lunes, 15 de abril de 2013

La familia secreta de Pancho Villa – Rubén Osorio


Hace poco leí este libro y me ha resultado por demás interesante. No es una biografía de Villa, sino una tesis sobre sus orígenes. El autor, Rubén Osorio, un investigador al parecer muy serio en su trabajo y bastante bien documentado, sugiere -porque le es imposible probar- que Pancho Villa era judío. Así las cosas, León Trotsky y Tomás de Torquemada ya no estarán tan solos en la lista de judíos malos.
Pero Villa no era judío en el sentido religioso y cultural del término, sino que simplemente descendía de hebreos por la rama paterna. La teoría que investigó el autor va en el sentido de que la madre del matón revolucionario, Micaela Arámbula, antes de casarse con Agustín Arango, trabajó de sirvienta en la casa de un acaudalado hacendado de nombre Luis Fermán, con quien se relacionó y el producto de ello fue Villa.
Así que la barba cerrada, negra y gruesa y el color moreno pálido que caracterizaba al más famoso revolucionario americano después del Che Guevara no era producto de su ascendencia española cruzada con morisca, sino de sus raíces hebras, al parecer.  
Ante la imposibilidad de desenterrar cuerpos para hacer pruebas de ADN, Rubén Osorio contactó a los miembros de la familia Fermán, regados por México y algunos en otros países, todos sabedores de su posible parentesco con Villa pero la mayoría ignorantes sobre su identidad judía.
Los Fermán al parecer desde que llegó el primero de ellos a México a principios del siglo XIX, proveniente de Liechtenstein, abrazaron el catolicismo para no tener problemas en un país donde entonces, e incluso ahora, no ser seguidor del Papa podía traer serios problemas.
Osorio los entrevistó a todos para recoger sus conocimientos sobre el parentesco con Villa. Ellos, en su mayoría, demostraron al autor estar al tanto de la leyenda. Villa, según los diversos testimonios, sabía sobre su origen e incluso llevó buenas relaciones con su medio hermano, Miguel Fermán, con quien lo unía un parecido físico ciertamente notable.
La investigación de Osorio, al no sustentarse más que con fotografías y una historia oral que ha pasado de generación en generación dentro de una familia, no llega a probar el verdadero origen judío de Villa, pero eso no le quita valor al libro. Vale la pena sentarse a leerlo porque de los muchos libros que hay sobre Pancho Villa éste es radicalmente diferente a los otros.

Lee otra reseña: Un viaje a México en 1864

lunes, 31 de diciembre de 2012

El rey viejo – Fernando Benítez


Muchas veces me había encontrado con esta novela en librerías sin que me decidiera a leerla. Desconfío casi por antonomasia de cualquier libro que veo en todas partes. Por fin hace poco decidí llevarme a casa El rey viejo y me puse inmediatamente a leer. Me sorprendí mucho porque es sin duda una obra maestra, una de las mejores novelas mexicanas de cuantas se escribieron en el siglo pasado.
Aunque es una novela revolucionaria no fue escrita en los años posteriores al conflicto; su autor, Fernando Benítez, la publicó en 1959, cuando la revolución era ya más un mito desfigurado que un doloroso presente.
La novela relata los últimos días de vida del presidente Venustiano Carranza. Inicia poco antes de que él decide trasladarse a Veracruz al darse cuenta de que la mayor parte de ejército lo ha traicionado y se ha pasado al bando de los sonorenses.
El narrador es un personaje educado y culto que goza de la amistad de Carranza y que ocupa un puesto dentro de su gabinete. Desde su perspectiva el lector aprecia la difícil situación que vivía el gobierno carrancista, la fortaleza del presidente y de algunos militares que permanecieron fieles a él, como el general Francisco Murguía, hombre bravo entre los bravos y de una sola lealtad.
Parte de la novela transcurre en los trenes que llevaban al gobierno constitucional rumbo a Veracruz, trenes perseguidos por la traición que de ninguna manera podían llegar a su destino. Después el narrador nos lleva a la sierra de Puebla, en un difícil trayecto camino a Tlaxcalantongo, hacia el previsible final que los sonorenses habían planeado para Carranza y del que no podía escapar.
El mayor mérito dentro de la novela radica en la perfecta forma en cómo el autor retrató la lucha de la voluntad de Carranza contra el caudillismo. Aquella traición de los sonorenses no se debió a diferencias ideológicas sino de intereses. Los militares sólo podían estar contentos en la guerra o en el poder. Una vez terminada la guerra, con Villa como único enemigo escondido en la sierra de Chihuahua, era imposible que un descomunal ejército ocioso decidiera sencillamente desaparecer y dar paso al México civil. Tanto heroísmo por parte de los militares era sólo un sueño de Carranza, ellos querían su recompensa por haber luchado en la revolución y no aceptarían que se les arrebatara la presidencia.
Carranza, como Cicerón, quería a los militares fuera del poder porque no ignoraba lo peligrosos que podían ser, y como a Cicerón también lo mandaron matar, porque cuando los militares han decidido adueñarse del poder es imposible detenerlos si no hay otros militares que se les opongan. 

