viernes, 17 de noviembre de 2017

General Porfirio Díaz, el héroe que México niega

En infinidad de charlas con amigos aficionados a la historia de México hemos concluido que Porfirio Díaz sería un héroe de magnitudes inigualables si su biografía hubiera terminado con su etapa como militar victorioso. Recordemos que Ignacio Zaragoza es quien es y tiene tantos monumentos en su honor porque como general victorioso y defensor de la patria murió joven. Es verdad que Zaragoza no se interesaba en política, que posiblemente de haber sobrevivido no hubiera caído en la tentación de empeñarse en ser presidente. Pero lo interesante es imaginar a Díaz muerto de cualquier enfermedad a los treinta y tantos años, cubierto de gloria como un soldado patriota y valiente, dispuesto siempre al sacrificio por los suyos. Sería, con toda seguridad, un héroe vanagloriado por los políticos y algún estado llevaría su nombre, junto con infinidad de municipios, escuelas, parques y avenidas.
Sus ambiciones políticas, sin embargo, lo llevaron a la presidencia, a eternizarse en ella y a gozar de un poder omnipotente, pero también a ser odiado y degradado tras la revolución. Sin duda eso fue lo que más le dolió. Era, como defensor de su pueblo, algo vanidoso y quería que los suyos lo recordaran como un buen mexicano, lo que dejó más que claro tras leer el texto de su renuncia. Los gobiernos postrevolucionarios, es decir el PRI, le echaron tierra a su trayectoria como militar valiente y patriota y lo catapultaron a los libros de historia como dictador asesino y enfermo de poder, estigma que le duró un siglo y que apenas, tímidamente, empieza a sacudirse.
Sin embargo, de Díaz se puede decir mucho sobre sus defectos, pero como otros lo han dicho ya de Santa Anna y quizás con poca credibilidad, de él sí se puede argumentar que por su patria peleó siempre, peleó bien y jamás contra ella. En la reciente novela de Adam J. Oderoll, Carlota y Maximiliano: la dinastía de los Habsburgo en México, el autor ofrece esa otra faceta de Díaz, la de héroe. En una historia alternativa en la que Juárez muere a media contienda y Maximiliano logra triunfar, Díaz es un icono de la resistencia republicana, y al ser derrotado por Miramón en una batalla decisiva, es pasado por las armas con el general Tomás Mejía de testigo.
Llama la atención un dialogo que tienen justo antes del fusilamiento: Díaz le pide a Mejía que sus restos sean llevados a Oaxaca, y cuando el general queretano se lo promete, se muestra satisfecho puesto que ahora tiene la seguridad de que sus restos no saldrán de México, como se suponía que harían los conservadores para que los republicanos no tuviera una tumba adonde ir a visitarlo. Al estar esperando la descarga final, Díaz dice que le habría dolido mucho ser sepultado en suelo ajeno, puesto que siempre había luchado por su patria y nunca contra ella. Y en la realidad, lejos de la ficción, ese dictador que también fue un valiente general y muy patriota, que ya octogenario en París llegó a decir que si Estados Unidos declaraba la guerra a México él volvería desde el exilio para pelear, está sepultado muy lejos de la patria que lo vio nacer. Quizás, si revisamos bien la historia, son muchos los políticos mexicanos quienes merecen más que Díaz ese destierro, algunos muy contemporáneos,  y que sin embargo descansas en su patria. 

