miércoles, 5 de septiembre de 2012

Hernán Cortés: el padre de México


Uno de los personajes más polémicos de la historia de México es Hernán Cortés. Para los mexicanos Cortés no es héroe, ni mucho menos. En la época de la independencia querían deshacerse de lo poco que de él queda: sus huesos. Su figura está muy por detrás de Cuauhtemoc, aquel al que le quemó los pies para averiguar dónde estaban unos supuestos tesoros. Su mayor monumento, en el país que él fundó, es un mar mexicano que lleva su nombre: El Mar de Cortés.
Llegó muy joven a America, siendo un don nadie. Pero sus ambiciones eran muchas, y estaba dispuesto a lo que fuera para cumplirlas. Permaneció en Cuba por una temporada, donde se ganó la enemistad del gobernador. En contra de él y sin pedir permiso alguno, se hizo a la mar con unos cuantos españoles a los que convenció de seguir su suerte. Desembarcaron en las costas de la Península de Yucatán. Tras una escaramuza con los nativos, Cortés se hizo de una persona que le seria muy útil, tanto en la cama como en la guerra: Malinche.
Con un contingente de no más de mil hombres, unos cuantos caballos, y otros tantos cañones, era imposible dominar al Imperio Azteca, por mucho que las huestes de Moctezuma carecieran de caballería y artillería. Pero Cortés, astuto como ninguno, se dio cuenta de unas cuantas cosas que le ayudarían a fundar su imperio: el pánico que causaba el ruido de los cañones a los nativos, lo supersticioso que era el Emperador y  que los pueblos sometidos por él lo odiaban  y ya no veían el día en que se lo pudieran quitar de encima.
Después de su paso por Yucatán, volvió a desembarcar en lo que hoy es Veracruz, más propiamente, en el islote que alberga la fortaleza de San Juan de Ulúa. De allí comenzó su marcha por tierras mexicanas, ganando aliados y matando a los que se le oponían. Su destino era incierto, pero las cosas cada día se ajustaban más a sus deseos. Constantemente recibía a embajadores de Moctezuma que venían a abogar por la paz. Él no se la podía creer, no era posible que un emperador tan poderoso y belicoso como Moctezuma, estuviera buscando una salida pacifica. De allí en adelante todo fue rápido y desconcertante para la historia: el Imperio Azteca se rindió sin, como hoy diríamos, disparar un solo tiro. Moctezuma habló a su pueblo para informarles que cedía sus poderes a Carlos I de España, un rey que no tenía la más remota idea de que un completo desconocido le estaba consiguiendo un imperio.
Un día que Cortés salió a combatir a otro español que ambicionaba gloria donde él ya la tenía toda, dejó al hombre menos indicado en su puesto. El resultado casi le cuesta la vida al propio Cortés. La gran mayoría de los españoles cayeron en batalla y, en un abrir y cerrar de ojos, el conquistador perdió lo que en poco tiempo había ganado. Sólo quedaba una forma para someter al Imperio Azteca: la guerra.
Para ello, Cortés reunió un ejército de cien mil nativos, todos enemigos de los aztecas. Y dio comienzo  la guerra más sangrienta que se había visto en tierras americanas. Después de resistir heroicamente por meses, El Imperio Azteca cayó en manos de Cortés. Le puso el nombre de Nueva España y se autonombró gobernador general.
La fama de Cortés se expandió por el mundo. Llegó a España, donde se ganó muchos enemigos, celosos de su fama como conquistador. Entre ellos estaba el propio rey, que pronto envió quien lo vigilara. Cortés trató de hacer las cosas como buen diplomático. Pero al mismo tiempo no paraba de soñar con más conquistas. Se fue a Honduras, a castigar a un rebelde, dejando en su puesto a  los enviados del rey. Ese viaje fue el primer gran error que cometió y el que marcó su declive en la Nueva España. Fue un completo desastre en el que murieron casi todos los que iban con él, hasta el ex emperador Cuauhtemoc por órdenes suyas. Cortés salvó la vida de milagro, pero sí perdió su puesto. Muchos hombres poderosos lo odiaba y él, conciente de que se intrigaba contra él en España, partió para ganarse la confianza del rey.
El rey, para que no se dijera que trataba mal al que le había conseguido un imperio sin pedirle dinero, lo recibió amigablemente. Pero por detrás de él, ordenaba que, en la Nueva España, se le sometiera a un juicio. Ahora que estaba lejos se conspiraba contra él donde antes nadie se atrevía. Pero Cortés, mañoso como él solo, se le adelantó al rey. Por aquellos tiempos, sólo había una figura mas poderosa que la del monarca: Dios, o lo que era lo mismo, el Papa. Envió un cofre con joyas al jefe del Vaticano. La respuesta fue inmediata, el pontífice perdonó sus crímenes contra los nativos y hasta convirtió en legítimos a sus hijos bastardos. El rey se vio obligado a suspender el juicio contra el conquistador y darle lo que, modestamente, Cortés pedía por sus servicios, que se  limitaba a lo que hoy es una buena parte del sur de México.
Pero Carlos I no estaba dispuesto a devolverle, ni de chiste, el mando supremo de la Nueva España. Después del rey, el peor enemigo de Cortés era Nuño de Guzmán, gobernador, él sí, del imperio que Cortés había conquistado. De Guzmán se negó rotundamente a suspender el juicio, en ausencia, contra Cortés.  Y como se le hicieron pocos los delitos, le agregó todos los que se le vinieron a la cabeza.
Cuando Cortés volvió a México se encontró con que lo habían dejado en la miseria. Sus enemigos estaban por todas partes y tuvo que hacer grandes esfuerzos para quitárselos de encima. Lo logró y también recuperó en parte lo que le habían arrebatado, pero en las escaramuzas murió su madre, a quien traía consigo a México para que viviera en la opulencia después de haber llevado una vida de escasez.
Todavía dio lata por una buena temporada, hizo más descubrimientos y cosechó más enemigos. Volvió a España para defender una vez más sus derechos, pero ya entonces tenía hasta la coronilla al rey y esta vez no se la perdonó. Le prohibió regresar a la Nueva España y años después murió, en la más completa miseria.
Es cierto que Cortés fue un hombre sumamente ambicioso y que cometió muchos crímenes innombrables para satisfacerse, pero eso no le quita ser lo que es: el padre de México. Él fundó al país y ésa es una verdad incuestionable. La mayor prueba es precisamente su obra. México se parece mucho más a él que cualquier emperador azteca, porque lo hizo, quizás sin querer, a su imagen y semejanza. 

