miércoles, 19 de septiembre de 2012

La segunda batalla de Puebla


Después del 5 de mayo de 1862, tras perder los franceses la batalla al intentar tomar Puebla, Napoleón III y Juárez cambiaron a sus comandantes. Napoleón comprendió que el conde de Lorencez no podría llegar muy lejos y envió para sustituirlo al experimentado general Frédéric Forey. Juárez confiaba más en su fiel general Zaragoza que en su mano derecha, pero tras morir éste inesperadamente por una angina de pecho lo sustituyó por un general menos capaz y su rival en las pasadas elecciones presidenciales.
El nuevo comandante del ejército mexicano era Jesús González Ortega, un general que en realidad no era tal. Había estudiado abogacía, pero las circunstancias de la época, con su país lleno de revoluciones, lo obligaron a tomar las armas. Un autentico anticlericalista y antimonarquista es lo que indudablemente sí era. En la ciudad de San Luis Potosí un año antes había mandado derribar hasta la última piedra de un templo que tenía una corona de rey en el capulín. No era precisamente juarista y las afinidades ideológicas entre ambos no eran muchas, pero ante las circunstancias tan críticas en ese momento se llevaban bien, tanto que Juárez le había dado el mando del ejército que habría de defender al país de la invasión extranjera.
El mencionado ejército no era muy numeroso, pero sí el más grande que se había reunido para una sola batalla en el México independiente: 21,000 hombres. Los franceses eran más, Napoleón ya no quería otra humillación y mandó a México considerables refuerzos. Sus tropas se componían de 28,000 efectivos. A éstos había que sumarles el ejército que los mexicanos monarquistas y aliados de los franceses habían dispuesto para luchar contra sus compatriotas, que consistía en una cantidad nada despreciable de 7,000 soldados.
La batalla comenzó el 20 de marzo de 1863, con combates verdaderamente crueles y prolongados, algunos duraban toda la noche, dentro de la ciudad y a bayoneta. Puebla pronto fue un sembradero de cuerpos insepultos de ambos bandos. Forey y González Ortega solían hacer treguas para intercambiar prisioneros, los mismos que pronto volvían a combatir y a dejar el pellejo en los muchos cambos de batalla que había en la ciudad.
La situación para los mexicanos pronto tomó tintes drásticos, las municiones y la comida disminuían con mucha rapidez. Los ciudadanos de Puebla, al no poder salir porque los franceses lo impedían a cañonazos, se estaban muriendo de hambre. La intención de Forey era precisamente rendir a González Ortega por la presión que causaban los civiles con sus muchas carencias.
Sin embargo, el general mexicano continuó resistiendo y mostrándose apático ante las suplicas de las familias poblanas, que ya querían, antes que cualquier otra cosa, comer. La situación para estos desdichados cambió cuando a los mexicanos se les terminaron las municiones. González Ortega comprendió que ya no podría seguir peleando. Mandó destruir hasta el último fusil que hubiera podido ser útil a los franceses y se rindió. Habían pasado dos meses desde el inicio de la batalla. De los 21,000 soldados mexicanos quedaban 9,000 rostros hambrientos y demacrados. Cuando Forey vio a los oficiales de más alto rango se quedó sorprendido. Eran todos muy jóvenes, además de sastres, seminaristas, abogados y muy pocos militares en realidad.
Ésa fue la segunda batalla de Puebla, de la que nadie habla porque se perdió. Pero se perdió porque el ejército mexicano era más reducido que el invasor, no había armamento suficiente y la preparación de los oficiales, de los que tomaban las decisiones importantes, era casi inexistente. Lo que hubo ahí fueron valientes, muchos que abandonaron su oficio para ir a defender a su país, y ellos sí merecen ser recordados.

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