viernes, 24 de enero de 2014

La arquitectura de los poderosos: de los antiguos griegos a los narcos y las estrellas de hoy, pasando por Napoleón y Hitler

Los hombres no cambian mucho a través de los siglos. Cambian las costumbres, los hábitos y casi todas las modas, pero hay algo que une a los hombres de todos los tiempos: su amor por el poder. Y eso deriva en otra característica: el estilo arquitectónico que los poderosos han elegido durante veinticinco siglos para construirse monumento a la gloria de sí mismos. A los malos y a los que pasaron a la historia con fama de buenos, a dictadores, demócratas, comunistas, derechistas, socialistas, moderados, jefes de El Vaticano, empresarios, narcos, artistas y otro tatos los une un gusto por el mismo modelo formal de edificio.
Los griegos hicieron un diseño que complementaron después los romanos, hace más de dos milenios, y después le gustó mucho a Hitler, pero antes le había encantado a Napoleón y a los Padres Fundadores de los Estados Unidos, en tanto que hoy es el favorito de los narcos.
En el libro La arquitectura de los poderosos se hace una amena reseña de la historia de la arquitectura clásica, la cual ha muerto y renacido a lo largo de veinticinco siglos y siempre con un fin inconfundible: el que su estilo sirva para hacer monumentos a los poderosos.
El libro se puede comprar en Amazon para leerse en una tableta, a tan sólo 13 pesos.

martes, 31 de diciembre de 2013

Maximiliano, Paseo de la Reforma y Los Pinos

Cuando Maximiliano llegó a México pareció ser un arquitecto integro contratado por el gobierno para rediseñar la arquitectura, el urbanismo y el paisajismo de la capital mexicana. No se puede olvidar que el emperador era un vienés, y Viena es quizás la capital más bella del mundo, donde mejor se integran la arquitectura, la escultura y el paisaje. Y, por lo tanto, es lógico que la capital de su imperio no le haya gustado en cuanto la vio. Lo que sí hizo fue mentir a su hermano para que no se dijera en Europa que vivía en una pocilga, describió alteradamente la arquitectura de la Ciudad de México, proceso que siguió con muchas más cosas.
Es evidente que sus prejuicios de aristócrata pesaron mucho en Maximiliano cuando llegó a México. Se preocupó demasiado por el lujo cuando había cosas mucho más apremiantes. El monarca llegó acompañado de su arquitecto y su paisajista, a quienes inmediatamente envió al castillo de Chapultepec para que lo hicieran habitable. Palacio Nacional evidentemente no le gustó, pero se cuidó se resaltar sus características de obra gigantesca y venerable. En cuanto al castillo de Chapultepec, al parecer le agradó más. Aunque es obvio que exageró en su belleza. En una carta a su hermano Carlos Luis le dijo:

Chapultepec, el Schönbrunn de México, un encantador palacio de placer sobre una roca de basalto rodeado por los gigantescos y famosos árboles de Moctezuma.

