sábado, 20 de diciembre de 2014

Juan Nepomuceno Almonte, oficialmente traidor

El gobierno republicano que se consolidó en México después del fusilamiento de Maximiliano, frágil con Juárez, más aún con Lerdo de Tejada y fuerte con Díaz, dejó para la historia una lista de traidores que, por la diosificación de Juárez hecha por el PRI, sigue vigente. No obstante, algunos de esos traidores gozan de ciertas simpatías, ya sea porque muchos mexicanos entienden que los juaristas no tenían del todo la razón o porque los “traidores” estaban precedidos de actos que los describen como hombres valientes y llenos de honor.
Miramón, ese militar alto, estoico, famoso por su bravura y su genio durante la batalla, es quizás el traidor al que los mexicanos más admiran. Mejía, el indio de raza pura que aun siendo general se batía junto a sus soldados, es también merecedor de cierta popularidad entre los mexicanos.
Pero hay otros que definitivamente no se han salvado del fuego de la historia, como Leonardo Márquez, un despiadado que fusilaba sin miramientos a sus enemigos y que, para desgracia de Juárez y los suyos, logró escapar cuando se derrumbó el imperio y jamás pudieron echarle la mano encima para fusilarlo.
Pero el traidor de traidores, al que tanto odio le tuvieron que incluso le llegó casi por completo el olvido, es Juan Nepomuceno Almonte, un personaje muy ausente en muchos de los libros de historia de México que, sin embargo, tuvo un papel crucial en la coronación de Maximiliano.
Almonte nació de una levantada de sotana del cura José María Morelos y Pavón. No se apellidaba Morelos naturalmente porque su padre había sido cura. Le dieron, al parecer, el apellido Almonte porque nació en el monte, aunque otras fuentes refieren que ése era el apellido de su madre, hija de un importante hacendado.
Su padre, durante la guerra de Independencia, lo mandó a un sitio más seguro, los Estados Unidos. Allí aprendió inglés y se hizo de algunas amistades. Ya cuando México era un país independiente, fue varias veces su representante ante el vecino del norte, pero también, en su grado de general, acompañó a Santa Anna a la guerra de Texas, donde trató de evitar los fusilamientos del Álamo y fue después capturado en San Jacinto. Algunos historiadores lo señalan como el traductor entre el derrotado Santa Anna y el victorioso Samuel Houston.
Apagada la estrella de Santa Anna, Almonte, que pese a sus rasgos indios era un elegante y educado caballero, aparte de poliglota, marchó a Francia, se hizo partidario de la monarquía y puso sin un rechinar de dientes sus servicios a las órdenes de Napoleón III. Llegó junto a los franceses que enfrentaron al ejército mexicano en Puebla, lo que lo hizo ver ante todo México como un traidor sin escrúpulos.
Cuando los franceses se apoderaron de la capital, él formó parte del triunvirato que gobernó hasta la llegada de Maximiliano. Éste, nada más llegar, lo hizo mariscal, aunque no confió en él demasiado por su fama de embustero.
Cuando Napoleón decidió retirar sus tropas, Almonte fue enviado como embajador del imperio mexicano a Francia, con la intención de lograr que Napoleón no quitara su apoyo a Maximiliano. Fracasó en su misión, pero como tenía claro que Juárez pronto triunfaría y pasaría por las armas a todos los que consideraba traidores, decidió quedarse en Francia para salvar el pellejo.
Murió casi dos años después del triple fusilamiento en el Cerro de las Campanas y, al poco tiempo, empezó a comérselo el olvido. En México lo poco que se sabe de él, a grandes rasgos, es que fue, más que muchos de los mexicanos implicados en la invasión francesa, un traidor.