domingo, 21 de mayo de 2017

José María Gutiérrez de Estrada, el diplomático de Dios

Mucho se ha escrito sobre el Imperio de Maximiliano en México, se le han dedicado ensayos y novelas desde el mismo epilogo de Querétaro. Apenas un año después del triple fusilamiento, Juan Antonio Mateos publicó su novela El Cerro de las Campanas, Memorias de un guerrillero, y hace apenas un par de semanas Adam J. Oderoll sacó a la luz Carlota y Maximiliano, la dinastía de los Habsburgo en México, una historia alternativa en la que el imperio logró sobrevivir a Juárez y en la que actualmente México continúa gobernado por los descendientes de la pareja que llegó de Europa. El imperio ha sido, y ya lo he dicho infinidad de veces, una fuente de literatura inagotable. La personalidad de Maximiliano, sus aspiraciones y sus verdaderas intenciones, se reedita cada generación de escritores, alegando siempre que todavía hay algo que contar.
Pero de entre tantos libros que se han escrito sobre el Segundo Imperio, la mayoría de los cuales he tratado de conseguir, no he hallado uno sólo sobre el padre ideológico, el hombre que fue crucial para que ese período de la historia de México existiera: José María Gutiérrez de Estrada.
El susodicho nació en el actual Campeche, antes parte de Yucatán, junto con el siglo diecinueve, en 1800. Quizás por nacer a acaballo entre dos siglos, siempre se le ha considerado un hombre anacrónico, con una mentalidad política desfasada de su tiempo, e incluso en el aspecto religioso se le ha tachado de medieval.
Siendo muy joven vio la independencia de México y aunque llegó a ocupar cargos importantes en el nuevo gobierno, los descalabros y la inestabilidad lo hicieron conversarse de que su patria sólo podría subsistir bajo el gobierno de una monarquía católica, encabezada por un príncipe europeo. Tras llegar a esa conclusión, que plasmó en una carta que lo llevó al exilio, echó candado a sus convicciones y las defendió toda su vida. Fue un fiel colaborador de Santa Anna, en tanto que amigo personal, pero no fue de los que se convencieron de que el general comediante fuera en realidad una opción de gobierno para México.
Ya exiliado en Europa, se la pasó de reino en reino buscando un buen príncipe católico que quisiera cruzar el Atlántico y encabezar una monarquía pegada a la frontera de los Estados Unidos. Gracias a su fortuna persona, que le permitía vivir sin trabajar, Gutiérrez hizo una amplia labor en la Europa postnapoleónica con la sola intención de  lograr que su patria tuviera una monarquía aceptada y apoyada por las del viejo continente.  Se entrevistó con personajes importantes, entre ellos el canciller de Austria, Clemente de Metternich, para conseguir consolidar sus propósitos.
Fue el destino quien después de mucho esfuerzo dedicado a su causa quizás más personal que patriótica, le acomodó las cosas para ver cumplido su sueño. Otro mexicano exiliado, José Manuel Hidalgo, Pepe para sus amigos y sin ningún parentesco con el cura de Dolores, logró convertirse en un gran amigo de la condesa de Montijo, María Manuela Kirkpatrick, y de su hija, la hermosa Eugenia. Estas dos se traían entre manos darle vuelta a Europa para conseguir el mejor marido posible para Eugenia. Y lo consiguieron. El pichón resultó ser el emperador de Francia, Napoleón III. Cuando su amiga se convirtió en emperatriz, Pepe Hidalgo, se las arregló para meterse en la corte y proponerles el proyecto de un imperio en México. Fue él quien logró traer a Maximiliano, pero indudablemente Hidalgo sólo cristalizó una idea a la que Gutiérrez de Estrada le había dedicado tiempo y esfuerzo durante décadas.
Algunos aseguran que sin Hidalgo, Gutiérrez no habría logrado absolutamente nada. Y tienen toda la razón. Hidalgo era un tipo joven y bastante guapo, galanura que al parecer disfrutaba presumir, en tanto que Gutiérrez era un viejo que desagradaba por su catolicismo anacrónico. Pero gracias a su esfuerzo de décadas para lograr la monarquía mexicana, tanto sus allegados como el propio Maximiliano lo consideraron el padre del Segundo Imperio, tratamiento por el cual, según parece, Hidalgo llegó a sentirse celoso.
Con el colapso de Querétaro, Gutiérrez no duró mucho.  Podría decirse que se fue a la tumba junto con su emperador. Hidalgo, que en ese entonces era joven, logró sobrevivir en el exilio, sufriendo a la distancia el desprecio de sus compatriotas y probando, el otrora embajador de Maximiliano ante Napoleón III, todos los sabores de la pobreza.
Los historiadores mexicanos se inclinaron por olvidarnos. Podríamos decir que el olvido fue su castigo. He buscado en infinidad de librerías, bazares e Internet, algunas biografías sobre ellos, libros dedicados exclusivamente a sus vidas, no meras menciones de medio capítulo, pero no he tenido éxito. Quizás, sencillamente, porque no las hay. 