Le otra reseña: Maximiliano íntimo

viernes, 14 de diciembre de 2012

Pedro Lascuráin, el presidente impoluto


En la historia de México hemos tenido presidente verdaderamente detestables. Y más en tiempos de revolución. Algunos no sólo se apropiaron junto con su familia, allegados, amantes, compinches y demás, de los fondos públicos, también dejaron la economía del país en el más puro esqueleto.
Hemos tenido, desgraciadamente, de todo, de todo lo malo, en cuanto a presidentes se refiere. Empezando por el noble Vicente Guerrero, que no sabía casi leer y menos gobernar; pasando al desequilibrado comediante y corrupto Santa Anna, quien tampoco sabía gobernar pero su amor por el protagonismo lo hacía fingir que sí sabía. Experto era este hombre en vaciar las arcas de la nación. Luego en tiempos de guerra devolvía un poco de lo robado para fortalecer al ejército, porque patriota, ese loco insufrible, sí era.
También tuvimos al rustico Juan Álvarez, militar medio cobardón pero cacique en su región que se apropió unos meses de la presidencia sin saber exactamente en qué consistían sus funciones. Y cómo olvidar a los presidentes triunfadores de la revolución, los peores que hubo en ese entonces en el continente. Obregón y Calles no sólo fueron un par de fanáticos dispuestos a todo lo malo, también fueron los fundadores de un régimen más intransigente que ellos que aplastó la economía ya de por sí aplastada, muy aplastada, por la revolución.
Y para cerrar el siglo pasado, México tuvo la malísima suerte de tener tres pésimos presidentes uno tras otro. Es cierto que un mal presidente puede ser soportado. Hasta en Estados Unidos lo hacen, pero siempre y cuando tras él llegue otro que contrarreste sus fracasos. Pero si detrás de uno malo llega uno pésimo y tras éste otro peor, las consecuencias tienen que ser por lógica devastadoras.
México padeció a Echeverria, a López Portillo y a De la Madrid uno tras otro. Fueron dieciocho largos años en los que el mexicano tuvo que aprender a vivir fingiendo que comía. Tuvo que ser Salinas, el Innombrable acusado todo tipo de corrupciones y actos inhumanos y antipatriotas, el que le dio un nuevo empuje a la devastadísima economía nacional.
Y en fin, hemos tenido presidentes de todo tipo. Malos, muy malos, y torpes, muy torpes, desde matones consumados hasta comunistas más comunistas que Stalin. Pero México también tiene el antecedente de haber sido gobernado por un presidente impoluto. Se fue tan limpio que ni en Estados Unidos han tenido otro igual. No devastó la economía, no se llenó los bolsillos, no hizo inversiones idiotas, no deterioró las relaciones con el exterior, no abusó de su poder, incluso aunque le tocó gobernar en una época turbulenta no cometió crímenes de Estado. En resumen, este presidente no le hizo ningún daño a su país.
Su período presidencial, es cierto, fue breve. Quizás por eso no metió la pata ni se endiosó con el poder. Pero es el único presidente de México al que los historiadores no podrían acusar de haber sido corrupto durante su administración, que ya es mérito. Se llamó Pedro Lascuráin, y gobernó cuarenta y cinco largos… minutos.

