domingo, 13 de marzo de 2016

El Juarismo como símbolo

Cualquier mexicano adulto que haga un poco de memoria y recuerde sus días de primaria y secundaria sin duda recordará que el propósito del plan de estudios en la asignatura de Historia de México consistía básicamente en meter a Juárez en la mente del niño como un símbolo nacional impoluto e inalterable, un ejemplo, un caudillo al que la patria tenía mucho que agradecer y cuyos principios el régimen actual practicaba religiosamente.
Esto no se debía a que el PRI anterior a Fox fuera realmente un continuador de Juárez y sus ideas. El PRI fue una dictadura que cambió de derecha a izquierda conforme los vaivenes de la política internacional lo arrastraban. Su continuidad liberal hacia Juárez y el juarismo nunca existió.
Pero Juárez se hizo secuestrable como símbolo para políticos descarados que quisieran lucrar con su imagen. Un indio del origen más humilde que no tenía ni el español por su lengua materna, idolatra de la ley, riguroso con el gasto público, con una voluntad de hierro, enfundado siempre en una imagen de juez recto, de patriarca sabio que perdura hasta nuestros días, es el símbolo ideal para los pueblos que añoran buenos políticos.
Juárez tuvo defectos, como todo hombre, pero en las turbulentas épocas en que le tocó acompañar a su país en un cargo importante no flaqueó; sí que cometió errores, no perdonó a sus enemigos y algunas veces ni a sus amigos. Pero fue un gran presidente que llegó tan lejos como a arriesgarse a ser considerado un traidor en aras de un país mejor, con leyes que permitieran una noble convivencia entre los mexicanos y un comercio sano.
Pero un hombre así no es imitable para la clase política, la clase política necesita dinero, inmunidad y privilegios, no sacrificarse. Juárez no fue abordado por el PRI con la intención de portarse a su imagen y semejanza. Sólo se apropiaron del símbolo. El buen uso de los símbolos del pasado muchas veces ayuda a que un pueblo no note la corrupción del presente. Ésa fue la función de Juárez con el PRI.

miércoles, 9 de marzo de 2016

El amigo del sicario – Adam J. Oderoll

Las más grandes novelas de Rusia y quizás de Europa fueron escritas en el siglo XIX por un puñado de grandes escritores que no hicieron más que retratar a su época y a su país, esa Rusia Zarista que practicó la esclavitud mucho después de que las monarquías absolutistas se habían desmoronado en todo el continente.
Hay quien dice que sólo así nacen las grandes novelas y en general las grandes obras de arte, las que describen la realidad tal cual es y en su momento, no medio siglo después cuando ya no levantan polvo. Pues bien, hoy, después de una larga ausencia, quiero hablar de El amigo del sicario, una novela mexicana que describe a México tal cual es justo ahora.
La novela nos lleva a conocer la historia de Sebastián, un niño educado en un pueblo por su abuela, de quien aprende el valor de la amistad con  principios épicos, de otros tiempos, cuando un amigo no era alguien a quien practicarle bullying sino alguien por quien se daba la vida. Pero Sebastián, por más que lo desea, no tiene ningún amigo, no va a la escuela y no convive con nadie. Al morir su abuela es enviado a la ciudad con sus padres, quienes no le hacen mucho caso.
El niño pasa el día en las calles, caminando, con hambre, en busca de un amigo al cual tratar como le enseñó su anciana abuela, con respeto, con honor, aceptándolo tal cual es, sin reparar en sus defectos. Un buen día ese amigo aparece con el nombre de Karonte, el mejor sicario de México, el más infalible y letal, una leyenda que causa miedo a su paso. Pero el Karonte no quiere amigos, no sabe incluso qué es a grandes rasgos la amistad. No obstante, se sorprende al ver que el niño no le tiene miedo, que le ofrece su amistad sabiendo cuál es su oficio.
Consumada la amistad, cada cual hace lo mejor para agradar a su amigo. El niño es todo un caballerito medieval, en su presencia nadie puede ofender a su matón amigo sin irritarlo. El sicario se convierte en un recipiente que absorbe todos los valores que el niño destila, todas sus máximas, y más que todas una: un hombre nunca perdona al que lastima a su amigo.
Pronto una ciudad atestada de criminales, y de policías y políticos corrompidos hasta la medula, cae en un reinado del terror porque el Karonte, el mejor sicario de todos, deambula en su camioneta Ford clásica dispuesto a dar la vida pero primero a matar a cuantos haga falta sólo por una poderosa razón, salvar a un amigo.
Una novela que nos lleva al violento México actual, con todo, absolutamente todo, lo que eso implica. Pero también una obra que nos lleva a conocer el valor de la amistad, ese que quizás sí ya no es actual, sino que se quedó perdida en otros tiempos.

