todo a broma, tal vez porque sabía que el fruto de sus reflexiones sería ignorado por Francia y por el mundo.
Después de pasar los primeros capítulos del libro, que también son los más agradables en cuanto a calidad literaria se refiere, viene lo más duro -y sin duda lo que más le dolió Mitterrand y a su cuadrilla de marxistas disfrazados de socialistas tolerantes-, el desenmascaramiento de las políticas ocultas y totalitarias que se escondían detrás de las buenas intenciones que exhibían quienes se apropiaron del gobierno francés en 1981.
Mitterrand y los suyos iniciaron su gestión con una discreta labor de transformación de Francia y de los franceses de la manera más radical. Había que cambiar la imagen que se tenía del gobierno anterior, pasarlo de bueno a pésimo, había que cambiar la economía, pasarla de privada a pública, había que cambiar a los medios de comunicación, pasarlos de libres a encubridores de los errores del Estado, y había que cambiar a los franceses, pasarlos de ciudadanos libres a piezas de una maquina estatal y colectiva al más puro estilo soviético y cubano.
El Estado megalómano no es sólo una crítica al gobierno de Mitterrand en Francia, es una verdadera bofetada a los partidos izquierdistas de todo el mundo, es una patada donde más duele a la hipocresía de quienes teniendo a los pobres en la boca todo el tiempo quieren no sólo dinero sino poder ilimitado para hacer lo que les dicte su faraónica conciencia. Ojala los izquierdistas que en la actualidad tienen cargos públicos leyeran este libro; quizás le aprendan algo y sin duda verán en él su flaqueza intelectual y, desde luego, moral.

miércoles, 17 de octubre de 2012

El padre Agustín Fischer en el Segundo Imperio Mexicano


Agustín Fischer fue un personaje muy importante durante el Segundo Imperio mexicano. Hacia el final, fue el hombre de más confianza de Maximiliano, y antes de eso fue su representante ante el mismísimo Papa, con quien trató de lograr un acuerdo respecto a las tensas relaciones que había entre la Iglesia y el Estado en México.
Los historiadores están de acuerdo en que el padre Fischer era un hombre muy hábil, excelente negociador, culto, políglota y amante de la belleza femenina. Todo lo anterior invita a pensar que se trataba de un aristócrata austriaco, metido a religioso como el segundón de una familia noble, la misma que lo había provisto de una impecable formación moral y académica, y que había viajado a México formando parte del sequito de ochenta y tantos personajes que llegaron junto con Maximiliano. Pero no es así.
La realidad es que Fischer era de origen alemán, nacido en 1825, en una familia demasiado humilde. Siendo apenas un adolescente emigró a los Estados Unidos para escapar de la policía después de protagonizar una pelea y para buscar fortuna. El viaje terminó en un naufragio donde murieron una tía suya y varios primos, pero él sobrevivió.
Sabiendo que no era fácil superar la pobreza en sus condiciones, hizo acopio de su disciplina alemana para llenarse de conocimientos y buscar la manera de sobresalir. Aprendió rápido el inglés y el español y se hizo cura jesuita, la única posible carrera universitaria a la que podía aspirar. Pero su condición de sacerdote no le impidió tener mujer e hijos, aunque no se casó.
Emigró al norte de México, dejando a su familia en Estados Unidos, y se estableció en Durante, donde llegó a ser secretario del obispo en turno. A estas alturas ya le daban frutos su cultura y su fuerte carácter, características suyas que todos notaban. Al parecer intentó ennoblecerse inventando que descendía, por línea bastarda, de los reyes de Wurtemberg. O alguien más dio pies al rumor, porque se puede leer en algunos libros.
Su buena posición ante el obispado de Durango la perdió por tener una vez más líos de faldas. En México, al igual que en Estados Unidos, no desistió en su interés por reproducirse. Pero aun así logró tener una buena posición ante el clero mexicano y aunado a ello ante el propio partido conservador. En 1863 fue enviado a Roma, donde permaneció un año y logró estar allí cuando el ya emperador Maximiliano fue a visitar al Papa. En Roma se conocieron, pero sus relaciones se fortalecerían más adelante.
Amigo de un terrateniente mexicano de nombre Carlos Sánchez Navarro, perjudicado por el mapa del Imperio que dividía el territorio nacional en cincuenta entidades, fue ante el emperador para interceder por él. Fischer logró causar una gran impresión en Maximiliano. Al parecer el monarca vio en él cualidades para ejercer difíciles tareas diplomáticas. Entablaron cierta amistad, hablaban siempre entre ellos en alemán y poco a poco el padre logró ganarse la confianza del emperador.
A Fischer se le encomendó la tarea de redactar un concordato para arreglar las relaciones del Imperio con la Iglesia y fue enviado a Roma con la misión de conseguir que el Papa lo aprobara. En la Ciudad Eterna el padre se hizo de buenas y poderosas amistades, incluso no le dieron un no definitivo respecto a su concordato y le hicieron creer que podía ser aprobado. Pero el Imperio mexicano se estaba cayendo a pedazos. No tenía el Papa razón alguna para molestarse en llegar a un acuerdo con un Imperio que pronto dejaría de existir.
El padre regresó a México y se encontró con la noticia de que el emperador estaba pensando en escaparse del país. Con ello le entró una gran preocupación. Si Maximiliano se marchaba el partido conservador sería destruido por Juárez y él sería perjudicado por partida doble. Ya se veía viviendo en un paupérrimo pueblo y sobreviviendo con las limosnas que las generosas ancianitas echaran en la charola, y ese porvenir no le agradaba. Si el emperador se quedaba y triunfaba él bien podía llegar a obispo.
Gracias, en gran medida, a los esfuerzos de Fischer, Maximiliano se quedó en México. Su estrategia consistió en no permitir que el emperador se entrevistara con cualquier persona que pudiera recomendarle partir rumbo a Europa para salvar la vida. Estuvo en la capital cuando ésta se rindió ante Porfirio Díaz. Fue arrestado y encarcelado por algunos meses. Pero los juaristas no fueron muy duros con él, incluso trataron de contratarlo para que escribiera la historia de aquel cruento período. Fischer no aceptó, quizás pensando que en Europa le iría mejor. Pero allá se encontró con que era acusado de haber retenido en México a Maximiliano y con ello responsable de su muerte.
Esos rumores eran desde luego muy ciertos, y le cerraron al padre todas las puertas que tocaba y le acarrearon desgracias. Pero su precariedad no fue tanta como para morir de hambre, aunque pasó épocas de escasez. Regresó a México con el proyecto de fundar una especie de escuela que acabó en un rotundo fracaso por falta de dinero. Después fue preceptor de los hijos de una familia acaudalada, lo que mejoró por algún tiempo su precaria situación económica, pero jamás volvió disfrutar de la abundancia como lo hizo gracias a Maximiliano. Murió a la edad 62 años y está sepultado en el Panteón Francés en la ciudad de México. A fin de cuentas, como personaje histórico es más mexicano que alemán.
A muchos historiadores les ha causado gracia que la mano derecha del emperador casi al final del Imperio fuera un cura con tan mala fama. Fischer, más que por ser un hábil diplomático, hombre culto y políglota, era conocido por los mexicanos de su tiempo por las dificultades que tenía para mantenerse célibe y sobrio.
Aunque nunca fue a Querétaro durante el sitio de la ciudad, en París sirvió como modelo para una pintura de Maximiliano poco antes de morir, en el momento en que se está despidiendo. En el cuadro, Fischer, sustituyendo al padre Soria, último confesor del emperador, se lleva una mano al rostro para contener el llanto mientras Maximiliano trata de consolarlo, y junto a ellos un soldado juarista espera impaciente a que terminen las despedidas.
En Alemania, su país natal, se han escrito algunas biografías sobre Fischer, cosa que no ha ocurrido en México. Quien más datos ha aportado sobre él aquí es el historiador austriaco Konrad  Ratz, ocupado desde hace décadas en estudiar el Segundo Imperio. Pero indudablemente hace falta una autentica biografía de Fischer escrita en español. Hay regada suficiente información en los libros para lograrla, sólo hace falta que alguien se dé a la tarea de recopilarla y analizarla. Fischer es uno de esos personajes que prometen una biografía no poco interesante.
En la genial película mexicana Las fuerzas vivas, estrenada en 1975 y protagonizada por Héctor Suárez y David Reynoso, entre otros, el intransigente, manipulador, violento y dominante cura del pueblo, interpretado por Víctor Junco, siempre me ha recordado mucho a Fischer. Dudo si está inspirado en él, pero el parecido es notable.