domingo, 23 de marzo de 2014

La idea de nuestro patrimonio histórico y cultural – Pablo Escalante Gonzalbo

La idea de nuestro patrimonio histórico y cultural es una recopilación de textos -unos más interesantes que otros y otros mejor escritos que otros, todo sea dicho- de académicos especializados en el patrimonio tangible e intangible de los mexicanos. Desde las pirámides hasta la Virgen de Guadalupe, pasando por haciendas, templos, conventos, el fanatizado petróleo, el patriarcal maíz y, por supuesto, las más famosas esculturas prehispánicas: la Piedra del Sol, el monumental Tlaloc y la intimidadora Coatlicue, todo es analizado en esta obra en su relación con el pueblo, el de antes y el de ahora.
La composición del libro está coordinada por Pablo Escalante, quien también colabora en los textos de manera bastante acertada. Una autora que ya ubicaba por su interesante guía para estudiar El Segundo Imperio, Erika Pani, es otra de las colaboradoras del libro. A los demás francamente no los conocía, pero se puede ver que se trata de académicos con una trayectoria si no envidiable sí admirable, y aunque algunos no tengan una prosa que me haya hecho disfrutar, lo cierto es que sí desbordan conocimiento, además de que varios blindan sus textos con una estupenda y sólida bibliografía.
Algo que quizás no haga falta mencionar es que en esta obra no se detalla el contexto histórico de cada bien tangible e intangible, sino que simplemente se nos ofrece una por demás interesante introducción acompañada de un análisis del edificio, escultura, deidad o liquido en cuestión en su calidad de símbolo.
Porque eso es lo que son todos esos bienes mexicanos: símbolos, tan importantes como la bandera, el escudo y el himno -hechos por el Estado estos tres-, y forman parte del componente cultural que tiñe de orgullo a toda una nación, desde Tijuana hasta Mérida, lugares de donde no salió el monolito para esculpir a Tlaloc, pero a donde ha llegado ese pegamento que nos une a todos, a veces por decreto del Estado y otras a su pesar.
Al leer este libro no pude dejar de recapacitar sobre algo muy importante: México es uno de esos pocos países privilegiados que bajo la tierra guardan un patrimonio invaluable -que no hicimos nosotros, pero que está allí para otros-, tan extraordinario que quizás sólo pueden tratarlo de igual a igual Grecia y Egipto.

martes, 11 de marzo de 2014

México a través de los siglos –Vicente Riva Palacio

La enciclopedia México a través de los siglos no es simplemente un compendio más de historia de México, como tantos que se han escrito. Esta serie de cinco libros merece una mención especial, por su contexto, su imponente monumentalidad y, naturalmente, por su extraordinario contenido. Aunque he puesto en el titulo de la entrada el nombre del general Riva Palacio, eso no significa que él haya sido el autor de toda la obra, pero sí fue el coordinador e impulsor principal del proyecto, autor del segundo volumen sobre el virreinato, tema en el que era un experto.
Los libros salieron a la venta en el año de 1884, causando un gran revuelo porque se trataba, aun siendo lo que eran, libros, de un proyecto gigantesco impulsado por el gobierno, que evidentemente exigió a los autores una concentración extraordinaria, una investigación detallada y también les absorbió todo su tiempo. Algunos señalan que fue una estrategia de Porfirio Díaz para mantener muy ocupado a Riva Palacio y así lograr que no se le ocurriera interesarse por la presidencia.
Fue hace algunos años cuando me compré la enciclopedia, y recuerdo que inmediatamente me puse a leer el quinto volumen, el de la reforma y el imperio, escrito por el historiador José M. Vigil. Desde el principio me di cuenta de lo interesante de la monumental obra, sencillamente me quedé impresionado por la importancia, calidad y cantidad del contenido. Documentos que en otras fuentes había hallado sólo a medias, cuando mucho, en la enciclopedia aparecen íntegros, ya que al ser un libro monumental, están incluidos sin ninguna mutilación. De tal manera que podemos hallar cartas, decretos, discursos, artículos y un sin fin de textos de crucial importancia para formarse una opinión sólida y sustentada sobre lo que ocurrió en aquellos turbulentos tiempos. La prosa del autor, que merece mención aparte, es agradable, crítica pero guardando la distancia de la imparcialidad. Evidentemente Vigil era juarista, aunque fue respetuoso con los adversarios de la republica y hasta trató de hallar razones morales para justificar humanamente a los contendientes de ambos bandos.
Después me puse a leer tercer volumen, que comprende la guerra de independencia y que fue escrito por Julio Zárate. Aquí me hallé una prosa más acida, más crítica con los opositores a la versión oficial y bañada por una no muy discreta aura anticatólica sorprendente. Seguí hacía abajo para leer el período colonial, con la agradable prosa del general Riva Palacio, un tema que, aunque siempre he sido muy aficionado a la historia de México, me era muy poco conocido. El siguiente volumen que tomé fue el cuarto, que comprende las andanzas de Santa Anna entre la presidencia, sus fincas en Veracruz y sus fracasos, que fueron los de México. Este libro fue iniciado por Juan de Dios Arias, pero su muerte hizo que lo concluyera Enrique de Olavarría y Ferrari.
Y hace unos días me dio por empezar el primer volumen, el que debí haber empezado hace años por orden cronológico pero que dejé en el olvido porque era mucha mi hambre de conocimiento sobre el Segundo Imperio. Éste, el primero, lo escribió el historiador y arqueólogo Alfredo Chavero, y trata sobre el México antiguo y culmina en la conquista, una etapa de la historia que el PRI se empeñó en vincular demasiado a lo que somos cuando en realidad tenemos tantos lazos con ella como los musulmanes egipcios con las pirámides, porque, los mexicanos de hoy somos una sociedad de la Biblia -aunque la mayoría no la lean-, hablamos una lengua surgida del latín y no tenemos ningún vinculo cultural con nuestras bellas ruinas. Incluso dudo que muchos nativos mexicanos lo tengan. Aunque eso no significa que no sean un extraordinario patrimonio que como pueblo civilizado debemos de preservar y estudiar, por más que, insisto, culturalmente nada nos una a ellas.
Y, volviendo al libro, es muy bueno, tanto como los otros cuatro. La enciclopedia México a través de los siglos es verdaderamente el resultado admirable de un proyecto monumental. Los aficionados a la historia mexicana que no la conocen sin duda se sorprenderán mucho con su contenido, que es tan extenso como interesante, y difícil de hallar en otros libros.