jueves, 19 de marzo de 2015

El arte gótico en México

Uno de los estilos artísticos del pasado más hermosos, más enigmáticos e intimidantes sin duda es el gótico. Se trató de la consolidación, y evolución, del arte románico, toda vez que éste había sido más que una búsqueda de belleza un rompimiento con el arte clásico pagano del gran imperio que había sido Roma.
El gótico no llegó a México en su presentación arquitectónica.  Cuando Cortés invadió y conquistó el país Europa estaba disfrutando de los avances del renacimiento, por lo que ningún edificio con sus rosetones y su pináculo alargado se edificó no sólo en nuestro país sino en cualquier otra parte del continente.
Pero con la escultura hubo mejor suerte. Infinidad de templos del siglo XVI en varias partes del país están engalanados con obras góticas. La justificación de este anacronismo es fácilmente explicable. Los frailes evangelizadores, además de que no eran artistas, tenían por misión no innovar en las artes sino arrimar a los indios al cristianismo. Querían que éstos se empaparan del arte cristiano, y daba igual que fuera románico, gótico o renacentista, este último el contemporáneo por entonces.
Al haber en la escultura mucha más libertad que la arquitectura por sus dimensiones, costos, usos y responsabilidades, no fue difícil que bastantes estaturas religiosas fueran producidas en arte gótico, a partir de dibujos traídos del viejo continente.
La arquitectura tuvo que esperar varios siglos para imponer su belleza en el país. Pero ya no como gótica sino como neo. En el período romántico de las artes el estilo fue nuevamente adoptado en Europa y, como entonces las modas cruzaban el atlántico al igual que ahora, pronto empezó a germinar en América el gusto por la arquitectura neogótica.
Pero en México se edificó más bien poca. Algunas ciudades sólo cuentan con un ejemplar y otras con ninguno. El Santuario Guadalupano de Zamora quizás sea la obra más costosa que se hizo en el país en este estilo. ¿Por qué no se inundó México de neogótico pese a su gran belleza? Porque el gusto de la sociedad porfirista obedecía ciegamente al estilo neoclásico como parte de su característico afrancesamiento.
Quizás pudo haber evolucionado con los años hasta llegar un momento en que el neogótico superara por fin al neoclásico y hoy tendríamos muchas de esas hermosas, esbeltas y misteriosas iglesias, pero llegó la revolución y con ella en México, al igual que en Europa con la Gran Guerra, cambió todo en cuanto al arte se refiere. Una pena.

viernes, 13 de marzo de 2015

200 años de poesía mexicana

Este libro es una recopilación de poesías mexicanas a lo largo de dos siglos. Están los mejores. Y otros de relleno. Se trata de una edición conmemorativa que surgió con motivo del bicentenario de la independencia y del centenario de esa matanza por intereses políticos y egoístas que muchos torpemente, y por ignorancia o conveniencia, conocen como una revolución por los derechos de las clases más menesterosas. Nada más lejos de la triste realidad.
Pese a que es un libro que podríamos llamar de colección, no es tapa dura, mas por el contenido bien vale la pena hacerse de él. No sólo están los poetas consumados, sino otros escritores que débilmente se dedicaron a la poesía. Encontramos poemas de Andrés Quintana Roo y Fernando del Paso. Falta Álvaro Obregón con sus Fuegos fatuos, un poema tan extraordinario que merece ser difundido aunque lo haya escrito un matón venido a presidente con delirios de faraón. La poesía no se juzga por quién la escribe ni para quién. Es una breve reseña en clave de la evolución de la vida, de sus miserias y sus tristezas, de sus recuerdos más dolorosos que a veces, algunas pocas, se convierten el bellisímos poemas.
En fin, un libro ideal para quien quiera reunir en poco espacio a casi todos los poetas que han nacido y escrito desde poco antes que México fuera un país independiente.