martes, 16 de octubre de 2012

La guerra de guerrillas – Ernesto “Che” Guevara


Hace ya algunos años que leí el famosísimo libro del Che, el mismo que se ha convertido en medio siglo en una autentica Biblia del guerrillero. Pocos conceptos recuerdo a estas alturas porque sencillamente me pareció una obra de muy modesta calidad: como manual para un guerrillero es bastante simple, con explicaciones que me parecieron innecesarias por predecibles, y como obra literaria no entretiene ni sorprende ni agrada.
El impacto del libro se debió al interés que existía cuando fue publicado, poco después del triunfo de Castro en Cuba, por convertir al Che en lo que según los historiadores más objetivos nunca fue, un hombre brillante. Muchos no lo consideran ni medianamente inteligente, y la única vocación que le ven es la de verdugo.
Sin embargo, para los biógrafos que lo idolatran, Guevara era un intelectual brillante incluso desde una edad muy temprana. En la película Diarios de motocicleta, del año 2004, el Che le sirve a su bienhechor en el Perú durante su primer celebre viaje, el doctor Hugo Pesce, como un imparcial crítico literario al revelarle los muchos defectos de su novela. Esa anécdota, en diferentes versiones como muchas más sobre Guevara, se puede leer en varios libros, aunque es difícil de creer.
El Che en esos tiempos era un joven aun sin ideología y desertor temporal de la carrera de medicina -la misma que según muchos historiadores nunca terminó-, y no era desde luego un intelectual que se las sabia todas, como se han empeñado en hacer creer sus hagiógrafos. Y el principal problema para éstos es que Guevara dijo muchas cosas y escribió otras tantas.  Y en eso, en sus discursos y sus textos, no se ve a un intelectual, ni siquiera a un hombre inteligente.
La guerra de guerrillas es un pequeño manualito que tomando en cuenta la importancia de lo que dice pudo haber sido mucho más pequeño de lo que es. No esconde entre sus páginas a un genio, y eso salta a la vista pronto, pero ni siquiera podría ser de mucha utilidad a un guerrillero porque lo que invita a hacer lo haría cualquiera sólo por sentido común.
Por principio de cuentas, no deja de ser sumamente extraño que después de escribir su manual perfecto del guerrillero, el Che haya perdido las dos guerras en que participó, en el Congo y en Bolivia. O no usó sus propias teorías o sus teorías resultaron no ser para nada eficientes. Sería bueno que quienes dispuestos a matar al capitalismo con fusil al hombro se marchan al monte llevando el libro de Guevara en la mano, recapacitaran un momento en que los consejos que contiene quizás llevaron al propio autor a fracasar y posteriormente a morir ejecutado.