jueves, 18 de mayo de 2017

Ni López Obrador, ni Peña, ni Calderón, un Bonaparte gobierna México

Napoleón Eugenio de Francia, destinado a
ser el emperador Napoleón IV, pero
tuvo que emigrar a Inglaterra a causa de la
derrota en la guerra franco-prusiana.
Anoche leí las primeras páginas de la novela, Carlota y Maximiliano: La dinastía de los Habsburgo en México, de Adam J. Oderoll, y para ello tuve que dejar a un lado Miramón: el hombre, de José Fuentes Mares, libro con el que llevo casi tres semanas y que no he podido terminar por exceso de trabajo.
Como ya mencioné en la entrada anterior, la novela de Oderoll es una historia ucrónica, en la cual el Imperio sí logró consolidarse, debido a una temprana muerte de Juárez, hacia 1866 (Juárez en realidad murió en 1872). Así las cosas, a México en esta historia alternativa aún lo gobiernan como emperadores los descendientes directos de Maximiliano y Carlota, sí, directos. (Y no me pregunten cómo es que ellos lograron tener descendencia).
Pues bien, los Habsburgo, en agradecimiento a aquellos que los ayudaron a consolidar su gobierno, llevan a sus herederos como miembros de su gabinete, de generación en generación. En lo poco que he leído de la novela, como hombres fuertes del actual emperador de México se menciona a los Miramón, a los Mejía, a los Khevenhüller, a los Iturbide, a los Bazaine, entre otros apellidos que lucharon del lado del imperio.
Me hizo gracia algo mientras leía, que fue lo que me llevó a escribir esta entrada. En la novela el emperador tiene como jefe de todos sus ministros a un Canciller del imperio, que al parecer guarda las funciones que debiera de tener un presidente, aunque sujetas siempre a la voluntad del emperador. Y el canciller actual, según se ve, lleva varios años en su cargo, el tiempo en el que en la historia real han gobernado Calderón y Peña (y López Obrador como presidente legítimo).
También se menciona que tras la guerra franco-prusiana, aquella que le costó el imperio a Napoleón III, éste y su familia no emigraron a Inglaterra, como efectivamente ocurrió (y donde su hijo se enroló en el ejército y murió luego peleando por él en África). En esta historia alternativa, Napoleón y Eugenia, tras perder su trono, al parecer aceptaron la hospitalidad del ya para entonces consolidado en su gobierno Maximiliano I de México. Así las cosas, el hijo no murió soltero a los veintitrés años en África, sino que vivió en México y tuvo descendencia.
Y esa descendencia se integró con el tiempo al gabinete imperial de los emperadores Habsburgo, quizás como militares y como ministros (todavía no llego a esa parte), pero la cuestión es que el actual canciller del imperio, que lleva unas funciones muy similares a las de un presidente, es un Bonaparte, Luis Bonaparte, para más señas.

sábado, 13 de mayo de 2017

Carlota y Maximiliano: la dinastía de los Habsburgo en México

Llevo un año sin entrar a este blog, al que, pese a que no se nota, mucha estima le tengo. Pero no deja de ser un espacio de ocio y para tal cosa no siempre tengo el tiempo que quisiera. En fin, pues espero pronto poder retomarlo con más seriedad y tiempo que antes, o al menos en la misma cantidad.
Decidí hacer esta entrada porque recientemente tuve una charla con el escritor Adam J. Oderoll, de quien estimo sus conocimientos sobre el Segundo Imperio Mexicano y en general casi todo lo que escribe. De hecho, varios de sus libros los he leído y los he mencionado en este espacio. En la charla que tuvimos hace apenas un par de días, me habló de su nueva novela, de la que todavía no leo ni un párrafo pero la cual me pareció demasiado interesante: nada más y nada menos que una historia alternativa de México, partiendo desde el Segundo Imperio.
Como aún no la leo, tan sólo les dejo la sinopsis que acompaña al libro, la cual invita a leerlo casi de inmediato. Por mi parte, si no tuviera tanto trabajo, ya lo estaría haciendo. Pero lo prometí al autor tratar de hacerlo cuanto antes y reseñarla en este espacio.
Sin más por el momento, les dejo la sinopsis mencionada y un vínculo a donde se puede comprar el libro.