miércoles, 11 de marzo de 2015

La ruta de la libertad – Fernando Benítez

De Fernando Benítez ya he hablado anteriormente. Reseñé si impagable novela El rey viejo, una de las mejores novelas mexicanas del siglo pasado y quizás la mejor de las que tienen a la revolución mexicana como marco.
El autor dio vuelo a su prosa con la historia de México. Se ocupó de personajes y períodos desde la conquista hasta la revolución, lo que le dio el honor de ser uno de los más refutados hombres de letras de su tiempo, y de su carrera como escritor, que no fue para nada corta.
En La ruta de la libertad se ocupada nada menos que de Hidalgo. El libro es de mediados del siglo pasado, época en la que todavía el cura era por decreto el padre de la patria, un genio militar y político de manera indiscutible. Recordemos que como el propio pueblo de México fusiló a sus dos consumadores de la Independencia, Iturbide y Guerrero, sobre Hidalgo recayeron todos los títulos y honores dado que él fue fusilado mientras luchaba por la libertad de su país, por más que el propio cura haya dejado claro que su guerra era una rebeldía contra el rey usurpador de España, José Bonaparte.
El libro no es muy extenso, de hecho narra solo la ruta que siguió Hidalgo hasta que fue derrotado, capturado y pasado por las armas. Benítez evita en todo momento glorificar al cura, pero sí es muy respetuoso y muestra una gran admiración por el personaje.
En la última página deja claro que México es libre gracias a “ese pequeño anciano que cayó bañado en sangre en Chihuahua”, en un desierto, mal sitio para morir tratándose de un hombre que toda su vida había radicado en lugares con eterna primavera.

martes, 10 de marzo de 2015

Adios, Mona Lisa –Roberto Zapperi

El título de este libro surge partiendo del hecho que pretende probar que la mujer que prestó al rostro a Da Vinci para el retrato más famoso del mundo no es Lisa Gherardini, la esposa del mercader Francesco Giocondo. El autor atribuye este error que ha perdurado por medio milenio a la necesidad de los historiadores del arte de creer a  Giorgio Vasari cuando escribió en su libro Vidas de artistas que el rey de Francia poseía un cuadro pintado por Leonardo Da Vinci, cuya retratada era Lisa Gherardini.
Vasari escribió su libro muchos años después de la muerte de Leonardo y, según Zapperi, no contaba con información sólida para hacer tal afirmación. El autor toma desde el principio otra línea de investigación: las memorias de un viaje de un clérigo llamado Antonio de Beatis, secretario del rico y aristocrático cardenal Luis de Aragón.
Según de Beatis, su señor se entrevistó con Da Vinci en Francia, y éste le mostró el cuadro de la Mona Lisa y le dijo que se lo había encargado su fallecido mecenas, Juliano II de Médicis. Así las cosas, este vástago de la más famosa familia del renacimiento italiano no tenía por qué encargar el retrato de la esposa de un mercader, un tal Giocondo, al no conocer a ninguno de los dos.
Zapperi deja a un lado a esta familia enriquecida a medias por el comercio y se sumerge en la biografía de Juliano II de Médicis para averiguar quién pudo ser la mujer que tanto influyó en su vida como para que le encargara su retrato al más famoso maestro de la época. El autor se decanta por esta línea de investigación argumentando que si Da Vinci mismo confesó quién le había encargado esa pintura, ¿por qué creer a un tal Vasari, quien ni siquiera fue contemporáneo suyo?
La tarea de Zapeeri no fue sencilla, no porque Juliano fue un calenturiento, adicto a las mujeres y a la buena vida. Despreció las funciones de gobierno propias de su estirpe y se preocupó siempre por ir en busca del placer. Así que, ¿quién de todas sus amantes,  o de sus posibles amantes, podría ser la retratada en el cuadro que le encargó a Da Vinci?
A falta de documentación -como no sabía que la pintura sería después la más famosa del mundo, Da Vinci no dejó nada escrito sobre ella-, Zapperi se guía por tenues pistas en las que desde luego es muy sencillo perderse. Pero no le importa. Al concluir su libro, cree que ha aportado las pruebas necesarias para decir: Adiós, Mona (señora) Lisa (Lisa Gherardini), dando a entender que hay que despedirla porque ella no es la retratada en el cuadro que está en el Museo del Louvre.