martes, 4 de febrero de 2014

Las parodias mexicanas del primer y segundo Imperio

En Francia tienen gran relevancia histórica los períodos conocidos como el primer y el segundo Imperio. El primero estuvo a cargo de Napoleón Bonaparte, duró una década y significó un importante cambio en el mundo. Napoleón no sólo fue un guerrero incansable, también un reformador del Estado conocido hasta entonces, impulsor de la cultura y de las artes, sobre todo de la arquitectura; su imperio impuso modas que saltaron de las fronteras francesas hacia el resto de Europa. Se modificaron las familias reales, las relaciones entre la nobleza, los tipos de matrimonios, las formas de gobierno, los estilos de vida en general y, por supuesto, las maniobras militares.
El Segundo Imperio francés estuvo a cargo de Napoleón III, sobrino de Bonaparte, o por lo menos eso quisieron hacerle creer a su hermano sin éxito. Duró casi dos décadas y otra vez Francia fue revolucionada drásticamente; los estilos artísticos, las modas, el urbanismo, las leyes, todo evolucionó a veces para bien y otras para mal. Aunque Napoleón III no era ni la mitad de brillante que el primero, se esmeró para lograr que su imperio dejara huella, y eso sí que lo consiguió. Fue uno de los grandes líderes de la segunda mitad del siglo XIX, pese a que al final de su carrera política fue amedrentado, ridiculizado, humillado militarmente y hasta prisionero de guerra.
Sea como fuere, los imperios en Francia son dos períodos no sólo de gran importancia histórica para el país, sino también para el mundo entero. Si no hubieran existido, el mundo no sería como es hoy. Entre tanto, en México igualmente podemos hablar de nuestros imperios y, como los franceses, también tuvimos dos. Aunque de alcances mucho más modestos.
El primero no duró ni un año, no revolucionó nada ni dejó vestigios artísticos que provoquen a los historiadores escribir “estilo primer imperio”. Estuvo a cargo de Agustín de Iturbide, un militar mexicano que supo acomodarse en el bando correcto al final de la guerra de independencia, pero que luego no fue tan hábil para impedir que lo derrocaran y tras volver de un breve exilio lo mandaran fusilar.
El segundo estuvo fundado con mayores ambiciones y encabezado por un príncipe de verdad, Maximiliano de Habsburgo. El proyecto tenía bases teóricas muy sólidas. Maximiliano y su esposa Carlota tenían dos mentes bien dotadas, más la de ella, e hicieron planes verdaderamente titánicos que prometían reformar a México, desde el estilo de vida, la cultura, la raza, la educación, la política, los poderes del Estado, la arquitectura, el urbanismo, la pintura, la escultura, el ejército, la iglesia, las relaciones diplomáticas y un sin fin etcéteras.
El problema fue que el imperio fue muy efímero y estuvo en constante guerra. Aunque pese a todo logró dejar su huella, mucho más honda que el de Iturbide. Duró tres años y legó al país un importante patrimonio intangible en historia y literatura y otro poco tangible debido a que Maximiliano era adicto a gastar en las artes plásticas el dinero que necesitaba para ganar la guerra. En lo que se pareció más al primero fue en el final del monarca, también el príncipe Haburgo enfrentó con honor a un pelotón de fusilamiento.
Los imperios mexicanos fueron, en realidad, breves, modestos, buenos intentos, dirán algunos. Pero, como los franceses, también tuvimos dos.