Lee otra reseña: El triste porvenir de los países latinoamericanos 

martes, 20 de noviembre de 2012

Pancho Villa, rayo y azote – Rafael F. Muñoz


Este libro está dividido en dos partes. La primera contiene las memorias de Francisco Villa, dictadas por él a su médico de cabecera. Llegan hasta el fracaso militar del revolucionario, que ocurrió de manera apresurada después del desastre de Celaya.
La segunda parte contiene textos escritos por Rafael F. Muñoz sobre las andanzas de Villa una vez que su División del Norte fue reducida a unos cuantos centenares de forajidos a los que llamaba cariñosamente sus dorados.
Las memorias de villa son un documento muy valioso para poder saber, hoy,  a casi noventa años de su muerte, lo fundamentos de su ideología, la misma que lo llevó -lo pese a quien le pese y aunque su nombre esté escrito con letras de oro en el Muro de Honor de la Cámara de Diputados- a ser un despiadado asesino.
Villa, según da a entender, fue un hombre que creía que por haber nacido pobre podía hacer de todo y que ninguno de sus actos sería un delito. De joven, cuando fue encarcelado en Durango, después de haberle metido un tiro a una persona y de haber asaltado a punta de pistola a otra, creyó que su condena era injusta. Habría sido interesante saber, desde el punto de vista de Villa, qué tenía que hacer un hombre para merecer ir a la cárcel.
El mito tan mentado de la deshonra de su hermana él mismo lo desmiente. El famoso hacendado al que casi mató nunca la tocó. Fue su pretendiente y Villa, creyendo que por ser rico sólo quería burlarse de ella, consideró justo meterle un tiro que de milagro no lo mandó al otro mundo.
Algo que revela la poca imaginación de Villa es la manera tan sencilla en que narró sus batallas. Apenas cuenta detalles muy generales el hombre que se supone las planeó y las ejecutó de manera magistral. Eso quizás sea justificable si tomamos en cuenta que Villa, hombre semianalfabeto, no poseía los elementos necesarios para enriquecer una narración, y al momento de dictar sobre sus batallas fue incapaz de hacerlo detalladamente. Es cuando menos extraño que si fue incapaz de narrarlas haya podido ejecutarlas.
Se cuidó muy bien de contar algo sobre sus crímenes, que fueron muchos. Tan sólo fue capaz de decir que un santo no era. Cierto. Y al ser derrotado por Obregón tuvo la modestia de admitir su vanidad y de decir que simplemente se había creído general y que tal cosa se debió en parte a los homenajes que le hizo el propio ejército de los Estados Unidos.
Pasando a la parte del libro escrita por Rafael F. Muñoz, es muy agradable su lectura, como no podía ser de otra forma tratándose de un autor tan capaz. Muñoz nos cuenta las hazañas de Villa cuando pasó de general a bandolero. Fue un verdadero terrorismo lo que ejerció en el estado de Chihuahua, asesinando a inocentes que no cometían más crimen que cruzarse en su camino.
Perdido su prestigio, buscado como un delincuente por todos lados y sabedor de que jamás habría de volver a ser un hombre respetable y un general admirado, Villa se dedicó simple y sencillamente a saquear, extorsionar y matar, exhibiendo en cada acto una crueldad que hacía a muchos pensar si era realmente ese tirano el que antes fuera un general tan respetado.
Fue un criminal. De eso no hay duda alguna. Asesinó a mujeres, niños y hombres inocentes que jamás lo habían ofendido mínimamente. Incluso sus más grandes defensores no ocultan sus crímenes, pero lo defienden diciendo que era una revolución y que en toda revolución hay crímenes. ¡Vaya forma de defenderlo! Es raro, muy raro, que ese hombre sea considerado un héroe no sólo por sus admiradores que no saben nada de su biografía, sino también, de manera oficial, por el mismo Estado mexicano.

Lee otra reseña: Martín Garatuza

domingo, 18 de noviembre de 2012

Presidentes mexicanos del siglo XIX


Los presidentes de la actualidad viven rodados de lujos, gastando lo que no es de ellos en cosas absurdas e inútiles, realizando viajes protocolarios muchas veces innecesarios y desde luego muy costosos, pasan mucho tiempo frente a las cámaras de televisión, hablando como iluminados, tienen garantizados por sólidas instituciones sus seis años en el poder y gozan de una seguridad similar a la de una princesa egipcia en tiempos de los faraones.
Muy diferente era la vida de sus predecesores del siglo XIX, cuando México comenzaba a dar sus primeros pasos como país independiente. En aquella época la situación del los presidentes solía ser muy difícil. Nunca había dinero siquiera para lo más indispensable, no llegaban al poder por la vía del voto sino del cartelazo, y por tanto vivían temerosos de que otro cuartelazo los alejara de la silla presidencial.
Los gobiernos a veces eran muy efímeros, de apenas semanas o meses, y luego ocurría que no había un presidente sino dos, y cada uno con ganas de atrapar al otro para ponerlo de espaldas a un muro de piedra con un pelotón de fusilamiento enfrente. También hubo casos en que de nada le servía a alguien ser presidente porque los estados de la republica se negaban a reconocerlo como tal.
Los de hoy suelen tener preparación universitaria, hablan inglés -algunos-, son hombres cultos -también algunos-, pero en el siglo XIX hubo presidentes con formación cultural bastante escasa, como el general Vicente Guerrero, hombre sumamente noble y sumamente patriota, pero que leía con dificultades y se trababa mucho cuando lo carrereaban. Aunque en ese turbulento siglo dos claras excepciones fueron Juárez y Maximiliano -en calidad de emperador el último-, los dos gobernantes más sabios y poliglotas que ha tenido México en su historia. Lástima que aun teniendo la misma ideología les tocó gobernar al mismo tiempo y uno terminó fusilando al otro.
Pero en el siglo XIX todos sabían que por gobernar a México había grandes posibilidades de morir. Los presidentes a menudo se veían recorriendo el país en largas jornadas a caballo y pasando unas hambres de león, ya fuera para vencer a su oponente o para escapar de él. Cuatro jefes de Estado mexicanos fueron pasados por las armas en poco más de cuarenta años. El primero fue Agustín de Iturbide, el libertador, y su fusilamiento marcó el inicio de México con el pie izquierdo en su período de libertad.
Después de Iturbide fue fusilado el otro libertador, Guerrero. Fue emperador uno y presidente el otro y fueron fusilados con una diferencia de siete años como consecuencia en gran medida de la ambición y los cuartelazos del general Santa Anna. Juárez, que en todo fue más eficiente que Santa Anna, también fusiló a un emperador y a un presidente, pero el mismo día y a la misma hora, y también, claro, en el mismo lugar.
Las biografías de los presidentes mexicanos del siglo XIX nos enseñan lo difícil que fue consolidar el cargo de presidente tal y como se encuentra hoy. Hoy México es un ejemplo para Latinoamérica. Si de algo estamos seguros es de que el presidente no se va a reelegir, de que el ejército no lo va a derrocar, de que a menos que muera, o cometa serios errores, sus funciones durarán seis años justos. Parece poco, pero viendo a otros países podemos ver que eso es mucho y le sirve a México para tener un poco de estabilidad, tan necesaria para que un país pueda intentar dejar su pobreza en el pasado.