Del castillo al emperador no le agradó lo que vio en él, si no el paisaje que vio desde él. Es cierto que visto hoy se trata del edificio indudablemente más bello de la época colonial, hay un juego de volúmenes, una total ausencia de monotonía y una perfecta integración de todos los elementos con los jardines. Pero eso se lo debe en parte al propio Maximiliano. A su llegada, se halló con un edificio en el olvido, deteriorado y rodeado por un bosque totalmente salvaje.
La condesa Paula Kolonitz, quien llegó como dama de compañía de Carlota, describió de forma un tanto dura la arquitectura capitalina. Avalada por su educación aristocrática y su vida vienesa, hizo énfasis en la falta de proporciones, la incorrecta disposición de las áreas y lo “pequeño” de algunos elementos indispensables. Con Palacio Nacional fue mucho más agresiva, desde su punto de vista, el emperador podía demoler sin escrúpulos cuanto hiciera falta de ese edificio carente por completo de belleza.
Lo que hizo Maximiliano fue darse prisa para transformar sus palacios en verdaderas obras de arte para que la noticia llegara pronto a Europa. Como le gustó más Chapultepec, se esforzó más por embellecer este edificio. Los arquitectos, jardineros y escultores trabajaron a marchas forzadas para transformarlo prácticamente en el palacio que es hoy en día. El costo fue exorbitante y alarmó a los franceses, debido a que no podían creer que el emperador gastara tanto en lujo cuando el dinero hacía falta para pacificar el país.
Maximiliano también planeó el Paseo de la Reforma, en su tiempo Paseo de la Emperatriz, pero apenas pudo ver parte del trazo de la amplia avenida. Su intención era hacerlo precisamente como lo que es hoy, una artería llena de paisajismo, esculturas y edificios importantes. Puede decirse que los gobiernos posteriores cumplieron sus deseos, aunque quién sabe si el diseño que él ya no vio le habría gustado.
Es notorio el hecho de que la residencia oficial del presidente de México está donde está por influencia exclusiva de Maximiliano, el gobernante ilegitimo que la historia oficial enseña a odiar. Al convertir él a Chapultepec en su residencia, lo transformó por completo. Al morir él, los presidentes mexicanos no vieron mal la idea de vivir en las alturas del bosque, en un bellísimo palacio único en el continente. Posteriormente, Lázaro Cárdenas, despreciando el lujo heredado por el Habsburgo, mudó la residencia presidencial a otro sitio, pero dentro del mismo bosque de Chapultepec.
Maximiliano evidentemente no tenía el carácter necesario para ser gobernante y menos de un pueblo en guerra, pero como arquitecto fue brillante. El Paseo de la Reforma y el Castillo de Chapultepec son dos muestras de ello, y casi las únicas que alcanzó a hacer. El hombre estaba invadido por un faraonísmo que hace pensar que si hubiera gobernando en paz y con dinero habría construido obras monumentales y estéticamente muy bien valoradas.
Es una lástima que los presidentes mexicano se contagien tan fácilmente de esa característica suya, y cuando debieran de entender que están donde están para proveernos de justicia y seguridad, gastan 1,300 millones de pesos en un focote de más de cien metros de altura que para colmo quizás consume más electricidad que una ciudad entera.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Pedro Páramo – Juan Rulfo

Pedro Páramo es algo así como los Cien años de soledad mexicanos, incluso, también es una obra que destella realismo mágico por todas las páginas y, por si eso fuera poco, uno de los libros favoritos del propio Gabriel García Márquez.
Hace tiempo que quería leer esta novela, mas la guardaba como quien guarda una botella del mejor coñac para un momento especial. Conocía a Rulfo por El llano en llamas y suponía que con esta novelita suya pasaría extraordinarios momentos. Me duró apenas unas horas, la empecé a leer con las expectativas muy altas y sus primeras páginas me supieron deliciosas.
Pero ya más adentrada la novela, la cosa cambió. Por momentos empezó a no gustarme, que no a aburrirme, pero al final, debo decir que Pedro Páramo, la obra maestra y también cumbre de la literatura mexicana del siglo XX, no me gustó tanto como esperaba, ni siquiera la mitad. Aunque sí me gustó mil veces más que la otra supuesta gran novela mexicana del pasado siglo, Noticias del imperio, que la grandeza sólo la tiene en sus varios centenares de páginas.
Aclaro que el hecho de que Pedro Páramo no me haya gustado no se debe a que me parezca que es una mala novela. Nada de eso. Reconozco y firmo ante notario su grandeza. Algunas partes me dejaron alucinado, pero en conjunto, la verdad no me dejó tan buen sabor de boca. Quizás en parte se debió a lo mucho que me esperaba de la novela.
Ya entrando a la historia, tenemos ese magistral inicio con Juan Preciado rumbo a Comala en busca de su padre, Pedro Páramo. Preciado no lo sabe, pero se está metiendo en un pueblo lleno de fantasmas que pronto van a reclamarlo para que forme parte de los suyos. En realidad, esas primeras páginas, con un hombre normal que sólo quiere exigir a su padre lo que le corresponde, metido de buenas a primeras en charlas tétricas con personajes que nadan en el tiempo fingiéndose vivos, son verdaderamente extraordinarias.
Lo que sigue es un montón de historias de muertos y de fantasmas que exigen su derecho a opinar, y del pasado. Casi todo en Pedro Páramo es pasado. Un pasado lleno de los sinsabores de la vida que se hace presente en un pueblo en el que ya no queda nada. Juan Rulfo dejó bien probado en esta novela la altura de su intelecto. Lástima que a mí, en lo particular, no me gustó tanto como esperaba.