sábado, 25 de enero de 2014

Desfigurar ciudades

Meterle mano las a ciudades ha sido históricamente un pasatiempo de muchos políticos, mediante una práctica de autoritarismo secundado por infinidad de expropiaciones que bien puede hacer parecer a una democracia dictadura. Porque entre más idiota es un pueblo más dictatorial se vuelve un gobierno, por muchas elecciones que se celebren.
Las ciudades suelen tener en su mayoría algo en común: un nacimiento arbitrario. Nacían cuando un grupo de colonos tras mucho viajar encontraban un lugar agradable con agua cercas. Eso era lo único que hacía falta para que surgieran, aunque el hecho de que llegaran a ser ciudad y no se quedara en pueblo dependía de la economía.
Con esa arbitrariedad es de suponerse que todo creciera como Dios daba a entender a los colonos. Cada quien se acomodaba cómo podía y dónde le gustaba. Y con el crecimiento de la población la cosa se ponía más fea que buena en el correr de los siglos, con calles estrechas (quién podía imaginar que inventarían el automóvil), emplazamientos en zonas de riesgo, avenidas bloqueadas por edificios, nodos reducidos que se volvían zonas de mala muerte; insalubridad e inseguridad al por mayor.
Pero, por otro lado, pese al crecimiento sin el menor cuidado urbanístico, las ciudades cobraban identidad, se creaban los hitos e iconos, edificios y monumentos mal ubicados pero queridos por la población y que siglo tras siglo ganaban valor histórico.
No obstante, durante el renacimiento europeo les dio a los gobernantes por hacer ciudades bonitas. Siglos después surgió el automóvil, se pusieron de moda las grandes avenidas, anchas, ajardinadas, los remates visuales, y las calles angostas ya no fueron funcionales, de por sí que nunca lo habían sido mucho.
Y esa moda de embellecer y hacer más prácticas las ciudades, les dio a los políticos el pretexto idóneo para liquidar la historia cada que les diera la gana. Cuando en la segunda mitad del siglo XIX a Napoleón III le dio por cargarse una parte de París, con siglos de antigüedad, con tal de embellecer lo restante, quedó claro que no había límites.
Desde entonces los políticos, a los que siempre les da por sentirse faraones, deciden a veces borrar del mapa la historia, con tal conseguir una amplia avenida que probablemente no era muy necesaria o la opción más pertinente. Pero, con el argumento de “es por el bien común”, muchas veces se demuelen no sólo edificios, sino trozos de una mancha urbana que se habían ganado con siglos el nombre de iconos.
Evidentemente una ciudad moderna puede coexistir con su pasado y ser aún más bella, más histórica, atrae más al turismo, aunque conservarla y adecuarla a la evolución de una sociedad no es cosa sencilla. Y los políticos quieren hacer todo en un período de gobierno, por lo que les resulta más sencillo derribar.

viernes, 24 de enero de 2014

La arquitectura de los poderosos: de los antiguos griegos a los narcos y las estrellas de hoy, pasando por Napoleón y Hitler

Los hombres no cambian mucho a través de los siglos. Cambian las costumbres, los hábitos y casi todas las modas, pero hay algo que une a los hombres de todos los tiempos: su amor por el poder. Y eso deriva en otra característica: el estilo arquitectónico que los poderosos han elegido durante veinticinco siglos para construirse monumento a la gloria de sí mismos. A los malos y a los que pasaron a la historia con fama de buenos, a dictadores, demócratas, comunistas, derechistas, socialistas, moderados, jefes de El Vaticano, empresarios, narcos, artistas y otro tatos los une un gusto por el mismo modelo formal de edificio.
Los griegos hicieron un diseño que complementaron después los romanos, hace más de dos milenios, y después le gustó mucho a Hitler, pero antes le había encantado a Napoleón y a los Padres Fundadores de los Estados Unidos, en tanto que hoy es el favorito de los narcos.
En el libro La arquitectura de los poderosos se hace una amena reseña de la historia de la arquitectura clásica, la cual ha muerto y renacido a lo largo de veinticinco siglos y siempre con un fin inconfundible: el que su estilo sirva para hacer monumentos a los poderosos.
El libro se puede comprar en Amazon para leerse en una tableta, a tan sólo 13 pesos.

