viernes, 27 de febrero de 2015

El arte prehispánico como símbolo de México

Recuerdo que cuando era niño me llamaban la atención las figuras del arte prehispánico que figuraban en algunos billetes y monedas. Con el paso del tiempo, al transcurrir mi niñez, me fui dando cuenta de que piezas como  la Piedra del Sol, cabezas olmecas, pirámides o los chac mool, entre otras, eran símbolos de México profundamente arraigados, parte de la identidad cultural del país, pero ¿ha sido así siempre?
La historia nos dice que no. La Nueva España fue fundada sobre la degradación del arte de las antiguas culturas por pagano y por contradecir a los cánones estéticos europeos. Apenas unos años antes de que iniciara la guerra de independencia, fueron descubiertas la Piedra del Sol y la Coatlicue en unas excavaciones en la Ciudad de México. Esta última fue vuelta a enterrar porque causó horror a quienes la vieron.
Los fundadores del México independiente tampoco hicieron mucho caso a lo que habían producido los antiguos mexicanos. Lucas Alamán logró la creación de un museo donde las piezas estaban aventadas al ahí se va como en una especie de basurero. Llamaba mucho la atención que los extranjeros les dedicaran tanta atención y estudio a esas piezas tan “feas”, grotescas, símbolos de barbarie.
Maximiliano fue sin duda el primer gobernante mexicano en interesarse tanto por el arte antiguo como por los indios vivos. Era un hombre acostumbrado, gracias a sus muchos viajes, a las diferentes bellezas del arte. El ejército francés también llegó con una expedición científica como otrora lo hiciera Napoleón I en Egipto, con el fin de hacer investigaciones sobre sobre ese exótico patrimonio de los mexicanos. Pero a éstos, los dueños de esas reliquias, en su mayoría les daba igual si se las llevaban o las volvían a enterrar.
Mas, extrañamente, con la muerte de Maximiliano y la partida de ejército francés el arte prehispánico no volvió a quedar en el olvido. Sin duda fue afectado por el cambio que se dio en la sociedad. México había obtenido su segunda independencia y ése fue un buen pretexto para formar una nueva identidad cultural en la que el pasado se unía al presente: empezaron a surgir arqueólogos mexicanos interesados en explorar lo que todavía era un mudo desconocido, había pirámides enterradas, ciudades perdidas en las selvas y casi todas las cabezas olmecas faltaban por desenterrar.
Poco a poco el arte prehispánico empezó a donar iconos y más aún símbolos al pueblo mexicano, tanto hasta llegar a un época en la que tales monumentos tienen casi un carácter sacro donde son de todos pero nadie puede tocarlos más que un Estado celoso con la intención preservar una manera caduca de fomentar un nacionalismo innecesario. 