Esta novela ucrónica explora la historia de México hasta el presente en caso de que el Segundo Imperio se hubiera consolidado. El punto de partida que lo cambia todo es una anticipada muerte de Juárez. En esta historia el presidente no murió en 1872, sino seis años antes. Así las cosas, Carlota y Maximiliano tuvieron la posibilidad de consolidar su gobierno y fundar el imperio de los Habsburgo en México.
Son muchas las preguntas que surgen en tales circunstancias: ¿cómo resolvieron el problema de la sucesión?, ¿cuántos emperadores ha tenido México hasta el año 2017?, ¿qué pasó entonces con el juarismo y con hombres cruciales en la historia real como Porfirio Díaz o Miramón?, ¿quiénes son  los héroes y quienes son los traidores?, ¿hubo una revolución mexicana o logró evitarse?, ¿cuál fue la actitud de México ante las dos guerras mundiales?, ¿quién gobierna actualmente el país?, ¿es pobre y corrupto o una potencia mundial?, ¿cómo han tratado los emperadores Habsburgo a los presidentes de los Estados Unidos?, ¿son amigos o enemigos?, ¿cómo reaccionó el actual emperador ante la actitud de Donald Trump?
Cuando pensamos en la historia real del mundo, algunas veces recapacitamos en que un suceso insignificante que tuvo muchas posibilidades de ocurrir lo habría cambiado todo a gran escala. Imaginar que Hitler, un combatiente en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial, hubiera recibido una bala en la frente -a lo que estuvo expuesto muchas veces-, evitando así la mayor masacre en la historia de la humanidad, nos concede la oportunidad para imaginar infinidad de historias alternativas en todo el mundo. Ésta es la de México, e inicia con el Segundo Imperio.  

domingo, 13 de marzo de 2016

El Juarismo como símbolo

Cualquier mexicano adulto que haga un poco de memoria y recuerde sus días de primaria y secundaria sin duda recordará que el propósito del plan de estudios en la asignatura de Historia de México consistía básicamente en meter a Juárez en la mente del niño como un símbolo nacional impoluto e inalterable, un ejemplo, un caudillo al que la patria tenía mucho que agradecer y cuyos principios el régimen actual practicaba religiosamente.
Esto no se debía a que el PRI anterior a Fox fuera realmente un continuador de Juárez y sus ideas. El PRI fue una dictadura que cambió de derecha a izquierda conforme los vaivenes de la política internacional lo arrastraban. Su continuidad liberal hacia Juárez y el juarismo nunca existió.
Pero Juárez se hizo secuestrable como símbolo para políticos descarados que quisieran lucrar con su imagen. Un indio del origen más humilde que no tenía ni el español por su lengua materna, idolatra de la ley, riguroso con el gasto público, con una voluntad de hierro, enfundado siempre en una imagen de juez recto, de patriarca sabio que perdura hasta nuestros días, es el símbolo ideal para los pueblos que añoran buenos políticos.
Juárez tuvo defectos, como todo hombre, pero en las turbulentas épocas en que le tocó acompañar a su país en un cargo importante no flaqueó; sí que cometió errores, no perdonó a sus enemigos y algunas veces ni a sus amigos. Pero fue un gran presidente que llegó tan lejos como a arriesgarse a ser considerado un traidor en aras de un país mejor, con leyes que permitieran una noble convivencia entre los mexicanos y un comercio sano.
Pero un hombre así no es imitable para la clase política, la clase política necesita dinero, inmunidad y privilegios, no sacrificarse. Juárez no fue abordado por el PRI con la intención de portarse a su imagen y semejanza. Sólo se apropiaron del símbolo. El buen uso de los símbolos del pasado muchas veces ayuda a que un pueblo no note la corrupción del presente. Ésa fue la función de Juárez con el PRI.

