viernes, 12 de octubre de 2012

Tomás Mejía, el rostro de la lealtad


Cuando las tropas francesas y casi la totalidad de la legión austro-belga abandonaron México a principios de 1867, Maximiliano tenía a su mando a tres respetados, odiados y temidos generales del partido conservador: Leonardo Márquez, Miguel Miramón y Tomás Mejía.
Los dos primeros no veían a Maximiliano precisamente como una figura ante la cual agachar la cabeza. El emperador no compartía en absoluto los principios de su partido y ellos lo sabían muy bien. Si hicieron presión para que se quedara en el país fue porque lo conservadores necesitaban un símbolo que los mantuviera unidos, pero no lo querían para que diera las órdenes.
Márquez no estimaba en absoluto al emperador. Incluso no lo consideraba muy inteligente. Y fiel a su costumbre de fusilar a cuanto prisionero caía en sus manos, discrepó no pocas veces con Maximiliano porque éste era un hombre muy magnánimo. Cuando lo envió de Querétaro a la ciudad de México para recoger las tropas que allí estaban, Márquez desobedeció desde el principio las órdenes imperiales y actuó de acuerdo a su criterio. Pese a todo, ese viaje le salvó la vida. No estuvo, para desgracia de los juaristas que ansiaban fusilarlo, en Querétaro cuando esta ciudad cayó rendida.
Miramón por su parte no era ni siquiera imperialista. Aceptaba, por decisión de la mayoría de los miembros de su partido, y porque no tenía muchas opciones, que Maximiliano fuera la autoridad suprema. Trató incluso de complacerlo, pero en un principio no le fue sencillo ya que Márquez se dedicó a desprestigiarlo después de que perdió una batalla cerca de Zacatecas contra el general juarista Mariano Escobedo.
Al final de la guerra fue Miramón quien, de los dos, demostró ser más fiel al emperador, quizás porque era también más honorable y sobre todo más valiente, cualidades que ni siquiera sus enemigos negaron que tenía. Pero no fueron Miramón y Márquez precisamente ejemplos de lealtad, probablemente porque ambos se creían hechos para mandar.
Un caso muy diferente fue el del general Tomás Mejía, un indio otomí de raza pura, militar de carrera, bravo entre los bravos, magnánimo con los vencidos y el más leal soldado de Maximiliano desde que llegó a México. Cuando se conocieron, Mejía no pudo articular palabra alguna por la emoción y el emperador comprendió cuán leal le era aquel hombre. Precisamente por eso no lo exilió como sí hizo con Miramón y Márquez, de quienes se deshizo porque no quería tener nada que ver con ellos.
Mejía fue puesto a las órdenes del mariscal Bazaine y por su disciplina y valor llegó a ganarse incluso elogios de los franceses, renuentes siempre a reconocer los méritos de los militares mexicanos que luchaban junto con ellos. Aunque los franceses no eran en absoluto de su agrado, y sabiendo que por servir junto a ellos se pondría en duda su patriotismo, los toleraba porque anhelaba la consolidación del Imperio, único, a su juicio, capaz de llevar relaciones armoniosas con la iglesia católica, por la que tanta veneración sentía.
Aun siendo un fiel católico, no se quebrantó en él la lealtad que sentía por Maximiliano cuando  éste rompió con la iglesia. Pero tampoco recibió la misma consideración. Poco antes de que casi todos los imperialistas se atrincheraran en Querétaro, el emperador lo acusó de hacerse el enfermo para no combatir.
La realidad era que Mejía realmente estaba muy enfermo, y sus padecimientos se prolongarían hasta  que fue fusilado. Pero aun estando enfermo, durante el sitio de Querétaro dejó no pocas veces probado su valor. Era un general de caballería que no acostumbra ver los combates desde su trinchera, con lanza en mano llegó a batirse contra los juaristas.
En aquellos difíciles días fue cuando Maximiliano comprendió cuánto valía aquel bravo general y cuánta lealtad le profesaba a su persona. Poco antes de que los hicieran prisioneros, con apenas unos pocos soldados de caballería, Mejía, ya muy enfermo, le dio al emperador a elegir entre rendirse o hacer un suicida carga para romper el cerco. Pero el emperador, con unos nervios no aptos para tomar tales decisiones, se inclinó por la rendición.
Ya estando prisionero Mejía todavía tuvo la oportunidad de demostrarle al emperador una vez más su lealtad. Años atrás, en Ríoverde, San Luis Potosí, había hecho prisionero al general Mariano Escobedo, pero al ser un hombre sumamente religioso y libre de odios, le perdonó la vida, cosa rara en aquella guerra. Poco antes de que se celebrara la ejecución en el Cerro de las Campanas, Escobedo se presentó en la celda de Mejía para saldar la deuda de honor que tenía pendiente. Mejía le preguntó si también dejaría escapar a sus compañeros de infortunio, Maximiliano y Miramón, a lo que el general juarista respondió que no. Entonces el bravo otomí rechazó la oferta argumentando que no era capaz de abandonarlos.
Muchos han escrito que a diferencia de Miramón, Mejía llegó al Cerro de las Campanas cabizbajo, quizás atemorizado, pero en realidad sus padecimientos apenas le permitían mantenerse de pie. Incluso dos soldados tuvieron que llevarlo del brazo hasta el lugar donde sería fusilado. A pesar de que le dolía dejar a su hijo recién nacido huérfano, que se llamó Tomás Maximiliano, murió como todo un hombre y como un general digno, defendiendo sus convicciones, que era muy libre de tener.

3 comentarios:

  1. Tomás Mejía es un persona muy interesante, tristemente olvidado. ¿El libro así se llama, Tomás Mejía, el rostro de la lealtad? ¿Quién es el autor? Muchas gracias.

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  2. Busqué en la web el libro con el título de tu post, pero no lo encontré. ¿Cuentas con versión digital del ejemplar? La producción historiográfica del II imperio es interesa te, pero también lo sería leer más sobre el general Mejía.

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  3. El general Tomas Mejía "El indio fiel"

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