sábado, 21 de septiembre de 2013

El mexicano lee pocos libros de historia

Para nadie es un secreto que en México la mayoría de la población no lee, aunque eso se compensa un poco con un pequeño porcentaje de mexicanos que leen mucho. Pero lo cierto es que en México se leen pocos libros de historia, y los que son superventas están acompañados de costosas campañas promociónales.
Aunque cabe resaltar que al mexicano sí le gusta saber su historia, pero no leerla, prefiere que se la cuenten. Y ésa es la razón por la cual matones como Francisco Villa y Rodolfo Fierro son considerados héroes. También a esa costumbre mexicana se debe el hecho de que los errores que ya se cometieron en el pasado se estén repitiendo actualmente.
Que los mexicanos no leen los libros de su propia historia es un dato que puede obtener con facilidad cualquiera que sí tenga la afición de leerlos. Hay muchos clásicos de historia que son imposibles de hallar en las librerías. Están agotados, no se editan, de algunos la última edición fue hace muchos años.
Obras excelentes de historiadores y cronistas de los siglos XIX y XX, que en su momento tuvieron buena recepción y que están avalados por serios estudiosos de la historia mexicana, de milagro los encuentra uno en bibliotecas o en librerías de viejo.
Eso ocurre porque sencillamente no son demandadas por los lectores. Si la situación fuera al contrario, se editarían con mucha frecuencia y estarían a la vente casi de manera ininterrumpida, pero como nadie quiere leerlos, los editores y libreros sencillamente no se preocupan por ponerlos a la venta.

Lee otra reseña: El dictador resplandeciente

lunes, 15 de abril de 2013

La familia secreta de Pancho Villa – Rubén Osorio


Hace poco leí este libro y me ha resultado por demás interesante. No es una biografía de Villa, sino una tesis sobre sus orígenes. El autor, Rubén Osorio, un investigador al parecer muy serio en su trabajo y bastante bien documentado, sugiere -porque le es imposible probar- que Pancho Villa era judío. Así las cosas, León Trotsky y Tomás de Torquemada ya no estarán tan solos en la lista de judíos malos.
Pero Villa no era judío en el sentido religioso y cultural del término, sino que simplemente descendía de hebreos por la rama paterna. La teoría que investigó el autor va en el sentido de que la madre del matón revolucionario, Micaela Arámbula, antes de casarse con Agustín Arango, trabajó de sirvienta en la casa de un acaudalado hacendado de nombre Luis Fermán, con quien se relacionó y el producto de ello fue Villa.
Así que la barba cerrada, negra y gruesa y el color moreno pálido que caracterizaba al más famoso revolucionario americano después del Che Guevara no era producto de su ascendencia española cruzada con morisca, sino de sus raíces hebras, al parecer.  
Ante la imposibilidad de desenterrar cuerpos para hacer pruebas de ADN, Rubén Osorio contactó a los miembros de la familia Fermán, regados por México y algunos en otros países, todos sabedores de su posible parentesco con Villa pero la mayoría ignorantes sobre su identidad judía.
Los Fermán al parecer desde que llegó el primero de ellos a México a principios del siglo XIX, proveniente de Liechtenstein, abrazaron el catolicismo para no tener problemas en un país donde entonces, e incluso ahora, no ser seguidor del Papa podía traer serios problemas.
Osorio los entrevistó a todos para recoger sus conocimientos sobre el parentesco con Villa. Ellos, en su mayoría, demostraron al autor estar al tanto de la leyenda. Villa, según los diversos testimonios, sabía sobre su origen e incluso llevó buenas relaciones con su medio hermano, Miguel Fermán, con quien lo unía un parecido físico ciertamente notable.
La investigación de Osorio, al no sustentarse más que con fotografías y una historia oral que ha pasado de generación en generación dentro de una familia, no llega a probar el verdadero origen judío de Villa, pero eso no le quita valor al libro. Vale la pena sentarse a leerlo porque de los muchos libros que hay sobre Pancho Villa éste es radicalmente diferente a los otros.