miércoles, 9 de marzo de 2016

El amigo del sicario – Adam J. Oderoll

Las más grandes novelas de Rusia y quizás de Europa fueron escritas en el siglo XIX por un puñado de grandes escritores que no hicieron más que retratar a su época y a su país, esa Rusia Zarista que practicó la esclavitud mucho después de que las monarquías absolutistas se habían desmoronado en todo el continente.
Hay quien dice que sólo así nacen las grandes novelas y en general las grandes obras de arte, las que describen la realidad tal cual es y en su momento, no medio siglo después cuando ya no levantan polvo. Pues bien, hoy, después de una larga ausencia, quiero hablar de El amigo del sicario, una novela mexicana que describe a México tal cual es justo ahora.
La novela nos lleva a conocer la historia de Sebastián, un niño educado en un pueblo por su abuela, de quien aprende el valor de la amistad con  principios épicos, de otros tiempos, cuando un amigo no era alguien a quien practicarle bullying sino alguien por quien se daba la vida. Pero Sebastián, por más que lo desea, no tiene ningún amigo, no va a la escuela y no convive con nadie. Al morir su abuela es enviado a la ciudad con sus padres, quienes no le hacen mucho caso.
El niño pasa el día en las calles, caminando, con hambre, en busca de un amigo al cual tratar como le enseñó su anciana abuela, con respeto, con honor, aceptándolo tal cual es, sin reparar en sus defectos. Un buen día ese amigo aparece con el nombre de Karonte, el mejor sicario de México, el más infalible y letal, una leyenda que causa miedo a su paso. Pero el Karonte no quiere amigos, no sabe incluso qué es a grandes rasgos la amistad. No obstante, se sorprende al ver que el niño no le tiene miedo, que le ofrece su amistad sabiendo cuál es su oficio.
Consumada la amistad, cada cual hace lo mejor para agradar a su amigo. El niño es todo un caballerito medieval, en su presencia nadie puede ofender a su matón amigo sin irritarlo. El sicario se convierte en un recipiente que absorbe todos los valores que el niño destila, todas sus máximas, y más que todas una: un hombre nunca perdona al que lastima a su amigo.
Pronto una ciudad atestada de criminales, y de policías y políticos corrompidos hasta la medula, cae en un reinado del terror porque el Karonte, el mejor sicario de todos, deambula en su camioneta Ford clásica dispuesto a dar la vida pero primero a matar a cuantos haga falta sólo por una poderosa razón, salvar a un amigo.
Una novela que nos lleva al violento México actual, con todo, absolutamente todo, lo que eso implica. Pero también una obra que nos lleva a conocer el valor de la amistad, ese que quizás sí ya no es actual, sino que se quedó perdida en otros tiempos.