sábado, 13 de octubre de 2012

El triste porvenir de los países latinoamericanos – Francisco Bulnes


El libro del que hoy hablo, es mi favorito de cuantos ensayos he leído sobre los problemas sociales y culturales del mexicano y en general del latinoamericano. No es desde luego una novedad, fue publicado en 1899, pero sí es una obra maestra, producto de la mente de un genio odiado y olvidado: Francisco Bulnes.
Bulnes fue un celebre escritor durante el Porfiriato, partidario de Díaz, crítico de Juárez y defensor de Hidalgo. Sus contempéranos criticaron la dureza de su obra, pero sus sucesores, los revolucionarios, sencillamente no se la pudieron perdonar. Bulnes fue encasillado dentro de todo lo malo que produjo el Porfiriato y su obra literaria, aunque es brillante, fue subestimada, ignorada e infravalorada, labores para las que se requiere maldad e hipocresía porque el hombre, le pese aún hoy a quien le pese, era un genio.
Para despejar dudas, si es que surgen, dejaré aquí unos pasajes del libro escogidos casi al azar, y si algunos ya no son prácticos hoy en día, no dejan ser bastante buenos:

Si algún descubrimiento ha sido funesto en primer lugar para España, en segundo para Europa y en tercero para América, ha sido el de Colón.

El árabe dio una gran civilización, desgraciadamente con alma teocratita.

El indio es de todos los que quieran dominarlo.

El indio sólo tiene una gran fiesta: el velorio.

El anglosajón discute sin cólera, y su serenidad basada en la convicción de justicia de que cada cual es libre de pensar como le parezca, fortalece su criterio y acredita sus decisiones.
Un latino pregona hasta con música y veladas literarias que la libertad de pensamiento es sagrada; pero desde el momento en que siente que alguien hace uso de esa libertad en contra de sus opiniones, se irrita, insulta o desprecia, huye o pega, y acaba por enfermarse a fuerza de odio contra el disidente.

Las naciones conquistadoras acaban siempre por sufrir más humillaciones que las que causan.

Todos estos pasajes los he tomado de las primeras cincuenta páginas, pero hay muchos más igual de interesantes, porque el libro está lleno de golpes de verdad, Bulnes mostró una cultura sobresaliente y sus teorías, aunque insultantes y despiadadas, son ante todo muy ciertas.
El libro, haciéndole honor a su titulo, ofrece infinidad de razones por las cuales el latinoamericano padecía, en 1899, un atraso desolador, producto de sus errores, de su fanatismo, de su amor por la incultura y de su religiosidad ciega y sumisa.
Algunos conceptos que maneja Bulnes, es cierto, son anacrónicos en nuestros tiempos, pero en el fondo y formas, las razones que exhibe en este genial libro de la miseria de Latinoamérica, hoy, 113 años después, siguen vigentes, y no sólo no hemos hecho nada para erradicarlas, sino que las damos por buenas, por positivas y hasta por símbolos de patriotismo.
Éste es el libro menos conocido de Bulnes. En la actualidad no se edita, y eso es una verdadera pena, porque es un libro que merece ser leído hoy en día, para enterarnos los latinoamericanos de que las causas por las cuales nuestros países sencillamente no se desarrollan, ya nos las había explicado un genio hace más de un siglo.