Lee otra reseña: Un viaje a México en 1864

lunes, 31 de diciembre de 2012

El rey viejo – Fernando Benítez


Muchas veces me había encontrado con esta novela en librerías sin que me decidiera a leerla. Desconfío casi por antonomasia de cualquier libro que veo en todas partes. Por fin hace poco decidí llevarme a casa El rey viejo y me puse inmediatamente a leer. Me sorprendí mucho porque es sin duda una obra maestra, una de las mejores novelas mexicanas de cuantas se escribieron en el siglo pasado.
Aunque es una novela revolucionaria no fue escrita en los años posteriores al conflicto; su autor, Fernando Benítez, la publicó en 1959, cuando la revolución era ya más un mito desfigurado que un doloroso presente.
La novela relata los últimos días de vida del presidente Venustiano Carranza. Inicia poco antes de que él decide trasladarse a Veracruz al darse cuenta de que la mayor parte de ejército lo ha traicionado y se ha pasado al bando de los sonorenses.
El narrador es un personaje educado y culto que goza de la amistad de Carranza y que ocupa un puesto dentro de su gabinete. Desde su perspectiva el lector aprecia la difícil situación que vivía el gobierno carrancista, la fortaleza del presidente y de algunos militares que permanecieron fieles a él, como el general Francisco Murguía, hombre bravo entre los bravos y de una sola lealtad.
Parte de la novela transcurre en los trenes que llevaban al gobierno constitucional rumbo a Veracruz, trenes perseguidos por la traición que de ninguna manera podían llegar a su destino. Después el narrador nos lleva a la sierra de Puebla, en un difícil trayecto camino a Tlaxcalantongo, hacia el previsible final que los sonorenses habían planeado para Carranza y del que no podía escapar.
El mayor mérito dentro de la novela radica en la perfecta forma en cómo el autor retrató la lucha de la voluntad de Carranza contra el caudillismo. Aquella traición de los sonorenses no se debió a diferencias ideológicas sino de intereses. Los militares sólo podían estar contentos en la guerra o en el poder. Una vez terminada la guerra, con Villa como único enemigo escondido en la sierra de Chihuahua, era imposible que un descomunal ejército ocioso decidiera sencillamente desaparecer y dar paso al México civil. Tanto heroísmo por parte de los militares era sólo un sueño de Carranza, ellos querían su recompensa por haber luchado en la revolución y no aceptarían que se les arrebatara la presidencia.
Carranza, como Cicerón, quería a los militares fuera del poder porque no ignoraba lo peligrosos que podían ser, y como a Cicerón también lo mandaron matar, porque cuando los militares han decidido adueñarse del poder es imposible detenerlos si no hay otros militares que se les opongan. 

Le otra reseña: Maximiliano íntimo

viernes, 14 de diciembre de 2012

Pedro Lascuráin, el presidente impoluto


En la historia de México hemos tenido presidente verdaderamente detestables. Y más en tiempos de revolución. Algunos no sólo se apropiaron junto con su familia, allegados, amantes, compinches y demás, de los fondos públicos, también dejaron la economía del país en el más puro esqueleto.
Hemos tenido, desgraciadamente, de todo, de todo lo malo, en cuanto a presidentes se refiere. Empezando por el noble Vicente Guerrero, que no sabía casi leer y menos gobernar; pasando al desequilibrado comediante y corrupto Santa Anna, quien tampoco sabía gobernar pero su amor por el protagonismo lo hacía fingir que sí sabía. Experto era este hombre en vaciar las arcas de la nación. Luego en tiempos de guerra devolvía un poco de lo robado para fortalecer al ejército, porque patriota, ese loco insufrible, sí era.
También tuvimos al rustico Juan Álvarez, militar medio cobardón pero cacique en su región que se apropió unos meses de la presidencia sin saber exactamente en qué consistían sus funciones. Y cómo olvidar a los presidentes triunfadores de la revolución, los peores que hubo en ese entonces en el continente. Obregón y Calles no sólo fueron un par de fanáticos dispuestos a todo lo malo, también fueron los fundadores de un régimen más intransigente que ellos que aplastó la economía ya de por sí aplastada, muy aplastada, por la revolución.
Y para cerrar el siglo pasado, México tuvo la malísima suerte de tener tres pésimos presidentes uno tras otro. Es cierto que un mal presidente puede ser soportado. Hasta en Estados Unidos lo hacen, pero siempre y cuando tras él llegue otro que contrarreste sus fracasos. Pero si detrás de uno malo llega uno pésimo y tras éste otro peor, las consecuencias tienen que ser por lógica devastadoras.
México padeció a Echeverria, a López Portillo y a De la Madrid uno tras otro. Fueron dieciocho largos años en los que el mexicano tuvo que aprender a vivir fingiendo que comía. Tuvo que ser Salinas, el Innombrable acusado todo tipo de corrupciones y actos inhumanos y antipatriotas, el que le dio un nuevo empuje a la devastadísima economía nacional.
Y en fin, hemos tenido presidentes de todo tipo. Malos, muy malos, y torpes, muy torpes, desde matones consumados hasta comunistas más comunistas que Stalin. Pero México también tiene el antecedente de haber sido gobernado por un presidente impoluto. Se fue tan limpio que ni en Estados Unidos han tenido otro igual. No devastó la economía, no se llenó los bolsillos, no hizo inversiones idiotas, no deterioró las relaciones con el exterior, no abusó de su poder, incluso aunque le tocó gobernar en una época turbulenta no cometió crímenes de Estado. En resumen, este presidente no le hizo ningún daño a su país.
Su período presidencial, es cierto, fue breve. Quizás por eso no metió la pata ni se endiosó con el poder. Pero es el único presidente de México al que los historiadores no podrían acusar de haber sido corrupto durante su administración, que ya es mérito. Se llamó Pedro Lascuráin, y gobernó cuarenta y cinco largos… minutos.