2 comentarios:

  1. Hernán Cortés NO fundó México, el imperio azteca ya tenía su propio sistema político y social, un cuerpo teológico, amén de sus innovadoras tecnologías como el sistema de drenajes y el sistema de cultivos de chinampas que ni eran conocidos en España (era sabido el alto nivel de insalubridad de esa nación en aquellos tiempos) se me olvidaba mencionar el calendario azteca, tan exacto como sorprendente.
    Más bien, México es el Padre y la Madre de España, por todo el oro que Cortés y sus secuaces sacó de México y que financiaron ese país por siglos enteros, y ni salir con el cuento del mestizaje, éste se iba a dar a final de cuentas, lo malo que a México le toco con la paria más grande de España. Cortés incluso pisoteó su religión, celebraba misa antes de ir a matar y violar indígenas. Argumentos que pueden ser comprobados y respaldados por los escritos de Diaz del Castillo, Quiroga y demás. Cortés solo puede ser comparable ccon Adolfo Hitler, ambos genocidas, ambiciosos y traidores. He ahí el Cortés que muchos quieren convertir en héroe... en ese caso también Hitler merece un monumento

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  2. Uno de los hombres más incomprendidos de la historia. Sus errores fueron su excesiva brutalidad y su ambición sin límites. Confiar en el rey de España, en algunos de los suyos, junto a la expedición de las Hibueras lo llevó a la ruina. El español es su propio enemigo.

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