viernes, 12 de octubre de 2012

Tomás Mejía, el rostro de la lealtad


Cuando las tropas francesas y casi la totalidad de la legión austro-belga abandonaron México a principios de 1867, Maximiliano tenía a su mando a tres respetados, odiados y temidos generales del partido conservador: Leonardo Márquez, Miguel Miramón y Tomás Mejía.
Los dos primeros no veían a Maximiliano precisamente como una figura ante la cual agachar la cabeza. El emperador no compartía en absoluto los principios de su partido y ellos lo sabían muy bien. Si hicieron presión para que se quedara en el país fue porque lo conservadores necesitaban un símbolo que los mantuviera unidos, pero no lo querían para que diera las órdenes.
Márquez no estimaba en absoluto al emperador. Incluso no lo consideraba muy inteligente. Y fiel a su costumbre de fusilar a cuanto prisionero caía en sus manos, discrepó no pocas veces con Maximiliano porque éste era un hombre muy magnánimo. Cuando lo envió de Querétaro a la ciudad de México para recoger las tropas que allí estaban, Márquez desobedeció desde el principio las órdenes imperiales y actuó de acuerdo a su criterio. Pese a todo, ese viaje le salvó la vida. No estuvo, para desgracia de los juaristas que ansiaban fusilarlo, en Querétaro cuando esta ciudad cayó rendida.
Miramón por su parte no era ni siquiera imperialista. Aceptaba, por decisión de la mayoría de los miembros de su partido, y porque no tenía muchas opciones, que Maximiliano fuera la autoridad suprema. Trató incluso de complacerlo, pero en un principio no le fue sencillo ya que Márquez se dedicó a desprestigiarlo después de que perdió una batalla cerca de Zacatecas contra el general juarista Mariano Escobedo.
Al final de la guerra fue Miramón quien, de los dos, demostró ser más fiel al emperador, quizás porque era también más honorable y sobre todo más valiente, cualidades que ni siquiera sus enemigos negaron que tenía. Pero no fueron Miramón y Márquez precisamente ejemplos de lealtad, probablemente porque ambos se creían hechos para mandar.
Un caso muy diferente fue el del general Tomás Mejía, un indio otomí de raza pura, militar de carrera, bravo entre los bravos, magnánimo con los vencidos y el más leal soldado de Maximiliano desde que llegó a México. Cuando se conocieron, Mejía no pudo articular palabra alguna por la emoción y el emperador comprendió cuán leal le era aquel hombre. Precisamente por eso no lo exilió como sí hizo con Miramón y Márquez, de quienes se deshizo porque no quería tener nada que ver con ellos.
Mejía fue puesto a las órdenes del mariscal Bazaine y por su disciplina y valor llegó a ganarse incluso elogios de los franceses, renuentes siempre a reconocer los méritos de los militares mexicanos que luchaban junto con ellos. Aunque los franceses no eran en absoluto de su agrado, y sabiendo que por servir junto a ellos se pondría en duda su patriotismo, los toleraba porque anhelaba la consolidación del Imperio, único, a su juicio, capaz de llevar relaciones armoniosas con la iglesia católica, por la que tanta veneración sentía.
Aun siendo un fiel católico, no se quebrantó en él la lealtad que sentía por Maximiliano cuando  éste rompió con la iglesia. Pero tampoco recibió la misma consideración. Poco antes de que casi todos los imperialistas se atrincheraran en Querétaro, el emperador lo acusó de hacerse el enfermo para no combatir.
La realidad era que Mejía realmente estaba muy enfermo, y sus padecimientos se prolongarían hasta  que fue fusilado. Pero aun estando enfermo, durante el sitio de Querétaro dejó no pocas veces probado su valor. Era un general de caballería que no acostumbra ver los combates desde su trinchera, con lanza en mano llegó a batirse contra los juaristas.
En aquellos difíciles días fue cuando Maximiliano comprendió cuánto valía aquel bravo general y cuánta lealtad le profesaba a su persona. Poco antes de que los hicieran prisioneros, con apenas unos pocos soldados de caballería, Mejía, ya muy enfermo, le dio al emperador a elegir entre rendirse o hacer un suicida carga para romper el cerco. Pero el emperador, con unos nervios no aptos para tomar tales decisiones, se inclinó por la rendición.
Ya estando prisionero Mejía todavía tuvo la oportunidad de demostrarle al emperador una vez más su lealtad. Años atrás, en Ríoverde, San Luis Potosí, había hecho prisionero al general Mariano Escobedo, pero al ser un hombre sumamente religioso y libre de odios, le perdonó la vida, cosa rara en aquella guerra. Poco antes de que se celebrara la ejecución en el Cerro de las Campanas, Escobedo se presentó en la celda de Mejía para saldar la deuda de honor que tenía pendiente. Mejía le preguntó si también dejaría escapar a sus compañeros de infortunio, Maximiliano y Miramón, a lo que el general juarista respondió que no. Entonces el bravo otomí rechazó la oferta argumentando que no era capaz de abandonarlos.
Muchos han escrito que a diferencia de Miramón, Mejía llegó al Cerro de las Campanas cabizbajo, quizás atemorizado, pero en realidad sus padecimientos apenas le permitían mantenerse de pie. Incluso dos soldados tuvieron que llevarlo del brazo hasta el lugar donde sería fusilado. A pesar de que le dolía dejar a su hijo recién nacido huérfano, que se llamó Tomás Maximiliano, murió como todo un hombre y como un general digno, defendiendo sus convicciones, que era muy libre de tener.