Lee otra reseña: El triste porvenir de los países latinoamericanos 

martes, 20 de noviembre de 2012

Pancho Villa, rayo y azote – Rafael F. Muñoz


Este libro está dividido en dos partes. La primera contiene las memorias de Francisco Villa, dictadas por él a su médico de cabecera. Llegan hasta el fracaso militar del revolucionario, que ocurrió de manera apresurada después del desastre de Celaya.
La segunda parte contiene textos escritos por Rafael F. Muñoz sobre las andanzas de Villa una vez que su División del Norte fue reducida a unos cuantos centenares de forajidos a los que llamaba cariñosamente sus dorados.
Las memorias de villa son un documento muy valioso para poder saber, hoy,  a casi noventa años de su muerte, lo fundamentos de su ideología, la misma que lo llevó -lo pese a quien le pese y aunque su nombre esté escrito con letras de oro en el Muro de Honor de la Cámara de Diputados- a ser un despiadado asesino.
Villa, según da a entender, fue un hombre que creía que por haber nacido pobre podía hacer de todo y que ninguno de sus actos sería un delito. De joven, cuando fue encarcelado en Durango, después de haberle metido un tiro a una persona y de haber asaltado a punta de pistola a otra, creyó que su condena era injusta. Habría sido interesante saber, desde el punto de vista de Villa, qué tenía que hacer un hombre para merecer ir a la cárcel.
El mito tan mentado de la deshonra de su hermana él mismo lo desmiente. El famoso hacendado al que casi mató nunca la tocó. Fue su pretendiente y Villa, creyendo que por ser rico sólo quería burlarse de ella, consideró justo meterle un tiro que de milagro no lo mandó al otro mundo.
Algo que revela la poca imaginación de Villa es la manera tan sencilla en que narró sus batallas. Apenas cuenta detalles muy generales el hombre que se supone las planeó y las ejecutó de manera magistral. Eso quizás sea justificable si tomamos en cuenta que Villa, hombre semianalfabeto, no poseía los elementos necesarios para enriquecer una narración, y al momento de dictar sobre sus batallas fue incapaz de hacerlo detalladamente. Es cuando menos extraño que si fue incapaz de narrarlas haya podido ejecutarlas.
Se cuidó muy bien de contar algo sobre sus crímenes, que fueron muchos. Tan sólo fue capaz de decir que un santo no era. Cierto. Y al ser derrotado por Obregón tuvo la modestia de admitir su vanidad y de decir que simplemente se había creído general y que tal cosa se debió en parte a los homenajes que le hizo el propio ejército de los Estados Unidos.
Pasando a la parte del libro escrita por Rafael F. Muñoz, es muy agradable su lectura, como no podía ser de otra forma tratándose de un autor tan capaz. Muñoz nos cuenta las hazañas de Villa cuando pasó de general a bandolero. Fue un verdadero terrorismo lo que ejerció en el estado de Chihuahua, asesinando a inocentes que no cometían más crimen que cruzarse en su camino.
Perdido su prestigio, buscado como un delincuente por todos lados y sabedor de que jamás habría de volver a ser un hombre respetable y un general admirado, Villa se dedicó simple y sencillamente a saquear, extorsionar y matar, exhibiendo en cada acto una crueldad que hacía a muchos pensar si era realmente ese tirano el que antes fuera un general tan respetado.
Fue un criminal. De eso no hay duda alguna. Asesinó a mujeres, niños y hombres inocentes que jamás lo habían ofendido mínimamente. Incluso sus más grandes defensores no ocultan sus crímenes, pero lo defienden diciendo que era una revolución y que en toda revolución hay crímenes. ¡Vaya forma de defenderlo! Es raro, muy raro, que ese hombre sea considerado un héroe no sólo por sus admiradores que no saben nada de su biografía, sino también, de manera oficial, por el mismo Estado mexicano.