Lee otra reseña: El Cerro de las Campanas 

jueves, 15 de noviembre de 2012

Hidalgo y Morelos, Villa y Zapata



En charlas informales carentes de cultura, cuando se habla de la Independencia de México inmediatamente salen a relucir dos hombres que se supone lucharon mucho y unidos para lograrla: Hidalgo y Morelos; y cuando se habla de la Revolución salen otros dos a los que muchos imaginan juntos -porque se fotografiaron juntos-: Villa y Zapata. Pero la verdad es que estos dos pares de hombres tuvieron tanto contacto entre sí como Juárez y Maximiliano.
Hidalgo y Morelos ya en la guerra de independencia sólo se vieron una vez.  No pelearon hombro con hombro ni se enviaron refuerzos uno al otro para ayudarse en las batallas. Su relación fue completamente inexistente. Cada uno por su lado buscó la libertad y halló el fracaso. Compartían el anhelo independentista, pero tenían muy distintos objetivos. Eran curas, pero eran diferentes. Hidalgo era un teólogo intelectual; Morelos en sus Sentimientos de la Nación dejó ver sus buenas intenciones y la cortedad de su intelecto.
En el ramo militar fue donde Morelos sí superó a Hidalgo. Era un buen estratega, pero no tanto como muchos llenos de fervor patriótico han querido hacer creer. Esa vieja leyenda de que Napoleón lo admiraba es falsa. Sospecho que surgió a raíz de una película. No hay que creer todo lo que nos dice el cine. Napoleón jamás supo que existía Morelos. Otra de sus virtudes fue su magnanimidad para con los prisioneros, la misma que no compartía Hidalgo.
Morelos también fue un hombre modesto, quería ser sólo siervo de la nación. Hidalgo quiso ser y fue generalísimo, rango militar que ridiculizó en sus campañas. Algo que sí tuvieron en común, aparte de ser curas, fue el hecho de que creían que el celibato prohibía casarse, pero que no prohibía tener una sexualidad muy activa. Una de las faltas de Morelos a su condición de sacerdote de la iglesia católica, llegó a ser un militar de confianza de Santa Anna y hasta mariscal de adorno en el imperio de Maximiliano. Se llamó Juan Nepomuceno Almonte, no llevó el apellido Morelos porque… porque su padre era cura y se suponía que no debía tener hijos.
Pasando a Villa y Zapata, tampoco tuvieron mucho que ver. Villa participó en muchas batallas. Ganó menos de la que se cree. No era en realidad un militar, su ignorancia lo incapacitaba para conocer las más elementales reglas de las maniobras militares. Lo que sí tuvo fue vocación de bandido. Y eso fue disfrazado de revolucionario hasta que el general Felipe Ángeles llegó a disciplinar  a sus salvajes huestes. De allí se formó un cuerpo de ejército que muchos han confundido con una sola división -pero que en realidad fueron tres-, letal con la caballería y más con la artillería, pero deficiente con la infantería. Cuando Ángeles lo abandonó, Villa volvió a ser lo que había sido, un bandido, pero mucho más sanguinario.
Zapata no fue militar. Eso de general siempre le quedó grande. Pero sí fue un buen hombre que perseguía una causa justa. Libró muchas menos batallas que Villa y cometió muchísimos menos crímenes. Se vieron sólo una vez en la ciudad de México, simpatizaron, pero sus respectivos soldados querían comerse unos a otros. Después cada quien volvió a sus zonas de influencia. Tuvieron contacto cuando a ambos les cayó encima la desgracia, pero no se prestaron ayuda, ni uno ni otro tenía posibilidades de hacerlo.
Y aunque los que reescribieron la revolución los quisieron elevar como los dos más grandes caudillos con muchas afinidades ideológicas, en poco se parecieron, a lo mucho en sus escasas nociones de socialismo que Zapata practicó y Villa usó para vivir sin trabajar, asesinando y dándoselas de mártir. Zapata, todo lo indica, era un hombre que puede ser calificado como honesto; y Villa, todo lo asegura, era un delincuente.