jueves, 11 de octubre de 2012

El príncipe de la soledad – Adam J. Oderoll


Pocos placeres de la vida se pueden contar sin ruborizarse. Tomar un buen café es uno de ellos, pasar una tarde de verano contemplando el atardecer sin miedo a que el teléfono suene es otro, y leer una excelente novela probablemente sea el mejor de todos. Ese viejo placer me lo ha dado esta semana El príncipe de la soledad. Al leer el último párrafo aún no podía creer que fuera tan buena, de esas novelas a las que no les falta ni les sobra nada. Aunque… en realidad sí le falta algo: una segunda parte.
Pero ¿qué tiene El príncipe de la soledad que es una novela tan, tan buena? Creo que lo principal es que se trata de una historia que engancha, que no invita sino obliga a seguir leyendo. Hace incluso que por la mañana, antes de ir al trabajo, den ganas de leer un poco, aunque sea sólo un poco, para saber cómo termina ese capitulo tan brillantemente lleno de misterios.
Porque es precisamente con misterios -que el autor es un experto en crear- con lo que la novela obliga a uno a no quitarle los ojos de encima. Pero también encontramos a personajes enormemente interesantes -gracias a sus misterios, cierto- que tienen detrás de sí, y delante, historias muy bien logradas, aparte de sus carácteres, nada típicos en las novelas de hoy.
De todos los personajes, el que más me cautivó, y por lo que he leído también a otros lectores, es Albram Dorogant, uno de los seis jueces del Círculo. ¿Y qué es el Círculo, para empezar? En el centro de una milenaria ciudad hay un enorme bosque en el que curiosamente a nadie le pasa nada aun cuando no hay nadie que lo vigile. Los habitantes de Berglora, la ciudad, poca o ninguna importancia le dan al hecho, pero hay un joven, Baon, muy serio y diferente a todos, que tiene casi la seguridad de que en el bosque habitan seres que se encargan de que no pase nada.
Para fortuna de nosotros los lectores, Baon tiene razón. En el bosque está la entrada al Círculo, pero nadie puede entrar allí, a menos que quienes allí viven lo lleven. Los gobernantes del Círculo, los aristócratas,  nunca han necesitado nada de los que viven afuera, pero las cosas para ellos han cambiado, y repentinamente se dan cuenta de que sí necesitan algo de los inferiores: su sangre.
Baon es el primero en darse cuenta de que personajes muy peligrosos andan merodeando por el bosque, y a la vez de que allí habitan unos fieros lobos que los inferiores no pueden ver, excepto él, que extrañamente atacan sin ninguna piedad a todo aquel que se atreve a salir del Círculo.
Cuando los aristócratas envían a sus siervos al bosque a llevarles víctimas, Baon, su mejor amigo, Gaen, y la chica de sus sueños, Lile -hermana de Gaen-, terminan dentro del Círculo, enfrentados por azares del destino al joven y temperamental juez Albram Dorogant, un hombre muy misterioso, que poco tiene que ver con los aristócratas y que no es lo que aparenta al principio, ni después.
Pero también hay una guerra, con espadas, que exige honor, en la que Albram participa con su ejército, riéndose de todos y sin aclarar nunca, a pesar de ser uno de los seis jueces, de qué lado está ni qué busca. De hecho mucho de lo interesante de la novela se desprende del doble juego que se traen varios personajes. Albram no es el único que se la pasa envuelto en sus misterios, pero quizás los suyos son los que guardan las mejores sorpresas.
Pues éste es El príncipe de la soledad, una novela fascinantemente bien trazada, bien estructura, con tantos misterios como la más brillante de las novelas policíacas, pero también llena de originalidad. Y algo tal vez aún mejor es que quien lo desee puede empezar a leerla ya sin pagar por ello, bajándola GRATIS del blog del autor. Yo la recomiendo ampliamente, muchos se sorprenderán de lo buena que es. 

miércoles, 10 de octubre de 2012

Un viaje a México en 1864 – Paula Kolonitz


La autora
De la condesa Paula Kolonitz en México se sabe poco. En su libro titulado Un viaje a México en 1864 contó lo menos que podía de su vida. Apenas el lector puede apreciar que era una aristócrata austriaca, con refinados gustos artísticos, crítica implacable de todo lo que no era de su agrado y que tenía una disciplina, aunque femenina, típicamente alemana. Viajó a México por razones estrictamente protocolarias, como dama de compañía de Carlota, y regresó a Europa tras permanecer alrededor de medio año en el país.
En el quinto volumen de la enciclopedia México a través de los siglos, José M. Vigil aseguró que la condesa llegó a México sin un solo centavo y que subsistió, como tantos otros, a costillas del Imperio. También por el diario del príncipe Carl Khevenhüller sabemos que años después se casó con el jefe de gabinete de Maximiliano, el belga Félix Eloin. Probablemente el flechazo se dio en México, o cuando se conocieron en la travesía por el Mediterráneo y el Atlántico, pero la Kolonitz no hizo ninguna mención al respecto en su libro.
Otros detalles como su fecha exacta de nacimiento y defunción se desconocen en México, también si tuvo hijos con Eloin o si publicó otros libros aparte del que hoy nos ocupa. Básicamente lo único que tenemos de ella es su libro de viajes, que viene a ser, para los estudiosos del Segundo Imperio, también lo único que de ella se necesita.