miércoles, 25 de febrero de 2015

Bibliografía para estudiar el Segundo Imperio y a Maximiliano

No me considero en absoluto un experto en el Segundo Imperio mexicano, pero sí que lo he estudiado por muchos años y es, a decir verdad, mi trozo favorito de la historia de México. Tengo en mi biblioteca una nada desdeñable cantidad de libros que podrían servir como una sólida bibliografía a la hora de escribir un ensayo sobre ese período histórico, una biografía de Maximiliano o de Carlota e incluso del propio Juárez. Hace unos días me preguntaron qué libros recomendaría precisamente como material bibliográfico para escribir un ensayo sobre el Segundo Imperio. Pues bien, las lecturas que recomiendo son las siguientes (muchas de ellas ya las he reseñado aquí):
Primero que nada, habrá que situarse en el contexto histórico; no se entiende a un personaje ni sus errores ni sus acciones si no conocemos dónde estaba parado, en qué sociedad y en qué situación sociopolítica vivía. En esto mucho ayudan las novelas históricas, y más aún las que fueron escritas en esa época (que entonces no eran históricas si no costumbristas, pero que ahora las vemos como históricas).
El Cerro de las Campanas, de Juan Antonio Mateos es sin duda una novela imprescindible para adentrarse en el Segundo Imperio, pero hay que acompañarla de otras lecturas como Clemencia y también de la obra de un escritor ya posterior al imperio, los Episodios nacionales de Victoriano Salado. Aunque me parece un novelón insufrible, Noticias del Imperio es una novela bastante bien documentada, y ni qué decir del Último príncipe del Imperio mexicano, muy reciente pero bastante bien soportada. Y como epilogo al repaso de las novelas sería imprescindible Juárez en el Convento de las Capuchinas: la reunión secreta con Maximiliano.
La parte importante vendrían a ser las biografías. La mejor, sin duda, es la del conde Corti: Maximiliano y Carlota, un libro tan bien escrito como bien documentado. Pero a Corti se le considera algo obsoleto pese a que escribió la obra sobre Maximiliano con mayor soporte bibliográfico. Los libros de Konrad Ratz vendrían a ser ideales para tapar las lagunas que haya podido dejar abiertas Corti. Ratz es un respetado estudioso del Segundo Imperio, su libro, Tras las huellas de un desconocido, si mal no recuerdo publicado en el 2009, vino a tirar muchos mitos y mentiras sobre Maximiliano. También ha editado la correspondencia de la pareja imperial y los informes del barón Magnus, embajador de Prusia en México, al mismísimo Canciller de Hierro. Otra biografía importante sobre Maximiliano la escribió José Manuel Villalpando, aunque remató la tarea con una novela un tanto flojona y poco atractiva titulada Yo emperador.
Las biografías de Juárez tampoco podrían faltar a la hora de estudiar el imperio. Las hay muchas: criticas, neutrales y hagiográficas. Yo recomiendo principalmente dos: la de Justo Sierra y la de Ralph Roeder. Pero evidentemente, aparte de Juárez y Maximiliano, se deben de estudiar a los demás personajes relacionados con el Imperio. Desde Napoleón III y su esposa Eugenia de Montijo, de quienes abundan biografías más por su papel en México por haber sido emperadores de Francia, hasta los generales mexicanos de ambos bandos. Aquí la tarea de hallar libros es difícil, ya que biografías sólo encontramos de Porfirio Díaz, por su posterior papel como dictador, y de Miguel Miramón, por su bravura y carisma. Sin embargo, pelearon entonces infinidad de generales de quienes resulta imposible hallar un buen libro siquiera en un bazar.
Los libros de memorias también son imprescindibles, sobre todo las de protagonistas como José Luis Blasio, el conde Khevenhüller, Porfirio Díaz, el Dr. Basch y los príncipes Salm Salm, por más mentirosas que hayan sido  estos últimos.
Los ensayos como La Intervención francesa en México, del ruso A. Belenki y Ensayo de un Imperio en México, del francés Masseras, también resultan de gran ayuda y nos brindan una visión desde una perspectiva diferente a la que nos ofrece la bibliografía nacional.
Quisiera mencionar también los libros de los viajeros que vinieron a México en el siglo XIX, pero son demasiados y este texto ya se hizo muy largo. Así que considérese la presente apenas una pequeña selección, muy selectiva, sobre la gran cantidad de libros que se pueden consultar para nutrirnos  o incluso escribir nuestra propia versión del II Imperio.