martes, 31 de diciembre de 2013

Maximiliano, Paseo de la Reforma y Los Pinos

Cuando Maximiliano llegó a México pareció ser un arquitecto integro contratado por el gobierno para rediseñar la arquitectura, el urbanismo y el paisajismo de la capital mexicana. No se puede olvidar que el emperador era un vienés, y Viena es quizás la capital más bella del mundo, donde mejor se integran la arquitectura, la escultura y el paisaje. Y, por lo tanto, es lógico que la capital de su imperio no le haya gustado en cuanto la vio. Lo que sí hizo fue mentir a su hermano para que no se dijera en Europa que vivía en una pocilga, describió alteradamente la arquitectura de la Ciudad de México, proceso que siguió con muchas más cosas.
Es evidente que sus prejuicios de aristócrata pesaron mucho en Maximiliano cuando llegó a México. Se preocupó demasiado por el lujo cuando había cosas mucho más apremiantes. El monarca llegó acompañado de su arquitecto y su paisajista, a quienes inmediatamente envió al castillo de Chapultepec para que lo hicieran habitable. Palacio Nacional evidentemente no le gustó, pero se cuidó se resaltar sus características de obra gigantesca y venerable. En cuanto al castillo de Chapultepec, al parecer le agradó más. Aunque es obvio que exageró en su belleza. En una carta a su hermano Carlos Luis le dijo:

Chapultepec, el Schönbrunn de México, un encantador palacio de placer sobre una roca de basalto rodeado por los gigantescos y famosos árboles de Moctezuma.

Del castillo al emperador no le agradó lo que vio en él, si no el paisaje que vio desde él. Es cierto que visto hoy se trata del edificio indudablemente más bello de la época colonial, hay un juego de volúmenes, una total ausencia de monotonía y una perfecta integración de todos los elementos con los jardines. Pero eso se lo debe en parte al propio Maximiliano. A su llegada, se halló con un edificio en el olvido, deteriorado y rodeado por un bosque totalmente salvaje.
La condesa Paula Kolonitz, quien llegó como dama de compañía de Carlota, describió de forma un tanto dura la arquitectura capitalina. Avalada por su educación aristocrática y su vida vienesa, hizo énfasis en la falta de proporciones, la incorrecta disposición de las áreas y lo “pequeño” de algunos elementos indispensables. Con Palacio Nacional fue mucho más agresiva, desde su punto de vista, el emperador podía demoler sin escrúpulos cuanto hiciera falta de ese edificio carente por completo de belleza.
Lo que hizo Maximiliano fue darse prisa para transformar sus palacios en verdaderas obras de arte para que la noticia llegara pronto a Europa. Como le gustó más Chapultepec, se esforzó más por embellecer este edificio. Los arquitectos, jardineros y escultores trabajaron a marchas forzadas para transformarlo prácticamente en el palacio que es hoy en día. El costo fue exorbitante y alarmó a los franceses, debido a que no podían creer que el emperador gastara tanto en lujo cuando el dinero hacía falta para pacificar el país.
Maximiliano también planeó el Paseo de la Reforma, en su tiempo Paseo de la Emperatriz, pero apenas pudo ver parte del trazo de la amplia avenida. Su intención era hacerlo precisamente como lo que es hoy, una artería llena de paisajismo, esculturas y edificios importantes. Puede decirse que los gobiernos posteriores cumplieron sus deseos, aunque quién sabe si el diseño que él ya no vio le habría gustado.
Es notorio el hecho de que la residencia oficial del presidente de México está donde está por influencia exclusiva de Maximiliano, el gobernante ilegitimo que la historia oficial enseña a odiar. Al convertir él a Chapultepec en su residencia, lo transformó por completo. Al morir él, los presidentes mexicanos no vieron mal la idea de vivir en las alturas del bosque, en un bellísimo palacio único en el continente. Posteriormente, Lázaro Cárdenas, despreciando el lujo heredado por el Habsburgo, mudó la residencia presidencial a otro sitio, pero dentro del mismo bosque de Chapultepec.
Maximiliano evidentemente no tenía el carácter necesario para ser gobernante y menos de un pueblo en guerra, pero como arquitecto fue brillante. El Paseo de la Reforma y el Castillo de Chapultepec son dos muestras de ello, y casi las únicas que alcanzó a hacer. El hombre estaba invadido por un faraonísmo que hace pensar que si hubiera gobernando en paz y con dinero habría construido obras monumentales y estéticamente muy bien valoradas.
Es una lástima que los presidentes mexicano se contagien tan fácilmente de esa característica suya, y cuando debieran de entender que están donde están para proveernos de justicia y seguridad, gastan 1,300 millones de pesos en un focote de más de cien metros de altura que para colmo quizás consume más electricidad que una ciudad entera.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Pedro Páramo – Juan Rulfo