Lee otra reseña: Juárez y su México

sábado, 10 de noviembre de 2012

Ignacio Zaragoza – Alfonso Hurtado


El general Zaragoza en muchos aspectos fue un militar atípico en el México del siglo XIX: no tenía ambiciones políticas, era modesto sobre sus capacidades como militar, tenía la prudencia por virtud, no ambicionaba ascensos sin méritos y tampoco exhibía crueldad. Tan prudente fue en su vida privada que mucho se ignora de él en ese sentido. Y como muestra está la biografía que le escribió Alfonso Hurtada, de la que toca hablar hoy.
En este libro, con una prosa en extremo sencilla y quizás anacrónica, conocemos los importantes sucesos de la historia de México en los cuales el general Zaragoza se distinguió como un buen hijo de su patria. Sin embargo, más parece un ensayo sobre la guerra de reforma y el principio de la intervención francesa que una biografía del general. Apenas hay un acercamiento a él que no alcanza a ser biografía.
Hurtado nos cuenta algo sobre sus orígenes tejanos, su vocación por la carrera de las armas y su ingreso al bando liberal para echar a Santa Anna, por última vez en su larga carrera, de la presidencia de México. Zaragoza era un hombre convencido de sus convicciones ideológicas y estaba al tanto de algunas de sus carencias por no haber podido terminar su formación militar -las cuales le ayudó a superar el general francés conde de Lorencez-.
En en el conflicto armado que se desató por causa de la reforma la capacidad de Zaragoza se vio del todo opacada por el genio de Miguel Miramón, un general que parecía haber inventado la guerra. Pero el tejano no era precisamente un hombre de pasiones. Era prudente -virtud que no ha sido aliada de muchos militares mexicanos- y ésa era su gran ventaja. La sangrienta guerra de reforma lo formó.  No pocas veces estuvo a punto de perder la vida y conoció el amargo sabor de la derrota. Por eso cuando llegaron los franceses, Zaragoza ya era un buen militar, con experiencia y astucia.
De esos aspectos y algunos otros no poco importantes sobre la vida de Zaragoza trata este libro. Pero falta información sobre él, información más cercana al hombre, porque eso es lo que contiene una biografía. Quizás el general supo cuidar su vida privada, ya que la prudencia de un hombre empieza por allí.
Revisando la bibliografía de la que se valió Hurtado, he visto que apenas uno de los libros es una biografía de Zaragoza, la que escribió su contemporáneo y amigo Manuel Z. Gómez. No se puede escribir una biografía de un personaje valiéndose apenas de otra, pero si no hay más tampoco existe otra opción. 

miércoles, 7 de noviembre de 2012

¿De dónde salió Pancho Villa?


Me refiero al nombre, porque el hombre, naturalmente, salió de su madre, pero lo cierto es que el famoso revolucionario se llamaba, legalmente, Doroteo Arango Arámbula, no tenía nada ni de Pancho ni de Villa. Y las razones del cambio de nombre no están del todo claras y son aún discutidas.
La teoría que conocen hasta aquellos seguidores de Villa que nunca han leído una biografía de él porque es leyenda popular, es que durante su etapa como delincuente -antes de la Revolución, porque después fue delincuente y general- estuvo en una banda liderada por un personaje llamado Pancho Villa, y éste, herido de muerte en una refriega, le heredó el mando a Doroteo, quien pasó a llamarse en honor a su jefe muerto como él, Pancho Villa.
Otra teoría dice que por cuestiones de amoríos clandestinos e hijos no reconocidos, el apellido que le correspondía a Doroteo era el de Villa, y que sabiéndolo ya de adulto decidió hacer la necesaria corrección para llamarse como era debido. Aunque suena un poco extraño que un hombre que aprendió a leer ya muy grandecito tuviera la precaución de preocuparse por esas cosas.
Pero hay una teoría más que dejó el propio Villa en sus breves memorias, aunque los historiadores al parecer no han hecho mucho caso de ésta. Villa sí acepta haber formado parte de una banda de forajidos, pero liderada por un hombre llamado Ignacio Parra, al que Villa no vio morir, sino que se separó de él por petición de su madre, aún llevando su nombre autentico.
Sin embargo, el joven bandido Doroteo ya era muy perseguido en su natal Durango, y cuando se mudó a Chihuahua con la intención de trabajar honradamente decidió, para despistar a las autoridades, cambiarse el nombre y llamarse Pancho (Francisco) Villa. Eso dice él en sus memorias, mas no explica de dónde salió el nombre, y ésa sigue siendo la incógnita.