martes, 24 de febrero de 2015

México mutilado – Francisco Martín Moreno

Hace ya algunos años leí México mutilado, pecado de juventud diría un célebre arquitecto.  Se trata de la obra más famosa de Francisco Martín Moreno antes de sus Arrebatos carnales. Leí este libro porque fue el más fácil de hallar en un momento en que pretendía saber qué pasó con esa parte del norte de México tan rica en oro como en petróleo que se perdió en un momento de nuestra historia que nos negamos a estudiar tanto como a olvidar.
La guerra contra los Estados Unidos ha sido siempre el período más doloroso para los mexicanos. Es una espina clavada que duele  tanto por lo que se perdió como por cómo se perdió. México no sacó de allí más que un deslustrado empate en la Angostura del que nadie quiere hablar primero porque abordar el tema es a la vez hablar de la derrota y de la humillación y segundo porque fue la mejor batalla del innombrable Santa Anna, presuntamente traidor en esa guerra y en esa batalla, la mejor de las muchas que encabezó en su larga, caótica, a veces ridícula y triste vida militar.
Algún sociólogo diría que desde la Angostura nos acostumbramos a celebrar los empates como si fueran victorias -sobre todo en el fútbol-, quizás porque éstas se nos niegan con demasiada frecuencia.
Francisco Martín Moreno aborda esa triste guerra en esta novela. Una novela mal contada, por cierto, en la que parece que el propio autor en algún momento se aburrió de escribir. En ella hay dos protagonistas, Santa Anna y Polk. El primero es un amante del poder tanto como de glorias falsas y mulatas. Santa Anna no busca más que protagonismo sin esfuerzo y descanso para liberar el aburrimiento que le causa la política; es un pillo mentiroso capaz de todo con tal acrecentar su ego, y con apenas una diluida pizca de patriotismo que le aflora muy de vez en cuando.
Polk en cambio es un lobo con los colmillos bien afilados, adicto al trabajo y obsesionado con incrementar el territorio de su país quizás ya vislumbrado que años más tarde llegaría a ser con mucho el más poderoso del mundo. La novela es una enorme fila de enormes párrafos que buscan divertir a la vez que ilustrar logrando a medias sólo lo segundo, en donde se aprecia la terriblemente caótica situación política y militar de México, convirtiéndose poco a poco en un país al que se le puede derrotar con un cañonazo. Y, por otro lado, exhibe a un Polk trazando meticulosamente un plan del que un vecino débil no puede de ningún modo salir bien librado.
El libro como obra literaria es peor que la cicuta, y como obra didáctica es digerible sólo si se toma como introducción. También advierto que aquí no se ve por ningún lado al heroico batallón de San Patricio defendiendo un suelo ajeno con más valor del que demostraron los soldados mexicanos. Tampoco al hijo póstumo de Iturbide -salvo una breve mención- peleando con bravura para defender al país que había liberado su fusilado padre.

lunes, 23 de febrero de 2015

Apuntes para mis hijos –Benito Juárez

La mayoría de los políticos  escriben y dicen unas cosas y hacen otras totalmente diferentes. Eso no tiene nada de raro: la naturaleza del político es mentir para prosperar en sus proyectos personales. Pocos son los que tratan de hilar congruencia entre dichos y hechos. Y aunque motivos para criticarle siempre habrá si tomamos la precaución de situarnos en su contexto histórico, Juárez fue uno de esos hombres que buscó la congruencia y tal vez no para la posteridad, si no para conciencia como político, como mexicano y como padre.
Su libro Apuntes para mis hijos es una joya literaria, un manual del buen político y una prueba de su sensatez. En esta pequeña obrita el presidente recoge su vida hasta mucho antes de que fuera el hombre que pasó a la historia. Juárez nos habla aquí de su condición de niño indígena, de su calidad de protegido de un cura que pretendía que tomara los hábitos, de su aborrecimiento por esa sola idea, de su interés por la jurisprudencia, sus luchas como abogado contra el fanatismo y la corrupción.
Pero la parte más valiosa del libro es su etapa como gobernador. Juárez, sin decirlo nunca y quizás sin pretenderlo pero hablando de su experiencia, nos habla de un modelo de buen gobernador, de un liberal que intenta fomentar el libro comercio, no obstruirlo ni ser parte de él como político pero  sí facilitarlo, de su pleno convencimiento de que religión y leyes juntas son nocivas para el desarrollo de la sociedad, y de que el imperio de la ley es indispensable y vale la pena cualquier sacrificio para lograrlo.
Es lamentable que este libro no sea un clásico en el estudio de la historia de México. Y no lo es sencillamente porque se queda muy lejos de llegar a la etapa en la que el presidente habría de contar por qué no perdonó a Maximiliano, que es la parte que interesa de Juárez a todo el mundo. Pero bueno sería que este libro tuviera más seguidores de los que tiene, porque aquí Juárez nos habla del honor y la dignidad con que habría de actuar un buen político -de cualquier nivel de gobierno-, de esos que, por desgracia, en México no hay.