El libro

Quizás la precariedad económica de la Kolonitz que menciona Vigil era cierta, y quizás también por eso publicó rápidamente su libro, aprovechando el interés que en los europeos despertaba la aventura mexicana del joven Habsburgo. El libro se publicó en Austria en 1867 y se tradujo al italiano apenas un año después. Es de este idioma y no del original en alemán del que fue traducida al español la versión que se puede conseguir en México.
Con las reservas que merece una traducción de otra de traducción, se aprecia que la Kolonitz no era una buena escritora, aunque estaba acostumbrada a hacerlo por su origen aristocrático. Lo interesante de su prosa es la acidez con que critica todo, o casi todo, lo que ve durante el viaje.
La narración inicia el día 14 de abril de 1864, fecha en que la pareja imperial y su sequito compuesto por más de ochenta personas partieron rumbo a México desde el palacio de Miramar. La primera parada que hicieron los viajeros fue para visitar al Papa en Roma, en donde el mexicano Gutiérrez de Estrada, padre ideológico del Imperio y afincado en la Ciudad Eterna, casi se muere de la emoción cuando el Pontífice llegó a su casa para devolverle una visita a Maximiliano.
Durante el viaje la condesa dejó ver en ella algo muy típico en los europeos de su tiempo y que no era en absoluto cuestionado: su racismo. Pero sus comentarios racistas no parecen influenciados estrictamente por el color de la piel, sino por la creencia europea de que toda cultura de piel oscura era por fuerza una cultura subdesarrollada, indisciplinada, moralmente degradada, necesitada de hombres blancos para que la gobernaran.
A la Kolonitz le gustó México, sobre todo por sus bellezas naturales. Los mexicanos no le desagradaron del todo, aunque fue muy crítica con su poca disponibilidad para administrar adecuadamente el tiempo, algo que para ella, siendo de una cultura alemana, tenía una enorme importancia.
Las artes coloniales casi en su totalidad no fueron de su agrado. Los edificios y esculturas que vio le parecieron desproporcionados y por lo tanto carentes de estética. Era una mujer muy drástica en sus juicios, no se cuidó de buscar las expresiones más adecuadas para decir que algo no le gustaba.
Pues a grandes rasgos, éste es el libro de viajes de la condesa Paula Kolonitz, de su viaje a México. No es muy extenso, es bueno sin ser brillante, es, eso sí, demasiado interesante y, en suma, un libro que vale la pena leer.

martes, 9 de octubre de 2012

México bárbaro – John Kenneth Turner


Mucho se ha dicho que Porfirio Díaz fue un pésimo gobernante, que fundó una dictadura genocida en la cual se coronó como una especie de rey y se dedicó a dar las riquezas del país a los capitalistas mexicanos y extranjeros.
Lo cierto es que sobre Díaz bastante se ha mentido durante un largo siglo. El régimen posrevolucionario necesitaba dejar su imagen por los suelos para así poder justificar sus acciones. La dictadura de Díaz estuvo muy lejos de ser como la castrista. En esa época la economía del país creció como la espuma, los estados de la republica por fin reconocieron al gobierno federal, México fue un país al que incluso muchos extranjeros quería emigrar y, algo muy importante, la paz que consiguió Díaz fue tan admirable que durante su gobierno Chucho el Roto, el hombre más buscado de su época, se hizo famoso por ser simple y sencillamente un ladrón. Hoy en día para ser el más buscado por el gobierno federal hay que hacer mucho más que eso.
Durante el Porfiriato, México no fue sólo uno de los países más prósperos de América, sino del mundo. Las condiciones infrahumanas de las clases necesitadas y la inexistencia de derechos para los trabajadores no hacían del país una excepción. Así era en todos lados. En realidad cuando gobernó Díaz puede decirse que fue cuando México fue un mejor país. Probaron sus sucesores que un montón de leyes no hacen funcionar bien a una sociedad, sino las acciones bien llevadas a cabo. Si Porfirio hubiera sabido moverse a tiempo y de manera discreta, y mover a sus subordinados, México hoy sería una potencia mundial y él sería recordado como el mejor presidente de nuestra historia.
Pero es cierto que también hubo cosas muy negras durante el Porfiriato. Díaz quería progreso, dejó a los capitalistas hallar la manera de conseguirlo y él cerró los ojos. En la primera década del siglo XX el periodista norteamericano John Kenneth Turner hizo un recorrido por el país para estudiar lo que era un secreto a voces: la esclavitud. Sus descubrimientos le dieron para publicar un libro verdaderamente aterrador, titulado, con toda justicia, México bárbaro.
El periodista yanqui se hizo pasar por un inversionista sin intenciones de cuestionar la esclavitud y de esa manera los tiranos esclavistas a los que entrevistó le soltaron toda la información que buscaba. Durante el Porfiriato no era necesario ser delincuente para ser privado de la libertar y posteriormente obligado a trabajar como esclavo en condiciones tan inhumanas que garantizaban una pronta muerte, sólo bastaba con ser pobre o extranjero (chino) o indio (yaqui), para convertirse en mercancía que se podía transformar en mano de obra y ser conducido a Yucatán o a Valle Nacional (Oaxaca).
La tribu de los yaquis se convirtió en un blanco perfecto para los esclavistas. Los varones eran conocidos por su gran fuerza física y su resistencia a los grandes y prolongados esfuerzos, lo que los convertía en la mercancía ideal. Turner llegó a admirarlos mucho, incluso los comparó con la raza blanca, a la que él orgullosamente pertenecía. Los yaquis eran secuestrados en sus tierras, en Sonora, trasladaban familias completas a Yucatán; los varones se negaban a ser esclavos, pero a fuerza de hambre y golpizas inhumanas los convencían de que no tenían otra opción. Su destino después de aceptar su terrible realidad era levantarse de madrugada, comer una vez al día una porquería indigerible, ser sometidos a sesiones de latigazos a manera de estimulo y trabajar por unos meses hasta morir.
Para las mujeres había otro infierno, aunque diferente al de sus esposos. Eran entregadas a los esclavos chinos como parejas para que así éstos no estuvieran siempre pensando en hallar la manera de escaparse. Las que se negaban rotundamente a aceptar la imposición sólo tenían la muerte por hambre como segunda opción.
México bárbaro es un libro verdaderamente aterrador. Nos lleva a conocer los extremos a los que llegan los hombres por ambición, la falta de justicia donde el dinero no abunda, la destrucción de familias y de la integridad moral de personas que no habían hecho nada para merecerse tal desgracia. Leer este libro garantiza deprimirse y quizás también llorar. Es lo menos que puede hacerse ante una maldad tan despiadada, tan incomprensible y, desgraciadamente, tan mexicana.