jueves, 25 de octubre de 2012

El Estado megalómano – Jean-François Revel


Tal vez muchos vean El Estado megalómano como un libro acotado por fronteras físicas y culturales, debido a que se trata de una crítica al Partido Socialista Francés y al principio de la gestión de François Mitterrand como presidente de los galos. Pero quien piense eso está incurriendo en un error, El Estado megalómano es una de las mejores críticas de cuantas se escribieron el siglo pasado al casi siempre manifiesto deseo del Estado, de cualquier país, por acapararlo todo.
Nada más hace falta leer las primeras páginas del libro para comprender que Revel fue uno de los intelectuales más brillantes de su tiempo y quizás el mejor y más sincero defensor de la libertar. Sus explicaciones son sencillas, sus analogías muy apropiadas y sus paralelismos más que aceptables. Otro aspecto que enriquece el libro es el humor negro del autor, que aunque instruye al lector sobre un tema verdaderamente importante -e ignorado en 1982, al publicarse El Estado megalómano, cuando aún existía la URSS-, no deja de tomárselo todo a broma, tal vez porque sabía que el fruto de sus reflexiones sería ignorado por Francia y por el mundo.
Después de pasar los primeros capítulos del libro, que también son los más agradables en cuanto a calidad literaria se refiere, viene lo más duro -y sin duda lo que más le dolió Mitterrand y a su cuadrilla de marxistas disfrazados de socialistas tolerantes-, el desenmascaramiento de las políticas ocultas y totalitarias que se escondían detrás de las buenas intenciones que exhibían quienes se apropiaron del gobierno francés en 1981.
Mitterrand y los suyos iniciaron su gestión con una discreta labor de transformación de Francia y de los franceses de la manera más radical. Había que cambiar la imagen que se tenía del gobierno anterior, pasarlo de bueno a pésimo, había que cambiar la economía, pasarla de privada a pública, había que cambiar a los medios de comunicación, pasarlos de libres a encubridores de los errores del Estado, y había que cambiar a los franceses, pasarlos de ciudadanos libres a piezas de una maquina estatal y colectiva al más puro estilo soviético y cubano.
El Estado megalómano no es sólo una crítica al gobierno de Mitterrand en Francia, es una verdadera bofetada a los partidos izquierdistas de todo el mundo, es una patada donde más duele a la hipocresía de quienes teniendo a los pobres en la boca todo el tiempo quieren no sólo dinero sino poder ilimitado para hacer lo que les dicte su faraónica conciencia. Ojala los izquierdistas que en la actualidad tienen cargos públicos leyeran este libro; quizás le aprendan algo y sin duda verán en él su flaqueza intelectual y, desde luego, moral.