viernes, 23 de enero de 2015

Clemencia – Ignacio Manuel Altamirano

Clemencia es una novela del siglo XIX que podríamos catalogar como la cúspide del romanticismo mexicano, toda vez que aceptemos primero que éste existió. Es, junto con Navidad en las montañas, la obra más conocida de Ignacio Manuel Altamirano, el escritor por excelencia de la Reforma y el Imperio.
Los hechos se sitúan en la ciudad de Guadalajara, poco antes de que sea invadida por los franceses. Allí se acuartela el ejército mexicano, todavía lamiéndose las heridas provocadas por la toma de Puebla, justo en el prefacio del Segundo Imperio.
En tales circunstancias, está muy arraigado en algunos tanto el patriotismo como la traición, de manera tan indistinta y confusa como para que el traidor se sienta patriota y el patriota traidor. Trasladándonos a la época, recordemos que no existía un gobierno consolidado, que años y años de revoluciones no habían construido una identidad nacional por la cual inclinarse sin albergar dudas.
Muchos mexicanos realmente veían el apoyo a los franceses y, más aún, a Maximiliano como la forma correcta de construir un México pacífico y próspero. En la reciente novela Juárez en el Convento de las Capuchinas, la reunión secreta con Maximiliano, el emperador le reprocha al presidente el hecho de que algunos mexicanos hayan sido obligados por los juaristas a pelear por la causa de la república, siendo llevados al campo de batalla incluso encadenados.
Así las cosas, algunos militares se sienten seducidos por el bando francés, como es el caso de Enrique Flores, un guapo comandante, alegre y carismático e irresistible para las mujeres, y que no ve la hora de cambiarse al bando del enemigo. Pero por otro lado tenemos a Fernando Valle, un hombre poco atractivo, serio y hermético, desagradable por su forma de ser incluso para sus camaradas de armas, pero indudablemente patriota y bravo, veterano de la batalla de Puebla.
Flores y Valle se enamoran de la hermosa Clemencia, y ésta, superficial aunque se cree muy analítica, sólo usa a Valle para animar los celos de Flores, de quien se siente perdidamente enamorada por su carisma y galanura. A la hermosa joven le dolerá mucho, en esta romántica historia, darse cuenta de qué tan cobarde es realmente Flores y cuán barato vende su honor, y la clase de hombre sacrificado y valiente que es Valle, capaz, como un caballero de la época, de ir al paredón porque sea feliz la mujer a la que ama, sin que apenas ésta le dedique una sincera sonrisa.

jueves, 22 de enero de 2015

Arqueología – Enrique Vela

Hace unos días compré este libro pensando que era un ensayo detallado  sobre el estudio de las ruinas y monumentos prehispánicos a lo largo de los siglos en México. Lamentablemente no fue lo que esperaba, porque se limita a ser un álbum fotográfico.
Me sedujeron la portada y la sinopsis, mas no pude echarle una ojeada al contenido porque tenía el típico forro de hule. El libro propone ser un breve ensayo del estudio arqueológico en México desde la llegad de los españoles, pero apenas llega a ser una demasiado breve introducción.
Si por algo puedo decir que mereció la pena la compra, es porque contiene muchas fotografías de sitios y monumentos históricos que creo aún no están disponibles en Google.  Algunas son demasiado interesantes. La historia de la arqueología mexicana es de una riqueza invaluable, y desde que se hizo acompañar de la fotografía, han quedado para la posteridad imágenes sencillamente extraordinarias.