jueves, 19 de marzo de 2015

El arte gótico en México

Uno de los estilos artísticos del pasado más hermosos, más enigmáticos e intimidantes sin duda es el gótico. Se trató de la consolidación, y evolución, del arte románico, toda vez que éste había sido más que una búsqueda de belleza un rompimiento con el arte clásico pagano del gran imperio que había sido Roma.
El gótico no llegó a México en su presentación arquitectónica.  Cuando Cortés invadió y conquistó el país Europa estaba disfrutando de los avances del renacimiento, por lo que ningún edificio con sus rosetones y su pináculo alargado se edificó no sólo en nuestro país sino en cualquier otra parte del continente.
Pero con la escultura hubo mejor suerte. Infinidad de templos del siglo XVI en varias partes del país están engalanados con obras góticas. La justificación de este anacronismo es fácilmente explicable. Los frailes evangelizadores, además de que no eran artistas, tenían por misión no innovar en las artes sino arrimar a los indios al cristianismo. Querían que éstos se empaparan del arte cristiano, y daba igual que fuera románico, gótico o renacentista, este último el contemporáneo por entonces.
Al haber en la escultura mucha más libertad que la arquitectura por sus dimensiones, costos, usos y responsabilidades, no fue difícil que bastantes estaturas religiosas fueran producidas en arte gótico, a partir de dibujos traídos del viejo continente.
La arquitectura tuvo que esperar varios siglos para imponer su belleza en el país. Pero ya no como gótica sino como neo. En el período romántico de las artes el estilo fue nuevamente adoptado en Europa y, como entonces las modas cruzaban el atlántico al igual que ahora, pronto empezó a germinar en América el gusto por la arquitectura neogótica.
Pero en México se edificó más bien poca. Algunas ciudades sólo cuentan con un ejemplar y otras con ninguno. El Santuario Guadalupano de Zamora quizás sea la obra más costosa que se hizo en el país en este estilo. ¿Por qué no se inundó México de neogótico pese a su gran belleza? Porque el gusto de la sociedad porfirista obedecía ciegamente al estilo neoclásico como parte de su característico afrancesamiento.
Quizás pudo haber evolucionado con los años hasta llegar un momento en que el neogótico superara por fin al neoclásico y hoy tendríamos muchas de esas hermosas, esbeltas y misteriosas iglesias, pero llegó la revolución y con ella en México, al igual que en Europa con la Gran Guerra, cambió todo en cuanto al arte se refiere. Una pena.

viernes, 13 de marzo de 2015

200 años de poesía mexicana

Este libro es una recopilación de poesías mexicanas a lo largo de dos siglos. Están los mejores. Y otros de relleno. Se trata de una edición conmemorativa que surgió con motivo del bicentenario de la independencia y del centenario de esa matanza por intereses políticos y egoístas que muchos torpemente, y por ignorancia o conveniencia, conocen como una revolución por los derechos de las clases más menesterosas. Nada más lejos de la triste realidad.
Pese a que es un libro que podríamos llamar de colección, no es tapa dura, mas por el contenido bien vale la pena hacerse de él. No sólo están los poetas consumados, sino otros escritores que débilmente se dedicaron a la poesía. Encontramos poemas de Andrés Quintana Roo y Fernando del Paso. Falta Álvaro Obregón con sus Fuegos fatuos, un poema tan extraordinario que merece ser difundido aunque lo haya escrito un matón venido a presidente con delirios de faraón. La poesía no se juzga por quién la escribe ni para quién. Es una breve reseña en clave de la evolución de la vida, de sus miserias y sus tristezas, de sus recuerdos más dolorosos que a veces, algunas pocas, se convierten el bellisímos poemas.
En fin, un libro ideal para quien quiera reunir en poco espacio a casi todos los poetas que han nacido y escrito desde poco antes que México fuera un país independiente.

miércoles, 11 de marzo de 2015

La ruta de la libertad – Fernando Benítez

De Fernando Benítez ya he hablado anteriormente. Reseñé si impagable novela El rey viejo, una de las mejores novelas mexicanas del siglo pasado y quizás la mejor de las que tienen a la revolución mexicana como marco.
El autor dio vuelo a su prosa con la historia de México. Se ocupó de personajes y períodos desde la conquista hasta la revolución, lo que le dio el honor de ser uno de los más refutados hombres de letras de su tiempo, y de su carrera como escritor, que no fue para nada corta.
En La ruta de la libertad se ocupada nada menos que de Hidalgo. El libro es de mediados del siglo pasado, época en la que todavía el cura era por decreto el padre de la patria, un genio militar y político de manera indiscutible. Recordemos que como el propio pueblo de México fusiló a sus dos consumadores de la Independencia, Iturbide y Guerrero, sobre Hidalgo recayeron todos los títulos y honores dado que él fue fusilado mientras luchaba por la libertad de su país, por más que el propio cura haya dejado claro que su guerra era una rebeldía contra el rey usurpador de España, José Bonaparte.
El libro no es muy extenso, de hecho narra solo la ruta que siguió Hidalgo hasta que fue derrotado, capturado y pasado por las armas. Benítez evita en todo momento glorificar al cura, pero sí es muy respetuoso y muestra una gran admiración por el personaje.
En la última página deja claro que México es libre gracias a “ese pequeño anciano que cayó bañado en sangre en Chihuahua”, en un desierto, mal sitio para morir tratándose de un hombre que toda su vida había radicado en lugares con eterna primavera.