lunes, 2 de marzo de 2015

Maximiliano prisionero de Miramar –Edmundo Domínguez Aragonés

Esta novela parte de la idea de que el emperador Maximiliano escapó -aunque en realidad no, pero abundar sería revelar el final- de Querétaro y pudo regresar a Trieste, a su amado castillo de Miramar, donde tuvo que vivir como prisionero, haciendo honor a su calidad de muerto.
Estamos en abril de 1912 -han pasado dos días del hundimiento del Titanic- contemplando a un Maximiliano ya envejecido, y contento de no haber sido invitado a navegar en el barco siniestrado, rodeado de sus piezas históricas que ha reunido en Miramar, entre ellas a la señora de Miramón, el príncipe Carl Khevenhüller, el doctor Samuel Basch, su cocinero Tüdös, Carlota y él, como la pieza más valorada dentro del museo.
A esta reunión eterna de ancianos enclaustrados en el imponente castillo se unen una reportera norteamericana y el hijo del emperador con la “india bonita”, aunque aquí no se llama Julián Sedano. La reportera ha acudido al castillo con la intención de que el emperador le revele cómo escapo.
Maximiliano, ya viejo y adicto al brandy, con su afición al arte intacta, cuenta su historia a la vez que recorre algunos pasajes de su vida, de la vida de miembros de su familia y las desgracias y sinsabores de ésta. Al final de la narración el lector se queda con la certeza de que el emperador sí fue fusilado para consolidación de la república y para no poner en duda la mano durísima de Juárez, pero también puede contemplar conmovido a ese viejo que habita Miramar, con aspecto fantasmagórico pero que es de carne y hueso -dentro de la novela, claro está-, con capacidad para resistir el brandy y buen conversador.
La novela en su gran mayoría tiende a la comicidad con más o menos éxito. Como ejemplo, podemos ver a un joven pintor Adolf Hitler que ha acudido a Miramar para que Maximiliano le pague unas acuarelas que le envió, pero también con la intención de obtener empleo embelleciendo el palacio. El futuro dictador se marcha furioso porque el pago por sus acuarelas no fue el que esperaba.
He disfrutado leyendo esta novela. Es buena sin llegar a tanto, muy original y algo divertida, no aburre, aunque abundan los errores que no fueron corregidos antes de mandarla a imprenta. Insisto en lo dicho en otras entradas: el Segundo Imperio mexicano es una fuente inagotable de literatura, buena, mala y regular.

viernes, 27 de febrero de 2015

El arte prehispánico como símbolo de México

Recuerdo que cuando era niño me llamaban la atención las figuras del arte prehispánico que figuraban en algunos billetes y monedas. Con el paso del tiempo, al transcurrir mi niñez, me fui dando cuenta de que piezas como  la Piedra del Sol, cabezas olmecas, pirámides o los chac mool, entre otras, eran símbolos de México profundamente arraigados, parte de la identidad cultural del país, pero ¿ha sido así siempre?
La historia nos dice que no. La Nueva España fue fundada sobre la degradación del arte de las antiguas culturas por pagano y por contradecir a los cánones estéticos europeos. Apenas unos años antes de que iniciara la guerra de independencia, fueron descubiertas la Piedra del Sol y la Coatlicue en unas excavaciones en la Ciudad de México. Esta última fue vuelta a enterrar porque causó horror a quienes la vieron.
Los fundadores del México independiente tampoco hicieron mucho caso a lo que habían producido los antiguos mexicanos. Lucas Alamán logró la creación de un museo donde las piezas estaban aventadas al ahí se va como en una especie de basurero. Llamaba mucho la atención que los extranjeros les dedicaran tanta atención y estudio a esas piezas tan “feas”, grotescas, símbolos de barbarie.
Maximiliano fue sin duda el primer gobernante mexicano en interesarse tanto por el arte antiguo como por los indios vivos. Era un hombre acostumbrado, gracias a sus muchos viajes, a las diferentes bellezas del arte. El ejército francés también llegó con una expedición científica como otrora lo hiciera Napoleón I en Egipto, con el fin de hacer investigaciones sobre sobre ese exótico patrimonio de los mexicanos. Pero a éstos, los dueños de esas reliquias, en su mayoría les daba igual si se las llevaban o las volvían a enterrar.
Mas, extrañamente, con la muerte de Maximiliano y la partida de ejército francés el arte prehispánico no volvió a quedar en el olvido. Sin duda fue afectado por el cambio que se dio en la sociedad. México había obtenido su segunda independencia y ése fue un buen pretexto para formar una nueva identidad cultural en la que el pasado se unía al presente: empezaron a surgir arqueólogos mexicanos interesados en explorar lo que todavía era un mudo desconocido, había pirámides enterradas, ciudades perdidas en las selvas y casi todas las cabezas olmecas faltaban por desenterrar.
Poco a poco el arte prehispánico empezó a donar iconos y más aún símbolos al pueblo mexicano, tanto hasta llegar a un época en la que tales monumentos tienen casi un carácter sacro donde son de todos pero nadie puede tocarlos más que un Estado celoso con la intención preservar una manera caduca de fomentar un nacionalismo innecesario. 