miércoles, 17 de octubre de 2012

El padre Agustín Fischer en el Segundo Imperio Mexicano


Agustín Fischer fue un personaje muy importante durante el Segundo Imperio mexicano. Hacia el final, fue el hombre de más confianza de Maximiliano, y antes de eso fue su representante ante el mismísimo Papa, con quien trató de lograr un acuerdo respecto a las tensas relaciones que había entre la Iglesia y el Estado en México.
Los historiadores están de acuerdo en que el padre Fischer era un hombre muy hábil, excelente negociador, culto, políglota y amante de la belleza femenina. Todo lo anterior invita a pensar que se trataba de un aristócrata austriaco, metido a religioso como el segundón de una familia noble, la misma que lo había provisto de una impecable formación moral y académica, y que había viajado a México formando parte del sequito de ochenta y tantos personajes que llegaron junto con Maximiliano. Pero no es así.
La realidad es que Fischer era de origen alemán, nacido en 1825, en una familia demasiado humilde. Siendo apenas un adolescente emigró a los Estados Unidos para escapar de la policía después de protagonizar una pelea y para buscar fortuna. El viaje terminó en un naufragio donde murieron una tía suya y varios primos, pero él sobrevivió.
Sabiendo que no era fácil superar la pobreza en sus condiciones, hizo acopio de su disciplina alemana para llenarse de conocimientos y buscar la manera de sobresalir. Aprendió rápido el inglés y el español y se hizo cura jesuita, la única posible carrera universitaria a la que podía aspirar. Pero su condición de sacerdote no le impidió tener mujer e hijos, aunque no se casó.
Emigró al norte de México, dejando a su familia en Estados Unidos, y se estableció en Durante, donde llegó a ser secretario del obispo en turno. A estas alturas ya le daban frutos su cultura y su fuerte carácter, características suyas que todos notaban. Al parecer intentó ennoblecerse inventando que descendía, por línea bastarda, de los reyes de Wurtemberg. O alguien más dio pies al rumor, porque se puede leer en algunos libros.
Su buena posición ante el obispado de Durango la perdió por tener una vez más líos de faldas. En México, al igual que en Estados Unidos, no desistió en su interés por reproducirse. Pero aun así logró tener una buena posición ante el clero mexicano y aunado a ello ante el propio partido conservador. En 1863 fue enviado a Roma, donde permaneció un año y logró estar allí cuando el ya emperador Maximiliano fue a visitar al Papa. En Roma se conocieron, pero sus relaciones se fortalecerían más adelante.
Amigo de un terrateniente mexicano de nombre Carlos Sánchez Navarro, perjudicado por el mapa del Imperio que dividía el territorio nacional en cincuenta entidades, fue ante el emperador para interceder por él. Fischer logró causar una gran impresión en Maximiliano. Al parecer el monarca vio en él cualidades para ejercer difíciles tareas diplomáticas. Entablaron cierta amistad, hablaban siempre entre ellos en alemán y poco a poco el padre logró ganarse la confianza del emperador.
A Fischer se le encomendó la tarea de redactar un concordato para arreglar las relaciones del Imperio con la Iglesia y fue enviado a Roma con la misión de conseguir que el Papa lo aprobara. En la Ciudad Eterna el padre se hizo de buenas y poderosas amistades, incluso no le dieron un no definitivo respecto a su concordato y le hicieron creer que podía ser aprobado. Pero el Imperio mexicano se estaba cayendo a pedazos. No tenía el Papa razón alguna para molestarse en llegar a un acuerdo con un Imperio que pronto dejaría de existir.
El padre regresó a México y se encontró con la noticia de que el emperador estaba pensando en escaparse del país. Con ello le entró una gran preocupación. Si Maximiliano se marchaba el partido conservador sería destruido por Juárez y él sería perjudicado por partida doble. Ya se veía viviendo en un paupérrimo pueblo y sobreviviendo con las limosnas que las generosas ancianitas echaran en la charola, y ese porvenir no le agradaba. Si el emperador se quedaba y triunfaba él bien podía llegar a obispo.
Gracias, en gran medida, a los esfuerzos de Fischer, Maximiliano se quedó en México. Su estrategia consistió en no permitir que el emperador se entrevistara con cualquier persona que pudiera recomendarle partir rumbo a Europa para salvar la vida. Estuvo en la capital cuando ésta se rindió ante Porfirio Díaz. Fue arrestado y encarcelado por algunos meses. Pero los juaristas no fueron muy duros con él, incluso trataron de contratarlo para que escribiera la historia de aquel cruento período. Fischer no aceptó, quizás pensando que en Europa le iría mejor. Pero allá se encontró con que era acusado de haber retenido en México a Maximiliano y con ello responsable de su muerte.
Esos rumores eran desde luego muy ciertos, y le cerraron al padre todas las puertas que tocaba y le acarrearon desgracias. Pero su precariedad no fue tanta como para morir de hambre, aunque pasó épocas de escasez. Regresó a México con el proyecto de fundar una especie de escuela que acabó en un rotundo fracaso por falta de dinero. Después fue preceptor de los hijos de una familia acaudalada, lo que mejoró por algún tiempo su precaria situación económica, pero jamás volvió disfrutar de la abundancia como lo hizo gracias a Maximiliano. Murió a la edad 62 años y está sepultado en el Panteón Francés en la ciudad de México. A fin de cuentas, como personaje histórico es más mexicano que alemán.
A muchos historiadores les ha causado gracia que la mano derecha del emperador casi al final del Imperio fuera un cura con tan mala fama. Fischer, más que por ser un hábil diplomático, hombre culto y políglota, era conocido por los mexicanos de su tiempo por las dificultades que tenía para mantenerse célibe y sobrio.
Aunque nunca fue a Querétaro durante el sitio de la ciudad, en París sirvió como modelo para una pintura de Maximiliano poco antes de morir, en el momento en que se está despidiendo. En el cuadro, Fischer, sustituyendo al padre Soria, último confesor del emperador, se lleva una mano al rostro para contener el llanto mientras Maximiliano trata de consolarlo, y junto a ellos un soldado juarista espera impaciente a que terminen las despedidas.
En Alemania, su país natal, se han escrito algunas biografías sobre Fischer, cosa que no ha ocurrido en México. Quien más datos ha aportado sobre él aquí es el historiador austriaco Konrad  Ratz, ocupado desde hace décadas en estudiar el Segundo Imperio. Pero indudablemente hace falta una autentica biografía de Fischer escrita en español. Hay regada suficiente información en los libros para lograrla, sólo hace falta que alguien se dé a la tarea de recopilarla y analizarla. Fischer es uno de esos personajes que prometen una biografía no poco interesante.
En la genial película mexicana Las fuerzas vivas, estrenada en 1975 y protagonizada por Héctor Suárez y David Reynoso, entre otros, el intransigente, manipulador, violento y dominante cura del pueblo, interpretado por Víctor Junco, siempre me ha recordado mucho a Fischer. Dudo si está inspirado en él, pero el parecido es notable.