martes, 10 de marzo de 2015

Adios, Mona Lisa –Roberto Zapperi

El título de este libro surge partiendo del hecho que pretende probar que la mujer que prestó al rostro a Da Vinci para el retrato más famoso del mundo no es Lisa Gherardini, la esposa del mercader Francesco Giocondo. El autor atribuye este error que ha perdurado por medio milenio a la necesidad de los historiadores del arte de creer a  Giorgio Vasari cuando escribió en su libro Vidas de artistas que el rey de Francia poseía un cuadro pintado por Leonardo Da Vinci, cuya retratada era Lisa Gherardini.
Vasari escribió su libro muchos años después de la muerte de Leonardo y, según Zapperi, no contaba con información sólida para hacer tal afirmación. El autor toma desde el principio otra línea de investigación: las memorias de un viaje de un clérigo llamado Antonio de Beatis, secretario del rico y aristocrático cardenal Luis de Aragón.
Según de Beatis, su señor se entrevistó con Da Vinci en Francia, y éste le mostró el cuadro de la Mona Lisa y le dijo que se lo había encargado su fallecido mecenas, Juliano II de Médicis. Así las cosas, este vástago de la más famosa familia del renacimiento italiano no tenía por qué encargar el retrato de la esposa de un mercader, un tal Giocondo, al no conocer a ninguno de los dos.
Zapperi deja a un lado a esta familia enriquecida a medias por el comercio y se sumerge en la biografía de Juliano II de Médicis para averiguar quién pudo ser la mujer que tanto influyó en su vida como para que le encargara su retrato al más famoso maestro de la época. El autor se decanta por esta línea de investigación argumentando que si Da Vinci mismo confesó quién le había encargado esa pintura, ¿por qué creer a un tal Vasari, quien ni siquiera fue contemporáneo suyo?
La tarea de Zapeeri no fue sencilla, no porque Juliano fue un calenturiento, adicto a las mujeres y a la buena vida. Despreció las funciones de gobierno propias de su estirpe y se preocupó siempre por ir en busca del placer. Así que, ¿quién de todas sus amantes,  o de sus posibles amantes, podría ser la retratada en el cuadro que le encargó a Da Vinci?
A falta de documentación -como no sabía que la pintura sería después la más famosa del mundo, Da Vinci no dejó nada escrito sobre ella-, Zapperi se guía por tenues pistas en las que desde luego es muy sencillo perderse. Pero no le importa. Al concluir su libro, cree que ha aportado las pruebas necesarias para decir: Adiós, Mona (señora) Lisa (Lisa Gherardini), dando a entender que hay que despedirla porque ella no es la retratada en el cuadro que está en el Museo del Louvre.