lunes, 12 de enero de 2015

La descriminalización del emperador Maximiliano

En México en los últimos años a nuestras autoridades les ha dado por intentar descriminalizar casi todo. Al paso que vamos, y al no poderlos evitar, llegará una época en que querrán que los homicidios ya no sean delito, lo cual no deja de ser preocupante. Pero a la par de nuestras autoridades, algo que no es, como en este caso, una estupidez si no un fenómeno cultural, a la sociedad mexicana le ha dado por descriminalizar a los personales históricos.
Esto, dependiendo de cómo sea visto, resulta algo positivo, porque evidencia que nos estamos sacudiendo ese fanatismo nacionalista en mal momento engendrado por una historia oficial que el pueblo se tragó en tiempos pasados por su nunca abandonado amor al analfabetismo.
Últimamente, al husmear en la red, me he dado cuenta de que los mexicanos han empezado a descriminalizar a Maximiliano, algo extraño a la vez que interesante. Extraño porque habría sido lógico que el primero en librar el juicio de la historia fuera Porfirio Díaz, mexicano por nacimiento y el artífice de la consolidación de México como una nación autentica.
E interesante porque el hecho de que muchos mexicanos vean con buenos ojos a un extranjero que llegó amparado por un ejército invasor, indica la desaparición de prejuicios que en otros lugares del mundo no son más que el germen de un nacionalismo fanático que muchas veces desencadena innumerables tragedias.
Maximiliano oficialmente en México fue lo que fue y que nunca se ha ocultado: un gobernante impuesto por un ejército invasor. Pero no se puede dejar a un lado que era un hombre carismático, noble y muy sentimental, que si bien fue el intermediario entre muchos patriotas mexicanos y el pelotón no tenía madera de asesino.
Sus leyes, algunas muy sabias, fueron después adoptadas hasta por los juaristas. Fue precursor de la injerencia del Estado en muchos aspectos, sensibles para la sociedad más desprotegida, que habían sido ignorados por otros gobiernos con el pretexto de las constantes revoluciones.
Y esas facetas suyas, que tampoco estuvieron ocultas nunca, son las que hoy provocan que muchos mexicanos le intenten hacer justicia. A fin de cuentas, ese carisma que lo caracterizó en vida ha logrado  despertar afectos a siglo y medio de su muerte. En la novela Juárezen en el Convento de las Capuchinas, el propio Don Benito se siente por momentos seducido a la vez que conmovido por esa cortesía y esa nobleza de Maximiliano, que le dejan claro al presidente que tiene enfrente a un hombre ambicioso, pero nunca a un hombre malo.

sábado, 10 de enero de 2015

El precio del poder: gobernantes de México que fueron asesinados

México bien podría ser considerado un país de ingratos, porque mientras que Estados Unidos colmó de glorias a sus libertadores, aquí fueron fusilados. Los dos generales victoriosos que entraron a la ciudad de México pregonando que el país era una patria independiente y libre, Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero, fueron pasados por las armas. Ambas ejecuciones de mandatarios mexicanos y a la vez libertadores por parte del propio Estado, metieron en un dilema al PRI al momento de reescribir la historia. No se podía glorificar sin rayar en la hipocresía a dos hombres que México mismo había fusilado. Así que todas las glorias fueron recorridas hacia atrás, hacia Morelos e Hidalgo, porque a éstos, aunque no consumaron la liberación del país, los mató España, no México. Ellos podían ser considerados mártires y no víctimas de sus propios compatriotas, como Guerrero e Iturbide. 
Años después, tras muchos presidentes que salvaron la vida de milagro, fueron fusilados Miramón y Maximiliano, este último, como Iturbide, también en calidad de emperador. El propio Santa Anna estuvo a punto de poner el pecho al fuego de los fusiles, y si no fue así se debió a que sus jueces, al considerarlo poco peligroso en su calidad de octogenario, le perdonaron la vida, acto que desató la ira de Juárez.
Al consumarse el Porfiriato, años después de la caída del segundo imperio, ya parecía que México se había convertido en un país civilizado, donde se respetaba la figura del presidente. Nada más lejos de la realidad. Cierto que Díaz fue respetado, que logró darle solidez al cargo, pero todo eso acabó con su defenestración.
La revolución mexicana se cargó la vida del presidente Madero y su vicepresidente Pino Suárez. Pero allí no se aplacó la fiera. Carranza, el vengador de Madero, igualmente fue asesinado sin miramientos. Y, por último, Álvaro Obregón, el triunfador absoluto de toda la matanza que despobló al país, también pagó su amor por el poder con el cuerpo lleno de balas.
Ahora a nuestros presidentes les da por gastar mucho y meter de sobra la pata. Ya no le temen al pueblo porque hace casi 90 años que no le cobra a un gobernante sus errores con la vida. Quizás porque el pueblo está adormilado, a nuestros nada admirables políticos se les ha olvidado que no por dormido deja de ser una fiera indomable cuando le colman la paciencia.

lunes, 5 de enero de 2015

El Segundo Imperio, ¿un proyecto inviable?