miércoles, 25 de febrero de 2015

Bibliografía para estudiar el Segundo Imperio y a Maximiliano

No me considero en absoluto un experto en el Segundo Imperio mexicano, pero sí que lo he estudiado por muchos años y es, a decir verdad, mi trozo favorito de la historia de México. Tengo en mi biblioteca una nada desdeñable cantidad de libros que podrían servir como una sólida bibliografía a la hora de escribir un ensayo sobre ese período histórico, una biografía de Maximiliano o de Carlota e incluso del propio Juárez. Hace unos días me preguntaron qué libros recomendaría precisamente como material bibliográfico para escribir un ensayo sobre el Segundo Imperio. Pues bien, las lecturas que recomiendo son las siguientes (muchas de ellas ya las he reseñado aquí):
Primero que nada, habrá que situarse en el contexto histórico; no se entiende a un personaje ni sus errores ni sus acciones si no conocemos dónde estaba parado, en qué sociedad y en qué situación sociopolítica vivía. En esto mucho ayudan las novelas históricas, y más aún las que fueron escritas en esa época (que entonces no eran históricas si no costumbristas, pero que ahora las vemos como históricas).
El Cerro de las Campanas, de Juan Antonio Mateos es sin duda una novela imprescindible para adentrarse en el Segundo Imperio, pero hay que acompañarla de otras lecturas como Clemencia y también de la obra de un escritor ya posterior al imperio, los Episodios nacionales de Victoriano Salado. Aunque me parece un novelón insufrible, Noticias del Imperio es una novela bastante bien documentada, y ni qué decir del Último príncipe del Imperio mexicano, muy reciente pero bastante bien soportada. Y como epilogo al repaso de las novelas sería imprescindible Juárez en el Convento de las Capuchinas: la reunión secreta con Maximiliano.
La parte importante vendrían a ser las biografías. La mejor, sin duda, es la del conde Corti: Maximiliano y Carlota, un libro tan bien escrito como bien documentado. Pero a Corti se le considera algo obsoleto pese a que escribió la obra sobre Maximiliano con mayor soporte bibliográfico. Los libros de Konrad Ratz vendrían a ser ideales para tapar las lagunas que haya podido dejar abiertas Corti. Ratz es un respetado estudioso del Segundo Imperio, su libro, Tras las huellas de un desconocido, si mal no recuerdo publicado en el 2009, vino a tirar muchos mitos y mentiras sobre Maximiliano. También ha editado la correspondencia de la pareja imperial y los informes del barón Magnus, embajador de Prusia en México, al mismísimo Canciller de Hierro. Otra biografía importante sobre Maximiliano la escribió José Manuel Villalpando, aunque remató la tarea con una novela un tanto flojona y poco atractiva titulada Yo emperador.
Las biografías de Juárez tampoco podrían faltar a la hora de estudiar el imperio. Las hay muchas: criticas, neutrales y hagiográficas. Yo recomiendo principalmente dos: la de Justo Sierra y la de Ralph Roeder. Pero evidentemente, aparte de Juárez y Maximiliano, se deben de estudiar a los demás personajes relacionados con el Imperio. Desde Napoleón III y su esposa Eugenia de Montijo, de quienes abundan biografías más por su papel en México por haber sido emperadores de Francia, hasta los generales mexicanos de ambos bandos. Aquí la tarea de hallar libros es difícil, ya que biografías sólo encontramos de Porfirio Díaz, por su posterior papel como dictador, y de Miguel Miramón, por su bravura y carisma. Sin embargo, pelearon entonces infinidad de generales de quienes resulta imposible hallar un buen libro siquiera en un bazar.
Los libros de memorias también son imprescindibles, sobre todo las de protagonistas como José Luis Blasio, el conde Khevenhüller, Porfirio Díaz, el Dr. Basch y los príncipes Salm Salm, por más mentirosas que hayan sido  estos últimos.
Los ensayos como La Intervención francesa en México, del ruso A. Belenki y Ensayo de un Imperio en México, del francés Masseras, también resultan de gran ayuda y nos brindan una visión desde una perspectiva diferente a la que nos ofrece la bibliografía nacional.
Quisiera mencionar también los libros de los viajeros que vinieron a México en el siglo XIX, pero son demasiados y este texto ya se hizo muy largo. Así que considérese la presente apenas una pequeña selección, muy selectiva, sobre la gran cantidad de libros que se pueden consultar para nutrirnos  o incluso escribir nuestra propia versión del II Imperio.