lunes, 8 de octubre de 2012

El Segundo Imperio como fuente de literatura


Hoy en día los libros de aventuras pueden ser poco apreciados, y no se diga los de viajes. Pero cuando no había televisión ni Internet la cosa era bien distinta. La literatura de viajes era el único medio que tenían los europeos para conocer el mundo, sobre todo la parte subdesarrollada que veían con incredulidad y que tanto interés les provocaba.
Los viajeros con buena prosa solían escribir libros que se convertían en superventas. Los libros de viajes a Asia, África y América venían a ser para los editores tan rentables como hoy las novelas fantásticas. México por sus bellas naturales y sus peculiaridades étnicas siempre despertó el interés de los extranjeros.  Antes del Segundo Imperio sobre México ya habían escrito dos visitantes, el barón Humboldt y la marquesa Calderón de la Barca, pero cuando aquí fue fusilado un hermano del emperador de Austria y miembro de la ancestral familia Habsburgo, las musas se les fueron encima a bastantes personajes que poco o mucho tuvieron que ver en el suceso.
La primera persona en aprovechar la curiosidad de los europeos por el México de Maximiliano para publicar un libro de viajes fue la condesa Paula Kolonitz. Ella viajó a México junto con la pareja imperial, como dama de compañía de Carlota. Estuvo en el país alrededor de medio año y se fue mucho antes de que empezara el derrumbe. Escribió un libro breve, pero muy interesante, a pesar de que no presenció nada relevante con respecto al conflicto tan intenso que estaba viviendo el país.
Al regresar a Europa muchos soldados sintieron la necesidad económica y moral de publicar sus memorias. Es cierto que entonces las guerras eran muy frecuentes, pero estos soldados volvían a Europa después de haber combatido en un país muy lejano, lleno de rarezas naturales y raciales, y donde los expedicionarios europeos habían fracasado y dejado solo a un príncipe que había sido fusilado en el Cerro de las Campanas. Por tanto, la literatura que podían producir los soldados que volvían de México despertaba mucho más el interés que la de otros.
En Europa los diarios y memorias que fueros éxitos editoriales pertenecieron a personajes que estuvieron con Maximiliano hasta el final. Las ansias de la opinión publican por saber cómo había sido el colapso del emperador alentaron a los sobrevivientes a publicar  obras literarias con sus recuerdos, maquilladas adecuadamente para dejar claro que el emperador había muerto por culpa de todos, menos del autor del libro.
En México, para los autores mexicanos, el Imperio también les dio la oportunidad de escribir interesantes libros. Había pasado de todo. En el país hubo tal mezcla de nacionalidades, lenguas y culturas, y se suscitaron no pocos romances entre extranjeros y mexicanas, más algunos duelos por amor y por orgullo, que era imposible que no surgieran obras literarias nutridas de tan diverso e interesante material. Juan Antonio Mateos, en su novela El Cerro de las Campanas: memorias de un guerrillero (de la que ya hablé aquí), publicada un año después de la caída del Imperio, ya nos ofrece una aventura amorosa de Maximiliano disfrazado de un simple soldado austriaco. También Victoriano Salado Álvarez, en uno de sus Episodios nacionales, habla de un supuesto pleito en plena calle de dos jovencitas de buena familia por el príncipe Carl Khevenhüller.
Menos suerte que los escritores ya consagrados tuvieron los soldados que pelearon desde el 5 de mayo hasta la caída de Querétaro. Algunos sencillamente no sabían leer o sabían bien poco. Y si a eso le añadimos que los lectores mexicanos se inclinaban por las memorias del príncipe Felix zu Salm-Salm sólo porque era alemán y sin importar que su libro estuviera lleno de mentiras, vemos que era muy difícil o prácticamente imposible que los soldados pudieran tener la iniciativa o alguna motivación para dejarnos sus vivencias de forma imperecedera en un libro.
Pero es indudable que el Imperio marcó de alguna forma el nacimiento de la literatura en el México independiente. Las constantes revoluciones y guerras que vivió el país en su primer medio siglo fuera la tutela española impidieron en gran medida un pleno desarrollo literario. Es cierto que había escritores, que se traducían y se publicaban clásicos y algunas otras obras de relevancia, pero la vida literaria del país en el período de Santa Anna fue realmente modesta.
Si bien es cierto que el Segundo Imperio fue, a grandes rasgos, una revolución más, ésta llamó la atención de todo el mundo civilizado. Hizo de México el blanco de espectadores por todas partes incluso desde cuando apenas se especulaba que un príncipe europeo podía ocupar el “trono vacante”. Y debido al trágico final de Maximiliano, el Segundo Imperio terminó por convertirse en una fuente extraordinaria de literatura en México y en el extranjero sobre México. Y esa fuente aún no se ha agotado.