Lee otra reseña: Martín Garatuza

domingo, 18 de noviembre de 2012

Presidentes mexicanos del siglo XIX


Los presidentes de la actualidad viven rodados de lujos, gastando lo que no es de ellos en cosas absurdas e inútiles, realizando viajes protocolarios muchas veces innecesarios y desde luego muy costosos, pasan mucho tiempo frente a las cámaras de televisión, hablando como iluminados, tienen garantizados por sólidas instituciones sus seis años en el poder y gozan de una seguridad similar a la de una princesa egipcia en tiempos de los faraones.
Muy diferente era la vida de sus predecesores del siglo XIX, cuando México comenzaba a dar sus primeros pasos como país independiente. En aquella época la situación del los presidentes solía ser muy difícil. Nunca había dinero siquiera para lo más indispensable, no llegaban al poder por la vía del voto sino del cartelazo, y por tanto vivían temerosos de que otro cuartelazo los alejara de la silla presidencial.
Los gobiernos a veces eran muy efímeros, de apenas semanas o meses, y luego ocurría que no había un presidente sino dos, y cada uno con ganas de atrapar al otro para ponerlo de espaldas a un muro de piedra con un pelotón de fusilamiento enfrente. También hubo casos en que de nada le servía a alguien ser presidente porque los estados de la republica se negaban a reconocerlo como tal.
Los de hoy suelen tener preparación universitaria, hablan inglés -algunos-, son hombres cultos -también algunos-, pero en el siglo XIX hubo presidentes con formación cultural bastante escasa, como el general Vicente Guerrero, hombre sumamente noble y sumamente patriota, pero que leía con dificultades y se trababa mucho cuando lo carrereaban. Aunque en ese turbulento siglo dos claras excepciones fueron Juárez y Maximiliano -en calidad de emperador el último-, los dos gobernantes más sabios y poliglotas que ha tenido México en su historia. Lástima que aun teniendo la misma ideología les tocó gobernar al mismo tiempo y uno terminó fusilando al otro.
Pero en el siglo XIX todos sabían que por gobernar a México había grandes posibilidades de morir. Los presidentes a menudo se veían recorriendo el país en largas jornadas a caballo y pasando unas hambres de león, ya fuera para vencer a su oponente o para escapar de él. Cuatro jefes de Estado mexicanos fueron pasados por las armas en poco más de cuarenta años. El primero fue Agustín de Iturbide, el libertador, y su fusilamiento marcó el inicio de México con el pie izquierdo en su período de libertad.
Después de Iturbide fue fusilado el otro libertador, Guerrero. Fue emperador uno y presidente el otro y fueron fusilados con una diferencia de siete años como consecuencia en gran medida de la ambición y los cuartelazos del general Santa Anna. Juárez, que en todo fue más eficiente que Santa Anna, también fusiló a un emperador y a un presidente, pero el mismo día y a la misma hora, y también, claro, en el mismo lugar.
Las biografías de los presidentes mexicanos del siglo XIX nos enseñan lo difícil que fue consolidar el cargo de presidente tal y como se encuentra hoy. Hoy México es un ejemplo para Latinoamérica. Si de algo estamos seguros es de que el presidente no se va a reelegir, de que el ejército no lo va a derrocar, de que a menos que muera, o cometa serios errores, sus funciones durarán seis años justos. Parece poco, pero viendo a otros países podemos ver que eso es mucho y le sirve a México para tener un poco de estabilidad, tan necesaria para que un país pueda intentar dejar su pobreza en el pasado.