martes, 24 de febrero de 2015

México mutilado – Francisco Martín Moreno

Hace ya algunos años leí México mutilado, pecado de juventud diría un célebre arquitecto.  Se trata de la obra más famosa de Francisco Martín Moreno antes de sus Arrebatos carnales. Leí este libro porque fue el más fácil de hallar en un momento en que pretendía saber qué pasó con esa parte del norte de México tan rica en oro como en petróleo que se perdió en un momento de nuestra historia que nos negamos a estudiar tanto como a olvidar.
La guerra contra los Estados Unidos ha sido siempre el período más doloroso para los mexicanos. Es una espina clavada que duele  tanto por lo que se perdió como por cómo se perdió. México no sacó de allí más que un deslustrado empate en la Angostura del que nadie quiere hablar primero porque abordar el tema es a la vez hablar de la derrota y de la humillación y segundo porque fue la mejor batalla del innombrable Santa Anna, presuntamente traidor en esa guerra y en esa batalla, la mejor de las muchas que encabezó en su larga, caótica, a veces ridícula y triste vida militar.
Algún sociólogo diría que desde la Angostura nos acostumbramos a celebrar los empates como si fueran victorias -sobre todo en el fútbol-, quizás porque éstas se nos niegan con demasiada frecuencia.
Francisco Martín Moreno aborda esa triste guerra en esta novela. Una novela mal contada, por cierto, en la que parece que el propio autor en algún momento se aburrió de escribir. En ella hay dos protagonistas, Santa Anna y Polk. El primero es un amante del poder tanto como de glorias falsas y mulatas. Santa Anna no busca más que protagonismo sin esfuerzo y descanso para liberar el aburrimiento que le causa la política; es un pillo mentiroso capaz de todo con tal acrecentar su ego, y con apenas una diluida pizca de patriotismo que le aflora muy de vez en cuando.
Polk en cambio es un lobo con los colmillos bien afilados, adicto al trabajo y obsesionado con incrementar el territorio de su país quizás ya vislumbrado que años más tarde llegaría a ser con mucho el más poderoso del mundo. La novela es una enorme fila de enormes párrafos que buscan divertir a la vez que ilustrar logrando a medias sólo lo segundo, en donde se aprecia la terriblemente caótica situación política y militar de México, convirtiéndose poco a poco en un país al que se le puede derrotar con un cañonazo. Y, por otro lado, exhibe a un Polk trazando meticulosamente un plan del que un vecino débil no puede de ningún modo salir bien librado.
El libro como obra literaria es peor que la cicuta, y como obra didáctica es digerible sólo si se toma como introducción. También advierto que aquí no se ve por ningún lado al heroico batallón de San Patricio defendiendo un suelo ajeno con más valor del que demostraron los soldados mexicanos. Tampoco al hijo póstumo de Iturbide -salvo una breve mención- peleando con bravura para defender al país que había liberado su fusilado padre.