Pedro Páramo es algo así como los Cien años de soledad mexicanos, incluso, también es una obra que destella realismo mágico por todas las páginas y, por si eso fuera poco, uno de los libros favoritos del propio Gabriel García Márquez.
Hace tiempo que quería leer esta novela, mas la guardaba como quien guarda una botella del mejor coñac para un momento especial. Conocía a Rulfo por El llano en llamas y suponía que con esta novelita suya pasaría extraordinarios momentos. Me duró apenas unas horas, la empecé a leer con las expectativas muy altas y sus primeras páginas me supieron deliciosas.
Pero ya más adentrada la novela, la cosa cambió. Por momentos empezó a no gustarme, que no a aburrirme, pero al final, debo decir que Pedro Páramo, la obra maestra y también cumbre de la literatura mexicana del siglo XX, no me gustó tanto como esperaba, ni siquiera la mitad. Aunque sí me gustó mil veces más que la otra supuesta gran novela mexicana del pasado siglo, Noticias del imperio, que la grandeza sólo la tiene en sus varios centenares de páginas.
Aclaro que el hecho de que Pedro Páramo no me haya gustado no se debe a que me parezca que es una mala novela. Nada de eso. Reconozco y firmo ante notario su grandeza. Algunas partes me dejaron alucinado, pero en conjunto, la verdad no me dejó tan buen sabor de boca. Quizás en parte se debió a lo mucho que me esperaba de la novela.
Ya entrando a la historia, tenemos ese magistral inicio con Juan Preciado rumbo a Comala en busca de su padre, Pedro Páramo. Preciado no lo sabe, pero se está metiendo en un pueblo lleno de fantasmas que pronto van a reclamarlo para que forme parte de los suyos. En realidad, esas primeras páginas, con un hombre normal que sólo quiere exigir a su padre lo que le corresponde, metido de buenas a primeras en charlas tétricas con personajes que nadan en el tiempo fingiéndose vivos, son verdaderamente extraordinarias.
Lo que sigue es un montón de historias de muertos y de fantasmas que exigen su derecho a opinar, y del pasado. Casi todo en Pedro Páramo es pasado. Un pasado lleno de los sinsabores de la vida que se hace presente en un pueblo en el que ya no queda nada. Juan Rulfo dejó bien probado en esta novela la altura de su intelecto. Lástima que a mí, en lo particular, no me gustó tanto como esperaba.

sábado, 21 de septiembre de 2013

El mexicano lee pocos libros de historia

Para nadie es un secreto que en México la mayoría de la población no lee, aunque eso se compensa un poco con un pequeño porcentaje de mexicanos que leen mucho. Pero lo cierto es que en México se leen pocos libros de historia, y los que son superventas están acompañados de costosas campañas promociónales.
Aunque cabe resaltar que al mexicano sí le gusta saber su historia, pero no leerla, prefiere que se la cuenten. Y ésa es la razón por la cual matones como Francisco Villa y Rodolfo Fierro son considerados héroes. También a esa costumbre mexicana se debe el hecho de que los errores que ya se cometieron en el pasado se estén repitiendo actualmente.
Que los mexicanos no leen los libros de su propia historia es un dato que puede obtener con facilidad cualquiera que sí tenga la afición de leerlos. Hay muchos clásicos de historia que son imposibles de hallar en las librerías. Están agotados, no se editan, de algunos la última edición fue hace muchos años.
Obras excelentes de historiadores y cronistas de los siglos XIX y XX, que en su momento tuvieron buena recepción y que están avalados por serios estudiosos de la historia mexicana, de milagro los encuentra uno en bibliotecas o en librerías de viejo.
Eso ocurre porque sencillamente no son demandadas por los lectores. Si la situación fuera al contrario, se editarían con mucha frecuencia y estarían a la vente casi de manera ininterrumpida, pero como nadie quiere leerlos, los editores y libreros sencillamente no se preocupan por ponerlos a la venta.