domingo, 7 de octubre de 2012

Ignacio Montes de Oca y Obregón, un poeta olvidado


Hay varias formas de que un escritor quede en el olvido. Que su obra no valga la pena es una de ellas. Que no haya recibido difusión en su tiempo es otra. Y que los partidos políticos, los gobiernos y las tendencias ideológicas de los poderosos se empeñen en borrarlo también es una. Los gobiernos suelen ser los peores enemigos de la literatura. Es cierto que la difunden, pero sólo la que ellos quieren y de quien ellos quieren.
Ignacio Montes de Oca y Obregón fue uno de los mejores poetas mexicanos del siglo XIX, pero también fue obispo, suficiente para que su obra poética fuera despreciada primero y olvidada  después, tanto que hoy sólo le se recuerda como a un teólogo ultraconservador, enemigo de la reforma y de la revolución, pero el hecho de que fue poeta, y de los buenos, nadie lo menciona.
Nació en Guanajuato, en 1840, como miembro de una acaudalada familia. Desde muy joven descubrió su vocación sacerdotal, entró incluso a un seminario en México, pero se decepcionó rápidamente de sus compañeros y del nivel académico de la institución. Estudió finalmente en Roma, donde conoció al papa Pío Nono. El Pontífice vio pronto su elevada inteligencia y aun siendo muy joven depositó en él su confianza.
El joven cura Montes de Oca estuvo presente en el palacio de Miramar el día que Maximiliano aceptó el tronó de México. Fue con el emperador a Roma y  allí éste quiso presentarlo al Papa, pero se llevó una gran sorpresa al descubrir que Pío Nono lo conocía y lo trataba con cierta familiaridad. En México fue capellán particular de Maximiliano por algún tiempo, el poco que hizo falta para que se fracturara la relación del Imperio con la Iglesia.
Con la caída del Segundo Imperio, la suerte de Montes de Oca no fue adversa, aunque quedó muy conmovido con el fusilamiento del emperador. Pero Pío Nono sabía que tenía en él a uno de los teólogos más brillantes de Latinoamérica y eso le aseguraba un buen futuro. En 1871, antes de cumplir 31 años, fue hecho obispo de Tamaulipas, en 1879 de Linares y en 1885 de San Luis Potosí, donde permanecería por muchos años.
Fue de los obispos que llegaron a un buen acuerdo con Porfirio Díaz. Las relaciones de la Iglesia con el Estado en ese período fueron bastante buenas. Nunca antes habían sido mejores. Díaz hizo como que no sabía qué decía respecto a la Iglesia la constitución de 1857 y los obispos en compensación jamás le alborotaron a sus rebaños. Pero llegó la revolución plagada de comunistas que no tenían buenas intenciones para con el clero y Montes de Oca se opuso a ella. Poco después tuvo que escapar del país para salvar la vida. Murió en Nueva York, en 1921, tras haber esperado años para que la revolución le permitiera volver a su país.
El régimen que se consolidó después del conflicto adoptó a la reforma y a Juárez como sus precursores, sin que los unieran las más mínimas afinidades ideológicas. Pero así Montes de Oca pasó a ser enemigo del Estado por partida doble y uno de los escritores malditos que tenían que ser olvidados para que triunfara la revolución. Y ese objetivo se cumplió. Muchos han oído hablar del obispo, pero casi nadie del poeta.
Ese obispo de aspecto severo y arrogante, al que nunca traicionó con su comportamiento en el ejercicio de sus funciones, vertió de manera notable sus críticas y su ideología en su obra poética. El fusilamiento de Maximiliano tuvo una gran repercusión en su obra. Consideró un acto brutal por parte de los mexicanos matar al príncipe que Dios les había mandado. Él creía entonces que los mexicanos no podían gobernarse a sí mismos, tanto que en uno de sus poemas se puede leer: ¡Desventurada raza mexicana! Mandar no sabe, obedecer no quiere…
Pero también fue un gran crítico del emperador. No le gustó nada la forma en que trató a la Iglesia, como se puede leer en otro de sus poemas: Y con sangriento velo sus errores cubrió el emperador Maximiliano.
Montes de Oca era un hombre sumamente inteligente, políglota y lleno de cultura, pero un teólogo de su tiempo, indispuesto para ceder nada de las facultades de la Iglesia Católica y para que el Estado les diera a otras religiones la posibilidad de existir. Esa postura casi medieval que tenía se refleja en su obra poética, pero no por eso la suya deja de ser una poesía brillante, que merece ser leída y valorada sin traumatismos ideológicos.

Lee otra reseña: El príncipe de la soledad