Muchos desde incluso antes de que Maximiliano aceptara el trono de México ya aseguraban que el proyecto era inviable, que las consecuencias serían catastróficas y que el príncipe que se aventurara en algo tan temerario correría serios peligros. Una vez consumado el epilogo del Cerro de las Campanas, esas voces cobraron la mayor de las credibilidades, porque sencillamente habían tenido la razón, pero ¿es cierto que el proyecto era inviable?
La realidad es que sí hubo posibilidades de consolidación pese a que, indudablemente, el fracaso era lo más lógico. Quienes aseguraban que Maximiliano saldría muy mal parado de la empresa, fundaban sus dichos partiendo del que hecho de que en los Estados Unidos el Norte Ganaría la guerra y Lincoln no le daría jamás su reconocimiento a una monarquía en su frontera sur. E inclusive se sentiría tentado a enviar a su poderoso a ejército a México para echar del continente a los franceses.
Esa posibilidad también la contempló también Napoleón III, por ello aprovechó para invadir México cuando el sur, comandado por el temerario general Lee, estaba ganando la guerra en Estados Unidos. Otros simplemente argumentaba que México era un país adicto a las revoluciones y que por ello el príncipe austriaco bien podía ser víctima de un cuartelazo o, peor aún, de un atentado.
Por el lado del patriotismo, también la supervivencia del imperio fue puesta en duda argumentando que los mexicanos jamás aceptarían a un gobernante invasor que llegaba al país amparado por las bayonetas francesas, y que el pueblo prefería la república tanto como le era desconocida la monarquía.
La realidad es que una vez puesto me marcha el imperio, éste se vio tan viable que si se derrumbó fue precisamente debido a que el Norte ganó la guerra en los Estados Unidos. Gracias a esto, Juárez recibió armas mortíferas y muy potentes que hicieron más poderoso a su otrora débil ejército, aparte de que Napoleón fue presionado por el vecino país del norte para que retirara sus otras o de lo contrario tendría que enfrentar una guerra en desventaja.
Esto dejó a Maximiliano sin el apoyo de las tropas extrajeras y con un enemigo bien armado que pronto empezó a apoderarse del país, lo que al poco tiempo provocó la irremediable caída del imperio.
Pero si el Sur hubiera ganado la guerra, es muy probable que hoy México tuviera un emperador, aunque fuera tan de adorno como los reyes en Europa, si es que no lo hubiera derribado la revolución, de haber existido también ésta, claro.
Porque para ningún historiador es un secreto que Maximiliano fue realmente querido por el pueblo. Si bue la población odiaba a los franceses, ante ese emperador gentil y cálido, con una voz tan agradable, todos se sentían seducidos. Además, tenía un verdadero programa político que contemplaba corregir la mayor parte de lo que estaba mal en México. Si el Norte hubiera perdido, Juárez no habría recibido ninguna clase de apoyo militar y Napoleón sin duda alguna hubiera prolongado su apoyo, lo que sin duda habría propiciado la derrota republicana tarde o temprano.
Indudablemente, el imperio fue viable, se pudo consolidad y de haber sido así, seguramente hoy México no sería lo que es. No se puede descartar el hecho de que muy probablemente, sería mucho más próspero y poderoso de lo que lamentablemente es.

viernes, 2 de enero de 2015

Memorias del Jardinero de Maximiliano

Este libro no lo voy a reseñar porque de hecho no lo he leído. Al parecer fue editado apenas hace poco más de un año, pero, cosa rara, no lo hallo en ninguna librería. Se supone que si esa edición se agotó muy rápido, la editorial habría sacado la segunda lo más pronto posible para aprovechar el auge de las ventas, pero nada.
Me considero un buen cazador de libros sobre el segundo imperio, pero éste sencillamente se me escurre. Si alguno de mis pocos lectores sabe en qué librería lo venden, agradecería indicarlo en un mensaje.