Lee otra reseña: El Cerro de las Campanas 

jueves, 15 de noviembre de 2012

Hidalgo y Morelos, Villa y Zapata



En charlas informales carentes de cultura, cuando se habla de la Independencia de México inmediatamente salen a relucir dos hombres que se supone lucharon mucho y unidos para lograrla: Hidalgo y Morelos; y cuando se habla de la Revolución salen otros dos a los que muchos imaginan juntos -porque se fotografiaron juntos-: Villa y Zapata. Pero la verdad es que estos dos pares de hombres tuvieron tanto contacto entre sí como Juárez y Maximiliano.
Hidalgo y Morelos ya en la guerra de independencia sólo se vieron una vez.  No pelearon hombro con hombro ni se enviaron refuerzos uno al otro para ayudarse en las batallas. Su relación fue completamente inexistente. Cada uno por su lado buscó la libertad y halló el fracaso. Compartían el anhelo independentista, pero tenían muy distintos objetivos. Eran curas, pero eran diferentes. Hidalgo era un teólogo intelectual; Morelos en sus Sentimientos de la Nación dejó ver sus buenas intenciones y la cortedad de su intelecto.
En el ramo militar fue donde Morelos sí superó a Hidalgo. Era un buen estratega, pero no tanto como muchos llenos de fervor patriótico han querido hacer creer. Esa vieja leyenda de que Napoleón lo admiraba es falsa. Sospecho que surgió a raíz de una película. No hay que creer todo lo que nos dice el cine. Napoleón jamás supo que existía Morelos. Otra de sus virtudes fue su magnanimidad para con los prisioneros, la misma que no compartía Hidalgo.
Morelos también fue un hombre modesto, quería ser sólo siervo de la nación. Hidalgo quiso ser y fue generalísimo, rango militar que ridiculizó en sus campañas. Algo que sí tuvieron en común, aparte de ser curas, fue el hecho de que creían que el celibato prohibía casarse, pero que no prohibía tener una sexualidad muy activa. Una de las faltas de Morelos a su condición de sacerdote de la iglesia católica, llegó a ser un militar de confianza de Santa Anna y hasta mariscal de adorno en el imperio de Maximiliano. Se llamó Juan Nepomuceno Almonte, no llevó el apellido Morelos porque… porque su padre era cura y se suponía que no debía tener hijos.
Pasando a Villa y Zapata, tampoco tuvieron mucho que ver. Villa participó en muchas batallas. Ganó menos de la que se cree. No era en realidad un militar, su ignorancia lo incapacitaba para conocer las más elementales reglas de las maniobras militares. Lo que sí tuvo fue vocación de bandido. Y eso fue disfrazado de revolucionario hasta que el general Felipe Ángeles llegó a disciplinar  a sus salvajes huestes. De allí se formó un cuerpo de ejército que muchos han confundido con una sola división -pero que en realidad fueron tres-, letal con la caballería y más con la artillería, pero deficiente con la infantería. Cuando Ángeles lo abandonó, Villa volvió a ser lo que había sido, un bandido, pero mucho más sanguinario.
Zapata no fue militar. Eso de general siempre le quedó grande. Pero sí fue un buen hombre que perseguía una causa justa. Libró muchas menos batallas que Villa y cometió muchísimos menos crímenes. Se vieron sólo una vez en la ciudad de México, simpatizaron, pero sus respectivos soldados querían comerse unos a otros. Después cada quien volvió a sus zonas de influencia. Tuvieron contacto cuando a ambos les cayó encima la desgracia, pero no se prestaron ayuda, ni uno ni otro tenía posibilidades de hacerlo.
Y aunque los que reescribieron la revolución los quisieron elevar como los dos más grandes caudillos con muchas afinidades ideológicas, en poco se parecieron, a lo mucho en sus escasas nociones de socialismo que Zapata practicó y Villa usó para vivir sin trabajar, asesinando y dándoselas de mártir. Zapata, todo lo indica, era un hombre que puede ser calificado como honesto; y Villa, todo lo asegura, era un delincuente.