lunes, 23 de febrero de 2015

Apuntes para mis hijos –Benito Juárez

La mayoría de los políticos  escriben y dicen unas cosas y hacen otras totalmente diferentes. Eso no tiene nada de raro: la naturaleza del político es mentir para prosperar en sus proyectos personales. Pocos son los que tratan de hilar congruencia entre dichos y hechos. Y aunque motivos para criticarle siempre habrá si tomamos la precaución de situarnos en su contexto histórico, Juárez fue uno de esos hombres que buscó la congruencia y tal vez no para la posteridad, si no para conciencia como político, como mexicano y como padre.
Su libro Apuntes para mis hijos es una joya literaria, un manual del buen político y una prueba de su sensatez. En esta pequeña obrita el presidente recoge su vida hasta mucho antes de que fuera el hombre que pasó a la historia. Juárez nos habla aquí de su condición de niño indígena, de su calidad de protegido de un cura que pretendía que tomara los hábitos, de su aborrecimiento por esa sola idea, de su interés por la jurisprudencia, sus luchas como abogado contra el fanatismo y la corrupción.
Pero la parte más valiosa del libro es su etapa como gobernador. Juárez, sin decirlo nunca y quizás sin pretenderlo pero hablando de su experiencia, nos habla de un modelo de buen gobernador, de un liberal que intenta fomentar el libro comercio, no obstruirlo ni ser parte de él como político pero  sí facilitarlo, de su pleno convencimiento de que religión y leyes juntas son nocivas para el desarrollo de la sociedad, y de que el imperio de la ley es indispensable y vale la pena cualquier sacrificio para lograrlo.
Es lamentable que este libro no sea un clásico en el estudio de la historia de México. Y no lo es sencillamente porque se queda muy lejos de llegar a la etapa en la que el presidente habría de contar por qué no perdonó a Maximiliano, que es la parte que interesa de Juárez a todo el mundo. Pero bueno sería que este libro tuviera más seguidores de los que tiene, porque aquí Juárez nos habla del honor y la dignidad con que habría de actuar un buen político -de cualquier nivel de gobierno-, de esos que, por desgracia, en México no hay.

viernes, 23 de enero de 2015

Clemencia – Ignacio Manuel Altamirano

Clemencia es una novela del siglo XIX que podríamos catalogar como la cúspide del romanticismo mexicano, toda vez que aceptemos primero que éste existió. Es, junto con Navidad en las montañas, la obra más conocida de Ignacio Manuel Altamirano, el escritor por excelencia de la Reforma y el Imperio.
Los hechos se sitúan en la ciudad de Guadalajara, poco antes de que sea invadida por los franceses. Allí se acuartela el ejército mexicano, todavía lamiéndose las heridas provocadas por la toma de Puebla, justo en el prefacio del Segundo Imperio.
En tales circunstancias, está muy arraigado en algunos tanto el patriotismo como la traición, de manera tan indistinta y confusa como para que el traidor se sienta patriota y el patriota traidor. Trasladándonos a la época, recordemos que no existía un gobierno consolidado, que años y años de revoluciones no habían construido una identidad nacional por la cual inclinarse sin albergar dudas.
Muchos mexicanos realmente veían el apoyo a los franceses y, más aún, a Maximiliano como la forma correcta de construir un México pacífico y próspero. En la reciente novela Juárez en el Convento de las Capuchinas, la reunión secreta con Maximiliano, el emperador le reprocha al presidente el hecho de que algunos mexicanos hayan sido obligados por los juaristas a pelear por la causa de la república, siendo llevados al campo de batalla incluso encadenados.
Así las cosas, algunos militares se sienten seducidos por el bando francés, como es el caso de Enrique Flores, un guapo comandante, alegre y carismático e irresistible para las mujeres, y que no ve la hora de cambiarse al bando del enemigo. Pero por otro lado tenemos a Fernando Valle, un hombre poco atractivo, serio y hermético, desagradable por su forma de ser incluso para sus camaradas de armas, pero indudablemente patriota y bravo, veterano de la batalla de Puebla.
Flores y Valle se enamoran de la hermosa Clemencia, y ésta, superficial aunque se cree muy analítica, sólo usa a Valle para animar los celos de Flores, de quien se siente perdidamente enamorada por su carisma y galanura. A la hermosa joven le dolerá mucho, en esta romántica historia, darse cuenta de qué tan cobarde es realmente Flores y cuán barato vende su honor, y la clase de hombre sacrificado y valiente que es Valle, capaz, como un caballero de la época, de ir al paredón porque sea feliz la mujer a la que ama, sin que apenas ésta le dedique una sincera sonrisa.