Lee otra reseña: El dictador resplandeciente

lunes, 15 de abril de 2013

La familia secreta de Pancho Villa – Rubén Osorio


Hace poco leí este libro y me ha resultado por demás interesante. No es una biografía de Villa, sino una tesis sobre sus orígenes. El autor, Rubén Osorio, un investigador al parecer muy serio en su trabajo y bastante bien documentado, sugiere -porque le es imposible probar- que Pancho Villa era judío. Así las cosas, León Trotsky y Tomás de Torquemada ya no estarán tan solos en la lista de judíos malos.
Pero Villa no era judío en el sentido religioso y cultural del término, sino que simplemente descendía de hebreos por la rama paterna. La teoría que investigó el autor va en el sentido de que la madre del matón revolucionario, Micaela Arámbula, antes de casarse con Agustín Arango, trabajó de sirvienta en la casa de un acaudalado hacendado de nombre Luis Fermán, con quien se relacionó y el producto de ello fue Villa.
Así que la barba cerrada, negra y gruesa y el color moreno pálido que caracterizaba al más famoso revolucionario americano después del Che Guevara no era producto de su ascendencia española cruzada con morisca, sino de sus raíces hebras, al parecer.  
Ante la imposibilidad de desenterrar cuerpos para hacer pruebas de ADN, Rubén Osorio contactó a los miembros de la familia Fermán, regados por México y algunos en otros países, todos sabedores de su posible parentesco con Villa pero la mayoría ignorantes sobre su identidad judía.
Los Fermán al parecer desde que llegó el primero de ellos a México a principios del siglo XIX, proveniente de Liechtenstein, abrazaron el catolicismo para no tener problemas en un país donde entonces, e incluso ahora, no ser seguidor del Papa podía traer serios problemas.
Osorio los entrevistó a todos para recoger sus conocimientos sobre el parentesco con Villa. Ellos, en su mayoría, demostraron al autor estar al tanto de la leyenda. Villa, según los diversos testimonios, sabía sobre su origen e incluso llevó buenas relaciones con su medio hermano, Miguel Fermán, con quien lo unía un parecido físico ciertamente notable.
La investigación de Osorio, al no sustentarse más que con fotografías y una historia oral que ha pasado de generación en generación dentro de una familia, no llega a probar el verdadero origen judío de Villa, pero eso no le quita valor al libro. Vale la pena sentarse a leerlo porque de los muchos libros que hay sobre Pancho Villa éste es radicalmente diferente a los otros.

Lee otra reseña: Un viaje a México en 1864

lunes, 31 de diciembre de 2012

El rey viejo – Fernando Benítez


Muchas veces me había encontrado con esta novela en librerías sin que me decidiera a leerla. Desconfío casi por antonomasia de cualquier libro que veo en todas partes. Por fin hace poco decidí llevarme a casa El rey viejo y me puse inmediatamente a leer. Me sorprendí mucho porque es sin duda una obra maestra, una de las mejores novelas mexicanas de cuantas se escribieron en el siglo pasado.
Aunque es una novela revolucionaria no fue escrita en los años posteriores al conflicto; su autor, Fernando Benítez, la publicó en 1959, cuando la revolución era ya más un mito desfigurado que un doloroso presente.
La novela relata los últimos días de vida del presidente Venustiano Carranza. Inicia poco antes de que él decide trasladarse a Veracruz al darse cuenta de que la mayor parte de ejército lo ha traicionado y se ha pasado al bando de los sonorenses.
El narrador es un personaje educado y culto que goza de la amistad de Carranza y que ocupa un puesto dentro de su gabinete. Desde su perspectiva el lector aprecia la difícil situación que vivía el gobierno carrancista, la fortaleza del presidente y de algunos militares que permanecieron fieles a él, como el general Francisco Murguía, hombre bravo entre los bravos y de una sola lealtad.
Parte de la novela transcurre en los trenes que llevaban al gobierno constitucional rumbo a Veracruz, trenes perseguidos por la traición que de ninguna manera podían llegar a su destino. Después el narrador nos lleva a la sierra de Puebla, en un difícil trayecto camino a Tlaxcalantongo, hacia el previsible final que los sonorenses habían planeado para Carranza y del que no podía escapar.
El mayor mérito dentro de la novela radica en la perfecta forma en cómo el autor retrató la lucha de la voluntad de Carranza contra el caudillismo. Aquella traición de los sonorenses no se debió a diferencias ideológicas sino de intereses. Los militares sólo podían estar contentos en la guerra o en el poder. Una vez terminada la guerra, con Villa como único enemigo escondido en la sierra de Chihuahua, era imposible que un descomunal ejército ocioso decidiera sencillamente desaparecer y dar paso al México civil. Tanto heroísmo por parte de los militares era sólo un sueño de Carranza, ellos querían su recompensa por haber luchado en la revolución y no aceptarían que se les arrebatara la presidencia.
Carranza, como Cicerón, quería a los militares fuera del poder porque no ignoraba lo peligrosos que podían ser, y como a Cicerón también lo mandaron matar, porque cuando los militares han decidido adueñarse del poder es imposible detenerlos si no hay otros militares que se les opongan. 