lunes, 2 de marzo de 2015

Maximiliano prisionero de Miramar –Edmundo Domínguez Aragonés

Esta novela parte de la idea de que el emperador Maximiliano escapó -aunque en realidad no, pero abundar sería revelar el final- de Querétaro y pudo regresar a Trieste, a su amado castillo de Miramar, donde tuvo que vivir como prisionero, haciendo honor a su calidad de muerto.
Estamos en abril de 1912 -han pasado dos días del hundimiento del Titanic- contemplando a un Maximiliano ya envejecido, y contento de no haber sido invitado a navegar en el barco siniestrado, rodeado de sus piezas históricas que ha reunido en Miramar, entre ellas a la señora de Miramón, el príncipe Carl Khevenhüller, el doctor Samuel Basch, su cocinero Tüdös, Carlota y él, como la pieza más valorada dentro del museo.
A esta reunión eterna de ancianos enclaustrados en el imponente castillo se unen una reportera norteamericana y el hijo del emperador con la “india bonita”, aunque aquí no se llama Julián Sedano. La reportera ha acudido al castillo con la intención de que el emperador le revele cómo escapo.
Maximiliano, ya viejo y adicto al brandy, con su afición al arte intacta, cuenta su historia a la vez que recorre algunos pasajes de su vida, de la vida de miembros de su familia y las desgracias y sinsabores de ésta. Al final de la narración el lector se queda con la certeza de que el emperador sí fue fusilado para consolidación de la república y para no poner en duda la mano durísima de Juárez, pero también puede contemplar conmovido a ese viejo que habita Miramar, con aspecto fantasmagórico pero que es de carne y hueso -dentro de la novela, claro está-, con capacidad para resistir el brandy y buen conversador.
La novela en su gran mayoría tiende a la comicidad con más o menos éxito. Como ejemplo, podemos ver a un joven pintor Adolf Hitler que ha acudido a Miramar para que Maximiliano le pague unas acuarelas que le envió, pero también con la intención de obtener empleo embelleciendo el palacio. El futuro dictador se marcha furioso porque el pago por sus acuarelas no fue el que esperaba.
He disfrutado leyendo esta novela. Es buena sin llegar a tanto, muy original y algo divertida, no aburre, aunque abundan los errores que no fueron corregidos antes de mandarla a imprenta. Insisto en lo dicho en otras entradas: el Segundo Imperio mexicano es una fuente inagotable de literatura, buena, mala y regular.

viernes, 27 de febrero de 2015

El arte prehispánico como símbolo de México

Recuerdo que cuando era niño me llamaban la atención las figuras del arte prehispánico que figuraban en algunos billetes y monedas. Con el paso del tiempo, al transcurrir mi niñez, me fui dando cuenta de que piezas como  la Piedra del Sol, cabezas olmecas, pirámides o los chac mool, entre otras, eran símbolos de México profundamente arraigados, parte de la identidad cultural del país, pero ¿ha sido así siempre?
La historia nos dice que no. La Nueva España fue fundada sobre la degradación del arte de las antiguas culturas por pagano y por contradecir a los cánones estéticos europeos. Apenas unos años antes de que iniciara la guerra de independencia, fueron descubiertas la Piedra del Sol y la Coatlicue en unas excavaciones en la Ciudad de México. Esta última fue vuelta a enterrar porque causó horror a quienes la vieron.
Los fundadores del México independiente tampoco hicieron mucho caso a lo que habían producido los antiguos mexicanos. Lucas Alamán logró la creación de un museo donde las piezas estaban aventadas al ahí se va como en una especie de basurero. Llamaba mucho la atención que los extranjeros les dedicaran tanta atención y estudio a esas piezas tan “feas”, grotescas, símbolos de barbarie.
Maximiliano fue sin duda el primer gobernante mexicano en interesarse tanto por el arte antiguo como por los indios vivos. Era un hombre acostumbrado, gracias a sus muchos viajes, a las diferentes bellezas del arte. El ejército francés también llegó con una expedición científica como otrora lo hiciera Napoleón I en Egipto, con el fin de hacer investigaciones sobre sobre ese exótico patrimonio de los mexicanos. Pero a éstos, los dueños de esas reliquias, en su mayoría les daba igual si se las llevaban o las volvían a enterrar.
Mas, extrañamente, con la muerte de Maximiliano y la partida de ejército francés el arte prehispánico no volvió a quedar en el olvido. Sin duda fue afectado por el cambio que se dio en la sociedad. México había obtenido su segunda independencia y ése fue un buen pretexto para formar una nueva identidad cultural en la que el pasado se unía al presente: empezaron a surgir arqueólogos mexicanos interesados en explorar lo que todavía era un mudo desconocido, había pirámides enterradas, ciudades perdidas en las selvas y casi todas las cabezas olmecas faltaban por desenterrar.
Poco a poco el arte prehispánico empezó a donar iconos y más aún símbolos al pueblo mexicano, tanto hasta llegar a un época en la que tales monumentos tienen casi un carácter sacro donde son de todos pero nadie puede tocarlos más que un Estado celoso con la intención preservar una manera caduca de fomentar un nacionalismo innecesario.