jueves, 1 de enero de 2015

Episodios nacionales. Corte de Maximiliano. Orizaba - Victoriano Salado Álvarez

Esta novela histórica-cómica, que las hay, fue publicada por Victoriano Salado Álvarez en el crepúsculo del Porfiriato. El autor, un diplomático e historiador mexicano, usó el estilo de Pérez Galdós  en sus episodios nacionales y nos regala una obra si no extraordinaria sí apreciable, con algunos fallos históricos justificables por las lagunas que había aún entonces sobre el segundo imperio.
El argumento trata sobre una condesa mexicana, metida quién sabe cómo en la corte de Maximiliano desde que éste pasaba en Miramar sus días previos a su viaje a México. Nuestra condesa es sarcástica, cultura, nada tonta y sí muy guapa, y también carece de fondos, situación que de hecho compartía con la mayoría de los miembros del sequito del emperador.
La condesa llega a México con Maximiliano, es testigo de la estrafalaria y ridícula recepción que le hacen los conservadores, a la vez que se deja enamorar por un delincuente que también se ha infiltrado en la corte.
Las circunstancias hacen que la guapa condesa termine, de buenas a primeras, en Michoacán, participe en la famosa batalla de Tacámbaro y del lado de los belgas, donde murió el hijo del ministro de guerra de Bélgica, caiga prisionera, sea testigo de los fusilamientos que tanto enfurecieron a los generales republicanos y al propio Juárez, a decir, los de Nicolás Romero y los generales Arteaga y Salazar, quienes murieron juntos y juntos nos los encontramos en nombres de calles y avenidas.
La condesa también viaja a Europa con Carlota, contempla su locura y regresa a México para ver cómo Maximiliano se debate en Orizaba entre partir a Europa llevándose la vida y dejando el honor o quedarse a conservar el honor y perder la vida.
Por momentos el libro se me hizo un poco tedioso y aburrido, no obstante, vale la pena. Algo a su favor es que la edición de Porrúa, la que yo tengo, cuenta con algunas ilustraciones nada desdeñables, cosa rara en ese tipo de ediciones baratas.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Juárez en el Convento de las Capuchinas, la reunión secreta con Maximiliano

El segundo imperio mexicano es sin duda el período de nuestra historia que mejor funciona como fuente de literatura. Podría decirse que se debe al hecho de que hubo en México soldados de varias nacionalidades, a que fue un conflicto que llamó mucho la atención de Europa y a que incluso los intelectuales más brillantes de entonces estuvieron al tanto y varios le dieron su apoyo públicamente a Juárez, y en realidad eso es cierto, pero más importancia que todo lo anterior la tiene el hecho de que el conflicto acabó con el fusilamiento de un miembro de la realeza europea, vástago de una importante familia imperial. Eso, principalmente, fue lo que hizo del segundo imperio una fuente inagotable de literatura para mexicanos y extranjeros.
Ese suceso sigue dando frutos literarios en libros impresentables y pesimamente mal documentados, como el primer capítulo del primero de los Arrebatos carnales de Francisco Martín Moreno, y en obras de calidad respetable que aún hoy en día, a casi siglo y medio de que concluyera el suceso, siguen sorprendiendo.
La novela histórica Juárez en el Convento de las Capuchinas, la reunión secreta con Maximiliano, es un breve pero interesante libro que sorprende por su brillantez y por la calidad de la filosofía que nos regala. ¿Cuál filosofía? La de Juárez y, por supuesto, también la de Maximiliano.
En esta novela, aquella entrevista que con tanta insistencia Maximiliano le pidió a Juárez finalmente se realiza. El presidente victorioso visita a su prisionero apenas unas horas antes de que lo fusilen, la noche del 18 de junio de 1867. Y, como podríamos esperarlo, ambos hombres se enfrentan, pero educadamente, como los dos caballeros que eran. Cada uno defiende sus actos y cuestiona los del otro con argumentos sólidos, cada uno hace titubear al otro por momentos y… bueno, creo que lo mejor es leer esta novela breve pero extraordinaria.

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