Lee otra reseña: Juárez y su México

sábado, 10 de noviembre de 2012

Ignacio Zaragoza – Alfonso Hurtado


El general Zaragoza en muchos aspectos fue un militar atípico en el México del siglo XIX: no tenía ambiciones políticas, era modesto sobre sus capacidades como militar, tenía la prudencia por virtud, no ambicionaba ascensos sin méritos y tampoco exhibía crueldad. Tan prudente fue en su vida privada que mucho se ignora de él en ese sentido. Y como muestra está la biografía que le escribió Alfonso Hurtada, de la que toca hablar hoy.
En este libro, con una prosa en extremo sencilla y quizás anacrónica, conocemos los importantes sucesos de la historia de México en los cuales el general Zaragoza se distinguió como un buen hijo de su patria. Sin embargo, más parece un ensayo sobre la guerra de reforma y el principio de la intervención francesa que una biografía del general. Apenas hay un acercamiento a él que no alcanza a ser biografía.
Hurtado nos cuenta algo sobre sus orígenes tejanos, su vocación por la carrera de las armas y su ingreso al bando liberal para echar a Santa Anna, por última vez en su larga carrera, de la presidencia de México. Zaragoza era un hombre convencido de sus convicciones ideológicas y estaba al tanto de algunas de sus carencias por no haber podido terminar su formación militar -las cuales le ayudó a superar el general francés conde de Lorencez-.
En en el conflicto armado que se desató por causa de la reforma la capacidad de Zaragoza se vio del todo opacada por el genio de Miguel Miramón, un general que parecía haber inventado la guerra. Pero el tejano no era precisamente un hombre de pasiones. Era prudente -virtud que no ha sido aliada de muchos militares mexicanos- y ésa era su gran ventaja. La sangrienta guerra de reforma lo formó.  No pocas veces estuvo a punto de perder la vida y conoció el amargo sabor de la derrota. Por eso cuando llegaron los franceses, Zaragoza ya era un buen militar, con experiencia y astucia.
De esos aspectos y algunos otros no poco importantes sobre la vida de Zaragoza trata este libro. Pero falta información sobre él, información más cercana al hombre, porque eso es lo que contiene una biografía. Quizás el general supo cuidar su vida privada, ya que la prudencia de un hombre empieza por allí.
Revisando la bibliografía de la que se valió Hurtado, he visto que apenas uno de los libros es una biografía de Zaragoza, la que escribió su contemporáneo y amigo Manuel Z. Gómez. No se puede escribir una biografía de un personaje valiéndose apenas de otra, pero si no hay más tampoco existe otra opción. 

miércoles, 7 de noviembre de 2012

¿De dónde salió Pancho Villa?


Me refiero al nombre, porque el hombre, naturalmente, salió de su madre, pero lo cierto es que el famoso revolucionario se llamaba, legalmente, Doroteo Arango Arámbula, no tenía nada ni de Pancho ni de Villa. Y las razones del cambio de nombre no están del todo claras y son aún discutidas.
La teoría que conocen hasta aquellos seguidores de Villa que nunca han leído una biografía de él porque es leyenda popular, es que durante su etapa como delincuente -antes de la Revolución, porque después fue delincuente y general- estuvo en una banda liderada por un personaje llamado Pancho Villa, y éste, herido de muerte en una refriega, le heredó el mando a Doroteo, quien pasó a llamarse en honor a su jefe muerto como él, Pancho Villa.
Otra teoría dice que por cuestiones de amoríos clandestinos e hijos no reconocidos, el apellido que le correspondía a Doroteo era el de Villa, y que sabiéndolo ya de adulto decidió hacer la necesaria corrección para llamarse como era debido. Aunque suena un poco extraño que un hombre que aprendió a leer ya muy grandecito tuviera la precaución de preocuparse por esas cosas.
Pero hay una teoría más que dejó el propio Villa en sus breves memorias, aunque los historiadores al parecer no han hecho mucho caso de ésta. Villa sí acepta haber formado parte de una banda de forajidos, pero liderada por un hombre llamado Ignacio Parra, al que Villa no vio morir, sino que se separó de él por petición de su madre, aún llevando su nombre autentico.
Sin embargo, el joven bandido Doroteo ya era muy perseguido en su natal Durango, y cuando se mudó a Chihuahua con la intención de trabajar honradamente decidió, para despistar a las autoridades, cambiarse el nombre y llamarse Pancho (Francisco) Villa. Eso dice él en sus memorias, mas no explica de dónde salió el nombre, y ésa sigue siendo la incógnita.