Le otra reseña: Maximiliano íntimo

viernes, 14 de diciembre de 2012

Pedro Lascuráin, el presidente impoluto


En la historia de México hemos tenido presidente verdaderamente detestables. Y más en tiempos de revolución. Algunos no sólo se apropiaron junto con su familia, allegados, amantes, compinches y demás, de los fondos públicos, también dejaron la economía del país en el más puro esqueleto.
Hemos tenido, desgraciadamente, de todo, de todo lo malo, en cuanto a presidentes se refiere. Empezando por el noble Vicente Guerrero, que no sabía casi leer y menos gobernar; pasando al desequilibrado comediante y corrupto Santa Anna, quien tampoco sabía gobernar pero su amor por el protagonismo lo hacía fingir que sí sabía. Experto era este hombre en vaciar las arcas de la nación. Luego en tiempos de guerra devolvía un poco de lo robado para fortalecer al ejército, porque patriota, ese loco insufrible, sí era.
También tuvimos al rustico Juan Álvarez, militar medio cobardón pero cacique en su región que se apropió unos meses de la presidencia sin saber exactamente en qué consistían sus funciones. Y cómo olvidar a los presidentes triunfadores de la revolución, los peores que hubo en ese entonces en el continente. Obregón y Calles no sólo fueron un par de fanáticos dispuestos a todo lo malo, también fueron los fundadores de un régimen más intransigente que ellos que aplastó la economía ya de por sí aplastada, muy aplastada, por la revolución.
Y para cerrar el siglo pasado, México tuvo la malísima suerte de tener tres pésimos presidentes uno tras otro. Es cierto que un mal presidente puede ser soportado. Hasta en Estados Unidos lo hacen, pero siempre y cuando tras él llegue otro que contrarreste sus fracasos. Pero si detrás de uno malo llega uno pésimo y tras éste otro peor, las consecuencias tienen que ser por lógica devastadoras.
México padeció a Echeverria, a López Portillo y a De la Madrid uno tras otro. Fueron dieciocho largos años en los que el mexicano tuvo que aprender a vivir fingiendo que comía. Tuvo que ser Salinas, el Innombrable acusado todo tipo de corrupciones y actos inhumanos y antipatriotas, el que le dio un nuevo empuje a la devastadísima economía nacional.
Y en fin, hemos tenido presidentes de todo tipo. Malos, muy malos, y torpes, muy torpes, desde matones consumados hasta comunistas más comunistas que Stalin. Pero México también tiene el antecedente de haber sido gobernado por un presidente impoluto. Se fue tan limpio que ni en Estados Unidos han tenido otro igual. No devastó la economía, no se llenó los bolsillos, no hizo inversiones idiotas, no deterioró las relaciones con el exterior, no abusó de su poder, incluso aunque le tocó gobernar en una época turbulenta no cometió crímenes de Estado. En resumen, este presidente no le hizo ningún daño a su país.
Su período presidencial, es cierto, fue breve. Quizás por eso no metió la pata ni se endiosó con el poder. Pero es el único presidente de México al que los historiadores no podrían acusar de haber sido corrupto durante su administración, que ya es mérito. Se llamó Pedro Lascuráin, y gobernó cuarenta y cinco largos… minutos.

Lee otra reseña: El triste porvenir de los países latinoamericanos