martes, 16 de octubre de 2012

La guerra de guerrillas – Ernesto “Che” Guevara


Hace ya algunos años que leí el famosísimo libro del Che, el mismo que se ha convertido en medio siglo en una autentica Biblia del guerrillero. Pocos conceptos recuerdo a estas alturas porque sencillamente me pareció una obra de muy modesta calidad: como manual para un guerrillero es bastante simple, con explicaciones que me parecieron innecesarias por predecibles, y como obra literaria no entretiene ni sorprende ni agrada.
El impacto del libro se debió al interés que existía cuando fue publicado, poco después del triunfo de Castro en Cuba, por convertir al Che en lo que según los historiadores más objetivos nunca fue, un hombre brillante. Muchos no lo consideran ni medianamente inteligente, y la única vocación que le ven es la de verdugo.
Sin embargo, para los biógrafos que lo idolatran, Guevara era un intelectual brillante incluso desde una edad muy temprana. En la película Diarios de motocicleta, del año 2004, el Che le sirve a su bienhechor en el Perú durante su primer celebre viaje, el doctor Hugo Pesce, como un imparcial crítico literario al revelarle los muchos defectos de su novela. Esa anécdota, en diferentes versiones como muchas más sobre Guevara, se puede leer en varios libros, aunque es difícil de creer.
El Che en esos tiempos era un joven aun sin ideología y desertor temporal de la carrera de medicina -la misma que según muchos historiadores nunca terminó-, y no era desde luego un intelectual que se las sabia todas, como se han empeñado en hacer creer sus hagiógrafos. Y el principal problema para éstos es que Guevara dijo muchas cosas y escribió otras tantas.  Y en eso, en sus discursos y sus textos, no se ve a un intelectual, ni siquiera a un hombre inteligente.
La guerra de guerrillas es un pequeño manualito que tomando en cuenta la importancia de lo que dice pudo haber sido mucho más pequeño de lo que es. No esconde entre sus páginas a un genio, y eso salta a la vista pronto, pero ni siquiera podría ser de mucha utilidad a un guerrillero porque lo que invita a hacer lo haría cualquiera sólo por sentido común.
Por principio de cuentas, no deja de ser sumamente extraño que después de escribir su manual perfecto del guerrillero, el Che haya perdido las dos guerras en que participó, en el Congo y en Bolivia. O no usó sus propias teorías o sus teorías resultaron no ser para nada eficientes. Sería bueno que quienes dispuestos a matar al capitalismo con fusil al hombro se marchan al monte llevando el libro de Guevara en la mano, recapacitaran un momento en que los consejos que contiene quizás llevaron al propio autor a fracasar y posteriormente a morir ejecutado.

sábado, 13 de octubre de 2012

El triste porvenir de los países latinoamericanos – Francisco Bulnes


El libro del que hoy hablo, es mi favorito de cuantos ensayos he leído sobre los problemas sociales y culturales del mexicano y en general del latinoamericano. No es desde luego una novedad, fue publicado en 1899, pero sí es una obra maestra, producto de la mente de un genio odiado y olvidado: Francisco Bulnes.
Bulnes fue un celebre escritor durante el Porfiriato, partidario de Díaz, crítico de Juárez y defensor de Hidalgo. Sus contempéranos criticaron la dureza de su obra, pero sus sucesores, los revolucionarios, sencillamente no se la pudieron perdonar. Bulnes fue encasillado dentro de todo lo malo que produjo el Porfiriato y su obra literaria, aunque es brillante, fue subestimada, ignorada e infravalorada, labores para las que se requiere maldad e hipocresía porque el hombre, le pese aún hoy a quien le pese, era un genio.
Para despejar dudas, si es que surgen, dejaré aquí unos pasajes del libro escogidos casi al azar, y si algunos ya no son prácticos hoy en día, no dejan ser bastante buenos:

Si algún descubrimiento ha sido funesto en primer lugar para España, en segundo para Europa y en tercero para América, ha sido el de Colón.

El árabe dio una gran civilización, desgraciadamente con alma teocratita.

El indio es de todos los que quieran dominarlo.

El indio sólo tiene una gran fiesta: el velorio.

El anglosajón discute sin cólera, y su serenidad basada en la convicción de justicia de que cada cual es libre de pensar como le parezca, fortalece su criterio y acredita sus decisiones.
Un latino pregona hasta con música y veladas literarias que la libertad de pensamiento es sagrada; pero desde el momento en que siente que alguien hace uso de esa libertad en contra de sus opiniones, se irrita, insulta o desprecia, huye o pega, y acaba por enfermarse a fuerza de odio contra el disidente.

Las naciones conquistadoras acaban siempre por sufrir más humillaciones que las que causan.

Todos estos pasajes los he tomado de las primeras cincuenta páginas, pero hay muchos más igual de interesantes, porque el libro está lleno de golpes de verdad, Bulnes mostró una cultura sobresaliente y sus teorías, aunque insultantes y despiadadas, son ante todo muy ciertas.
El libro, haciéndole honor a su titulo, ofrece infinidad de razones por las cuales el latinoamericano padecía, en 1899, un atraso desolador, producto de sus errores, de su fanatismo, de su amor por la incultura y de su religiosidad ciega y sumisa.
Algunos conceptos que maneja Bulnes, es cierto, son anacrónicos en nuestros tiempos, pero en el fondo y formas, las razones que exhibe en este genial libro de la miseria de Latinoamérica, hoy, 113 años después, siguen vigentes, y no sólo no hemos hecho nada para erradicarlas, sino que las damos por buenas, por positivas y hasta por símbolos de patriotismo.
Éste es el libro menos conocido de Bulnes. En la actualidad no se edita, y eso es una verdadera pena, porque es un libro que merece ser leído hoy en día, para enterarnos los latinoamericanos de que las causas por las cuales nuestros países sencillamente no se desarrollan, ya nos las había explicado un genio hace más de un siglo.